Creatividad

Vano intento

Por esos días el grupo de la parroquia estaba organizando actividades. Todos los interesados podían participar; no era necesario ser especial, simplemente ser empático y tener ganas de alegrar el día al prójimo. Después de varios días de debates decidieron los encargados conformar diferentes módulos para que se encargaran de organizar y llevar a cabo buenos propósitos. Él eligió el que se encargaría de visitar el asilo. Nunca estuvo en uno, visitarlo le intrigaba. Iría a un espacio apartado del mundo exterior. Ese aislamiento le parecía interesante, se imaginaba viviendo como un monje, dedicándose a meditar.
Tuvo poca fortuna para adaptarse, sencillamente no encajaba, todos lo apartaban, por eso los consideraba tontos, le parecían insufribles, aunque muchos argüían ese comportamiento a que siempre iba de listo, pero no dejaba de ser una mera justificación.
En una ocasión su amiga Adjani, con la que tenía suficiente confianza, le dijo que su forma de ver al mundo estaba equivocada. Tú eres el que debe cambiar de posición, cuando lo hagas te darás cuenta de que tu forma de pensar está errada, no te preocupes, todo eso requiere un proceso y que pongas de tu parte. Más adelante se enfadarían por malos entendidos. Con todo, trató de solucionar ese problema, más no sirvió de nada, sus intentos fueron infructuosos, algo se rompió y nunca se recuperaría. La frase que cerró aquel círculo fue: siempre vas de sabihondo. Al enfado se sumó la decepción.
No le permitían salir de casa, tenía que cumplir con los deberes de la escuela. Su único lugar de recreo era la iglesia.
Estar ahí sería como un retiro voluntario, en donde no le interrumpiría nadie —volvió a pensar.
Para ir a ese lugar tendrían que dividirse las tareas: unos bailarían, otros recitarían y aquel que pusiera más entusiasmo sería elegido para declamar el discurso. Esta sería una buena oportunidad para demostrar su valía, estaría rodeado de gente que le prestaría atención y solo se centrarían en él. Desde ese momento fue el que más ganas puso a la preparación del evento, era como si por arte magia se hubiera transformado, se podría decir que era otra persona, pero ¿acaso no dicen que los caminos del señor son misteriosos?, por eso: ¿quién podría afirmar que ese no era un milagro que se había producido para el bien de todos? Durante esa época pasaba más tiempo en la parroquia, estaba al tanto de todo, si alguien necesitaba ayuda en algo él se ofrecía a brindar apoyo, no había duda, era otra persona.
Sus ímpetus tuvieron premio, lo designaron para decir el discurso, se lo informaron un día antes de ir al centro de mayores. Llegó a casa exultante, pasó varias horas preparando su disertación.
Escribió en un pequeño folio algunas oraciones, le sonaban bien, era como si se engarzaran perfectamente unas con otras. Cuando se sintió satisfecho con ello, pasó a la siguiente fase, la de memorizar las palabras. Al principio le parecía una empresa difícil, pero pasados algunos ensayos, comenzó a sentirse más seguro de sí mismo. Sería una excelente presentación. Después de practicar una cantidad de veces aceptable, se fue a descansar.
El día del encuentro, todo fue, más o menos, como se había planeado. Asistieron al lugar, se presentaron. El albergue estaba ubicado en una calle céntrica, cerca de la plaza. Sus instalaciones eran las de una ciudad en miniatura, tenía un pequeño parque, una placita, varios asientos. Para ese día los encargados tenían preparado el salón de reuniones para ellos. Dispusieron varias sillas. Todos los residentes asistieron, por lo visto, nadie quería perderse aquel acontecimiento.
La delegada los presentó e invitó al elegido para dar el discurso de apertura: Con ustedes…, os dirá…. Se situó en el lugar que le indicó. Tenía la confianza suficiente para exponer su parlamento. Antes de iniciarlo se fijó en los rostros del público, lo observaban con tal atención que parecían estar a la espera del mejor discurso de la historia, en ese momento se sintió imposibilitado de hacer lo que esperaban, por más que intentó hablar no pudo, no fue capaz de emitir sonidos, el espacio se silenció a causa de sus nervios.
¿Cómo era posible, si lo había practicado? —pensó—. Si no hubiera dedicado tiempo a la preparación del discurso (en su habitación las palabras fluían) podría excusarse en que la improvisación no se le daba bien. De ese modo descubrió que lo suyo no era hablar en público, la oratoria no era su don, así quedó patente ese día. Había quedado como un memo.

Mitchel Ríos