Creatividad

Una letra de más

Un cartel, sencillo, sin florituras, era el encargo.
Con el desconocimiento del tema se puso a planificar lo que haría. Se planteó la forma de llevarlo a cabo: colocaría una imagen, unas letras y la marca de la empresa. No se complicaría demasiado, pues tenía que hacerlo rápido, si era posible que estuviera sobre las… de la mañana, sería genial —arguyó el que lo contrató.
Como era usual, al inicio le costó encontrar la idea para elaborar el encargo. No bastaba con ver modelos, tenía claro que debía ser original y que no tuviera el tufillo de ser un plagio; no había nada peor que tu obra se pareciera a otra, dejando en el aire la novedad de su realización. Esto le sumaba más dificultad al tema, pero valía la pena, ya que una vez concluido el trabajo se sentiría reconfortado.
Con tener la idea clara bastaba —se decía—, podía hacer maravillas, darle forma y fondo era lo de menos.
Buscó en su base de datos de imágenes, tenía miles, ordenadas por orden alfabético y colocadas en carpetas que indicaban su temática, todas, eso sí, de libre uso, esto le daba la posibilidad de vectorizarlas y, luego, aplicarles las proporciones que requería, todo era cuestión de dejar volar la imaginación y esta, con su magnífica inventiva, daría las pautas necesarias para conseguir entregar a la hora acordada el encargo.
Conforme avanzaba en su labor notaba que iba cogiendo forma el cartel. Su primer borrador le pareció correcto, los colores, la imagen, es más, le gustó, pero por experiencia sabía que no era lo que a él le gustaba, sino lo que le pareciera al cliente. Por esa razón, aparte de ese modelo inicial, usando los mismos elementos, pero en distinta disposición, hizo un par más.
Con esta primera parte concluida, procedió a buscar una frase que fuera lo suficientemente llamativa como para colocarla al lado de la imagen seleccionada y que, por encima de todo, impactara a todo aquel que la leyera. Encontrar una que se adaptara era lo más difícil. Con solo cinco o seis palabras, como máximo, se tenía que elaborar un mensaje directo que englobara el espíritu de la celebración.
Sí fuera por él dejaría el cartel con la imagen y, listo, a otra cosa, pero, al pensar, nuevamente, en el destinatario de la obra, dejó de lado su reticencia y se embarcó en la labor de dar con la muletilla.
Garabateó una hoja escribiendo lo primero que le vino a la mente, al concluir lo tachó. Estaba en una tarea que no le agradaba, pero que, por el bien de su actividad, tenía que sacar adelante como fuera.
Entrampado en esta empresa examinó lo que había conseguido con el cartel, sin duda, era un buen trabajo, no podía echarse a perder a causa de su poca pericia a la hora de escribir.
Tras varios intentos, infructuosos, llegó a una frase que, más o menos, le pareció pertinente. Se la repitió varias veces, hasta que se convenció que sí, era lo que buscaba.
Con la frase y la imagen, tenía casi todo el trabajo terminado, ahora solo necesitaba una tipografía que armonizara con lo que hasta ese momento había conseguido. Lo intentó con varias y ninguna le resultó atrayente, viendo que le quedaba poco tiempo se decantó por una clásica, por la …, apeló por algo que funcionaba. A los tres borradores les dio los acabados, quedó conforme.
Concluyó el trabajo, mostró lo que había realizado y eligieron la opción ….
Se sentía orgulloso. En poco tiempo había hecho un trabajo más que resaltante. Le sorprendió el resultado final, la mezcla de colores, el fondo, la imagen, la frase y la tipografía estaban en armonía, además, y esto era lo importante, el cliente había quedado satisfecho.
Después de concluir la labor se puso con otros proyectos; mientras los realizaba pensaba en el trabajo entregado, le habían dicho que lo subirían a las redes sociales de la empresa, por eso durante un descanso ingresó en ellas y husmeó, para ver su obra.
Fue fácil dar con su cartel y notó que tenía varios me gusta. Para regodearse en su arte maximizó la imagen, nuevamente quedó sorprendido por el resultado final, leyó la frase que había escrito, había captado la esencia de la festividad.
Antes de cerrar la ventana, volvió a posar su vista en la frase, quería recordar su grandeza, sin embargo, en esta nueva observación, notó que había un error flagrante, una de las palabras estaba mal escrita, en lugar de decir … estaba puesto ….
¡Un error así era inaceptable! ¿Cómo había sido posible?, y lo peor de todo ¿cómo publicaban algo sin fijarse si estaba correcto el mensaje?
Trató de solucionar el error, fue al archivo que tenía guardado y lo enmendó, quiso contactar con el cliente, pero no fue posible, solo le quedó como opción hablar con el encargado de las redes sociales. Fue fácil ubicarlo y le entregó el cartel corregido, pero no era posible reemplazarlo, le dijo que si quería cambiar la imagen tendría que eliminar la publicación, lo que implicaría crear una nueva; dejar de lado una que estaba funcionando y añadió que el error tampoco era demasiado obvio, para verlo era necesario fijarse meticulosamente. Era cierto que no se notaba a primera vista, pero él sabía que no estaba bien y le molestaba.
Como vio que no se podía hacer nada, dejó de insistir. Cerró la ventana, pero durante el resto del día no dejó de pensar en aquel error, él, tan detallista, él, tan todo y a la hora de la hora, quedaba como un chambón.