Creatividad

Versos y prosa

Cogí un libro y me detuve en la imagen de un tipo con el cabello negro, bigote y perilla. La primera impresión que me dio, al verlo, fue la de un personaje seducido por la vida bohemia. Su dibujo adornaba la página de un texto de literatura, deduje que debía ser una figura popular, pues un capítulo entero se centraba en explicar los entresijos de su obra. De buenas a primeras no caí en quien era, en ese momento era un ignorante (aún lo sigo siendo, pero menos) en cuestiones humanistas. Cuánto más avanzaba mi lectura, más me iba informando, gracias a los apuntes: se trataba de un poeta, uno de los más destacados y conocidos dentro de ese arte, su nombre Gustavo Adolfo Bécquer.
Las notas referentes a este autor me resultaron interesantes, además de las fotografías, por eso, terminé comprándolo, al parecer tenía buena acogida. Ese día, en casa, no dejé de leerlo, me empapé por completo sobre el tema, me desvelé, no quería descansar sin dar por concluido mi análisis, pero mi interés no se vio satisfecho, de tal modo que, al día siguiente, compré el libro: Rimas y leyendas, tuve que hacerlo en una librería de ejemplares usados, a pesar de ser un autor reconocido, en varias tiendas especializadas sus escritos no estaban disponibles, me dijeron que era necesario pedirlos y su entrega se retrasaría un par de semanas, yo no estaba dispuesto a esperar tanto, quería el libro ya. Con la obra en la mano descubrí el fabuloso mundo de la poesía, hasta ese momento desconocía la forma en la que se podía hacer arte con palabras, me encontré algunos versos cautivadores generando mi entusiasmo, es así que me propuse memorizarlos, había uno para cada momento, si bien varios estaban centrados en el amor, otros, de soslayo, expresaban sentimientos complicados, por eso era necesaria una lectura más minuciosa. El proceso de aprendizaje de su obra fue lento, pero a la larga provechoso, podía declamarlos en cualquier circunstancia, gracias a ello llamaba la atención y muchos lo celebraban, siempre, eso sí, haciendo referencia al autor de los mismos.
Con esa motivación me propuse emular al gran bardo español y escribir, siguiendo su estilo (que no copiando), versos, sin embargo, el resultado fue poco favorable, tendría que dedicarle más tiempo para poder obtener algún resultado halagüeño, o por lo menos que estuviera a la altura del espejo en el que quería reflejarme. A pesar del esfuerzo me di cuenta que no llegaría a ser un poeta, me faltaban conceptos básicos, no sabía rimar, tampoco se me daban bien las figuras literarias. Mi forma de escribir poesía era pueril, cogía oraciones, las cercenaba, las colocaba en renglones separados y, como por arte de magia, dos frases sin sentido se convertían en versos (dentro de mi imaginario), apelaba al encabalgamiento, como única forma conocida. Estaba convencido de que hacía arte, hasta que se lo mostré a un amigo, este, de buenos modos, me hizo ver que eso no era poesía sino narrativa, lo tuyo es la prosa, dedícate a ella —dijo.
Triste por no seguir la senda de mi autor decidí dejar de lado los versos y enfocarme en aprender más, con ello, tal vez, haría algo de provecho.

Mitchel Ríos