Creatividad

Una jornada habitual

El día comenzó a oscurecer, los comerciantes echaban el cierre lentamente, la gente regresaba a sus casas, las calles comenzaban a llenarse de noctámbulos, la música de los locales se hacía insoportable. Los grupos estaban formados en su mayoría por estudiantes, jovencitos que, durante la semana, no tenían tiempo, por los estudios, y aprovechaban los días libres para juntarse e ir de copas. El clima fue cambiando —era impredecible—, para suerte de muchos esos días no llovía, pero de pronto podía caer una buena, se debía tener cuidado y estar preparado.
Ante tal contradicción, él no sabía cómo salir a la calle, la ropa que usaría, vaqueros o algo más formal, duda trivial, simple, pero le restaba tiempo.
Una vez elegido el pantalón, escogió los zapatos y la camisa, aunque a esta última le dedicaba poco tiempo —todas le quedaban bien—, sin embargo, no era menos importante llevar la adecuada, en cuestión de zapatos era incluso más simple, deportivas o mocasines. Todo quedó listo, se puso la cazadora, salió a la calle, mandó un WhatsApp para corroborar el lugar en el que debían encontrarse, escribió lo mejor que pudo, iba dentro del metro y, de vez en cuando, daba bandazos.
Comenzaste a observar a la gente que estaba en ese vagón contigo, compañeros de viaje sin relación alguna, pero reunidos en ese momento por el azar, vino a tu mente la película Destino final. No prestaba atención a nadie, iba centrado en sus cosas, pensando en los acontecimientos de la semana que, por suerte, ya había terminado. Ibas de pie al lado de la puerta, mirando tu rostro en el reflejo del cristal, tratando de descubrir en el espejo la imagen de tu persona, el trayecto se hacía cada vez más oscuro. El tren paró, se abrieron las puertas, y comenzaste a recorrer tu camino —seguías con tus ideas—.
Al salir de la estación, y empezar a pasear por las calles, veía en muchos comercios adornos navideños —es finales de octubre y ya se pone de manifiesto ese espíritu comercial— cada año se adelanta más —sostuvo—. Miró un par de veces el móvil para ver si le habían respondido al mensaje, aún no —¿estabas preocupado amiguito?—, quizá la demora se debía al mal rato que pasaste ayer con los amigos, bebieron de más y terminaron vomitando en la esquina de tu casa.
Después de estar unos diez minutos fuera de la estación comenzó a vibrar el aparatito que llevabas en la cazadora —te habían respondido— el mensaje te informaba de la tardanza del grupo. Viendo que sería larga la espera comenzaste a dar vueltas por los alrededores —se te ocurrió ir a ver videojuegos y libros, dos cosas que te seducían—. Cuando estuvo a punto de cruzar a la acera de enfrente vio el semáforo y estaba en rojo, durante la espera te fijaste en los modelos de los coches, te comprarías alguno una vez finalizada la carrera y comenzaras a ganar el suficiente dinero para vivir de forma acomodada, simples sueños, por ahora, pero los sueños pueden hacerse realidad —te decías—.
Cruzó y caminó en dirección al centro comercial —era un asiduo—, le hacían descuentos por reservar sus compras. Entró y giró hacia la izquierda, subió veinte escalones, aunque podían ser treinta y nueve —no estaba seguro—, la próxima vez los contaría para ser más preciso en su afirmación. Al arribar a su zona preferida, el área gamer, comenzó a revisar los videojuegos que estaban en los estantes, se fijó en varios, pero no contaba con el dinero suficiente. Después de algunos minutos jugando con la consola salió de ese departamento y subió un par de pisos por las escaleras mecánicas para llegar al departamento de libros, ese lugar le gustaba porque los textos estaban bien ordenados, por géneros, temáticas, autores. Se dirigió a dónde estaban los de literatura, había estantes de narrativa nacional y extranjera, uno en especial era el más llamativo, el de los recién publicados, pero a él esos le parecían insustanciales, puro marketing, nada de contenido —eso de que un escritor reemplazara a otro que había muerto y añadiera nuevos volúmenes a una trilogía, le parecía un triste ejemplo de la degradación de la escritura, se valoraba el lado mercantil en desmedro de la calidad—. No solo estaban debidamente colocados, también permitían hojear los libros, nadie decía nada —alguna vez se leyó un capítulo completo—, eso le servía para decidirse por la compra o declinar la misma.
Pasó el tiempo y regresó al sitio donde había acordado encontrarse con los amigos, cuando llegó ya estaban ahí, los saludó y decidieron ir a tomar una copa a un bar que quedaba cerca, le recordaron que le habían llamado —sería bueno que le subieras el volumen al teléfono —te dijeron—, les comentó que, usualmente, le bajaba el sonido porque no le gustaba incordiar a la gente cuando estaba en el centro comercial revisando libros. La noche empezaba para ellos; para otros era el término de una jornada laboral complicada.

Mitchel Ríos