Creatividad

Zona de confort

Un día tomó la decisión de salir de su zona de confort, leyó varios artículos, era una forma de ponerse a prueba. Lo meditó y llegó a la conclusión de que le quedaban por hacer muchas cosas, pero de todas, la que le resultaba más difícil de procesar era la de viajar en avión.
En varias ocasiones tuvo la oportunidad de hacerlo, sin embargo, se decantó por dejarlas pasar; la más clara —y eso lo recordó cuando se planteó hacerlo de una puñetera vez— fue cuando ganó un concurso literario.
Le sorprendió obtener tal logro, no había escrito su mejor historia, simplemente mandó un texto para probar suerte —así lo afirmó varias veces—. Le mandaron un mensaje saludándole por la buena nueva, no le pareció meritorio, tal vez, fue el único que pilló la idea de lo que se debía presentar. Cuando envió el manuscrito eligió el pseudónimo: Aleph, en honor a un escritor que le fascinaba por su estilo y la técnica que aplicaba en sus narraciones.
Al ganar supo que el premio era un viaje en avión a dónde el quisiera, dentro de Europa y en temporada baja (los organizadores querían ahorrar costes), solo tendría que ponerse en contacto con la empresa que operaba el vuelo y acordar los días en los que viajaría.
Le enviaron en un sobre el reconocimiento y las indicaciones para hacerlo. Él, dentro de todo, estaba contento por haber ganado, aunque no le dio importancia, hubiera preferido que no fuera un viaje, si se lo cambiaban por una colección de libros le resultaba mejor.
Esa hubiera sido una buena oportunidad, pero pensar en la posibilidad de volar, lo agobió. Guardó lo que le enviaron y lo puso en uno de los estantes, de vez en cuando se fijaba, con el tiempo lo olvidó.
El temor a volar le surgió a raíz de ver un programa que pasaban en una cadena local sobre accidentes de aviación, nada recomendable si uno estaba interesado en utilizar este tipo de transporte. Sus imágenes eran impactantes y los testimonios de los peritos sobrecogedores. Afirmaban que volar era seguro gracias a esas catástrofes, como en todo, se aprendía de los errores. A menudo, mediante un gráfico, sustentaban la afirmación de la seguridad, había más incidentes con coches, pero, conforme avanzaba la explicación, añadían que si se producía un accidente aéreo era difícil salir vivo. Raras veces, gracias a la pericia del piloto, los pasajeros conseguían salvarse, sin embargo, estos casos eran raros, lo común era que fueran catastróficos.
Era gracioso, era seguro viajar, pero cuando se accidentaban no vivías para contarlo, menudo aliciente para embarcarse en un vuelo a ojo cerrado —se decía.
En esta oportunidad dejaría de lado su reticencia, sería diferente, se olvidaría de sus fantasmas y se embarcaría en una gran aventura —así lo consideraba— esta vez sí volaría.
¿A dónde iría?, esto no lo tenía claro, por eso se puso a revisar las distintas ofertas que había. Con esto en la cabeza se fue exclusivamente al área de turismo dentro del centro comercial más cercano. Cuando se acercó lo derivaron a un experto. Le dio una serie de presupuestos, pero todos se salían de lo que tenía para gastar.
Salió de ahí con varios folletos garabateados, le dijo al agente que se lo pensaría y, si se decidía por alguno, le llamaría. Cuando dijo esto tenía claro que sería lo último que haría, antes de hacerlo, buscaría por su cuenta, de ese modo, además de aprender, se curtiría en las lides de buscar un destino bueno y barato.
Tras meterse de lleno en ello, descubrió cientos de especialistas, con sus webs respectivas, cada una tenía una app, pero dos o tres eran las que recomendaban los expertos, estos daban sus motivos para elegirlas en diversas entradas que publicaban en sus blogs. A lo tonto eran buenas las indicaciones que ofrecían, para alguien como él, resultaban sumamente útiles. Por eso se decantó por seguir a rajatabla lo que indicaban, instaló estas en el móvil y se puso a trastear.
Los destinos eran diversos, el único límite lo ponía su imaginación y presupuesto, aunque lo segundo era lo que pesaba más desde su perspectiva.
Empapado y casi siendo un experto, procedió a hacer la reserva de su viaje, se había dado cuenta de que cuanto más anticipada fuera, salía más barata, por eso fijó la fecha para dentro de seis meses, le resultaba una fecha lejana y le parecía que nunca llegaría. Conforme se iba acercando el día, el agobio comenzaba a hacerse presente y también venían las imágenes del programa de accidentes, pero se sobrepuso, iría hasta el final en esto.
El día antes de viajar, arregló su equipaje, tuvo que comprar una maleta de cabina, tenía que ser pequeñita para que no tuviera que facturarla, a pesar de su tamaño pudo meter en ella varias prendas y un par de zapatos, era ideal si se viajaba solo.
Y el día señalado llegó, estuvo un par de horas antes de que saliera el vuelo en la terminal. Pasó los controles sin problemas, se identificó y siguió las recomendaciones, cuando embarcó en el avión, le indicaron en dónde le correspondía sentarse, cuando compró el boleto no se rompió la cabeza en elegir un número, el asiento —y esto lo recordaría siempre— daba a una ventanilla sobre el ala derecha. Pensaba en muchas cosas hasta que habló el piloto, indicando que el avión iba a despegar. Ante esto volteó y le dijo a un tipo que estaba sentado a su lado:
Solo te pediría un favor —su interlocutor lo miró y asintió—, si hay algún ruido que no sea normal, no me avises, prefiero mantenerme en la ignorancia…