Opinion

Una Revolución

Yo crecí en una época donde la gesta de la revolución cubana había perdido todo ese halo de esperanza que encandiló a muchos jóvenes de la década de los sesenta. Era más un mito que un acontecimiento que estuviera emparentado con la realidad. El ostracismo al que fue relegado hizo que fuera utópico ese modelo que se implantó, supuso un retroceso en la búsqueda de mejorar el nivel de vida de los de la isla.
Cuando Fidel Castro logró ascender al poder, torció el camino en algunos campos, nula libertad de expresión, persecución y represión sistemática a los opositores. No logró cumplir la promesa de equidad con la que llegó al poder.

Muchas veces he conversado con gente que estaba de acuerdo con el espíritu de la revolución, gente que creció durante los años sesenta y setenta, me explicaban las bondades de un sistema como el cubano. De algún modo tenía sentido lo que me decían, sin embargo, eran entelequias, que sobre el papel eran atractivas, pero la forma de llevarlas a cabo era complicada. Una cosa es predicar y otra muy distinta hacer que esa prédica coja forma y se establezca.
Los revolucionarios en Cuba a partir de hacerse con el poder, pusieron en marcha la maquinaria propagandística. Promovieron la creación de películas y eventos literarios.
En una exposición sobre el tercer cine, realizada en la universidad, nos hicieron ver una película llamada «Memorias del subdesarrollo». La película giraba en torno a lo que les pasaba a los burgueses en Cuba luego de sucedida la revolución. Una vez concluida la presentación de la muestra audiovisual, comenzó un debate sobre el mensaje que nos quería transmitir ese filme. Algunos comenzaron a discutir con respecto a lo que deberían haber sentido los espectadores primigenios de la cinta. Mi posición era clara, yo no podía pensar como una persona nacida en Cuba que vivió en esa época, por la sencilla razón de que yo sabía lo que pasó después de ese evento. Otra de los motivos por los que no me podía poner en la piel de alguien de esa década era porque tendría que ficcionar con respecto a ello – con mis limitaciones no podría llegar al nivel de Tolstoi -. Una vez que entra la ficción a tallar convierte todo en una gran mentira – eso se lo comenté al profesor de Harvard que dictó la cátedra -. Los que estábamos ahí reunidos no éramos el destinatario del mensaje, podíamos simpatizar, pero no iba dirigido a nosotros.
Yo crecí en una época en la que Fidel Castro se había vuelto una personalidad de museo, era un tipo pintoresco y llamativo. Quizás el espíritu de esa revolución fue loable, pero la forma en que gobernó, no. No voy a negar que Fidel fuera un gran personaje. Durante algún tiempo me interesé en ese tema, leí varios libros, pero eran escritos, no era algo vivo, algo que estuviera sucediendo.
Ha muerto Castro y con él ha muerto una época, una era de sueños y de aspiraciones utópicas, ha muerto una figura que pasará a formar parte del imaginario mundial.

 

Mitchel Ríos