Creatividad

Una moneda al aire

Salí sin demasiadas expectativas. Me gustaban este tipo de acciones, sin planificar, sin tener una idea clara en la cabeza, lo significativo era pensar en que todo fuera surgiendo, era mejor así, sin forzar, esperando ser llevado a algún espacio sorprendente. A veces lo mejor se da de este modo, sin nada de por medio, sin programas, sin una brújula que sirva de guía en ese deambular.
No me pondría una ropa en especial, cogería una chaqueta, un vaquero, un jersey y poca cosa más, eso sí, lo suficientemente adecuado para hacerle frente al frío.
Sin otra particularidad, en mi iniciativa, emprendí mi paseo, mientras caminaba, comencé a sentirme como el testigo de todo lo que sucedía en mi entorno. Podía imaginarme siendo el narrador de la gran historia del mundo; cada escena que observaba era una pieza digna de ser narrada, solamente era necesario ponerse manos a la obra, usar la imaginación para completar los diálogos, de los que no me enteraba porque solo veía mover los labios a los viandantes.
—Acércate a ese local de ahí, sí, a ese.
—Parece cerrado.
—No es posible, hoy no tendría razón de ser.
—Tampoco me queda muy claro, esperaba que todo estuviera abierto.
—Ya ves, parece una broma de mal gusto.
—Confirmado, no está abierto.
—Hay algo escrito en la puerta: La reunión se realizará en…
—Está cerrado.
—Mira el lado bueno, si deseas nos acercamos a esa dirección, puedes anotar el nombre del lugar.
—¿Cuánto tiempo más tendremos que caminar?
—Si nos acercamos más al centro encontraremos algo abierto.
—No hay que ser demasiado listo para deducirlo.
Cada anécdota podía ser narrada. La realidad era más interesante si la mirábamos desde otra perspectiva.
Alguna vez hice lo mismo, deambular sin planes de por medio, gracias a esta iniciativa, conseguí relacionarme con gente interesante. Conocí a un tipo que sabía de todo, pero le costaba expresarse, me causaba gracia, me intrigaba, no me quedaba claro si estaba actuando o era debido al momento. Mientras escuchaba, desde una mesa alejada me fijé en una muchacha; estaba mirando en la dirección donde yo me encontraba, no hice caso al inicio, no quería pensar que era yo el centro de atención, sin embargo, conforme pasaba el tiempo, su mirada comenzó a hacerse más constante. Llegó un punto en el que me hacía sentir incómodo. Se me ocurrió ir a su mesa y preguntarle si se estaba quedando conmigo, pero como no estaba seguro de ello, decliné, no quería quedar como un tonto.
—No tengo efectivo, si ves un cajero, avísame.
—En cuanto vea uno, te diré algo.
—Sigo sin entender como tantos locales están cerrados, se supone que la gente se amanece hoy…
—Se supone…
—Estar abiertos les reportaría pingües ganancias.
—Sí, pero como verás, no todos son mercantilistas, aún existe gente que prefiere otras cosas al dinero.
—Cierto, no te olvides de buscar un cajero.
—Estoy mirando a todos lados, no veo ninguno.
—Espero que, en un par de calles, nos topemos con uno, de otra manera, tendremos que volver a casa.
—Hay muchos lugares en los que se puede pagar con tarjeta, no veo necesario ese interés por hacernos con efectivo.
—Me da más seguridad llevar algunos billetes en la cartera.
—A mí me da igual, disfrutemos, la forma de pagar es lo de menos.
No quería quedar como un tonto, por eso seguí atento a la charla, no sabía de que hablar, el coloquio era de altura, lo poco que conocía del tema de conversación se sustentaba en un manual y un par de artículos leídos sin demasiado interés, no obstante, si me pedían mi opinión la daba sin ningún problema, como dijo Harry el Sucio, las opiniones son como los culos, todos tenemos uno, por lo tanto, si se daba el caso, hablaría, mientras, me centraría en descifrar esa mirada, si era para mí o para… nunca había ligado de ese modo, pero siempre hay una primera vez para todo.
—No es lo de menos, ponte en el caso de que no acepten tarjetas.
—La gran mayoría de negocios las aceptan.
—La gran mayoría, tú lo has dicho, pero no todos.
—Serán los menos.
—Algunos, para poder pagar con tarjeta, te piden un consumo mínimo.
—Es usual, no le veo el problema.
—Ya, pero si el sitio no me gusta, no me agradaría tener que efectuar ese mínimo, ¿sabes lo que te quiero decir?
—Sé lo que me quieres decir, sin embargo, tampoco es una cantidad tan exagerado.
—Sigamos buscando ese cajero.
—Así como vamos nos quedamos sin cajero y sin fiesta.
Escuchaba las palabras, aún no me daban pie para replicar, hasta que la muchacha comenzó a reírse, luego de que, sin querer, derramara un poco de cerveza. Al ver esa reacción, comprendí que la cosa iba conmigo, eso reforzó en cierto modo mi ego, pero aún no tenía el suficiente valor como para acercarme, esperaría un poco más; no tenía apuro, si tenía que darse algo así, se daría. El tipo calló, al parecer, se quedó sin combustible. Dejé todo por un momento y fui al baño.
—Por fin, un cajero.
—Me cago en…
—No seas mal hablado.
—No lo soy, pero tendremos que esperar, de los dos, solo hay uno activo, ¿ves a ese tipo?
—Sí.
—Estuvo intentando sacar dinero infructuosamente, qué raro, parece que se hubiera reiniciado el ordenador.
—Tendremos que esperar, no hay de otra.
—Si no hubieran quemado el que teníamos cerca de casa no tendríamos necesidad de estar aquí.
Regresé del baño, sin embargo, cuando enfoqué mi vista en dirección de la chica, no estaba. La busqué sin poder encontrarla, en fin, no era para mí.
Esperaba encontrarme con gente que, por lo menos, pudiera hilar dos palabras de forma correcta, sin embargo, a estas horas sería difícil. La moneda al aire estaba girando.
—Por fin, es nuestro turno.
—¿Cuánto sacaremos?
—¿Te parece…?
—Me parece una buena suma.
—¿Recuerdas el pin?

Mitchel Ríos