Creatividad

Una imagen deslucida

Aquel día, por salir apresurado de casa, olvidó el libro que había empezado a leer unos pocos días atrás. No tenía nada para entretenerse, el trayecto del tren se haría eterno.
El texto lo compró en uno de sus tantos viajes, en un lugar llamativo. Su portada vetusta destacaba sobre los demás. Al salir de ahí sintió que había sido un chollo, el precio fue irrisorio. El vendedor se lo entregó dentro de una bolsa de papel que indicaba el nombre de la librería, también, como cortesía, le obsequió un marcador.
Era un simple pedazo de cartulina, pero por el modo en el que estaba orlado, impresionaba. Tenía la imagen de un paisaje turístico, en una leyenda, cerca del margen más estrecho, decía claramente el lugar en dónde había sido captada, era una forma de hacer publicidad a la ciudad.
Se acercó a uno de los mapas que estaban pegados en la pared, al lado de un gran cartel que indicaba el nombre de la calle.
Buscó el sitio que lo encandiló, aquellas vistas estaban situadas a menos de un kilómetro. Como no tenía planificada ninguna actividad y viendo que podía acercarse para comprobar el encanto de aquella atracción en persona, se dirigió en la dirección sugerida. Siguió a rajatabla las indicaciones y sin problemas, tras cruzar varios puentes, llegó al lugar ansiado. De buenas a primeras, le pareció que aquel paisaje no se veía tan imponente como en el marcador, imaginó que la temporada condicionaba su percepción. Si hubiera estado en primavera, las nubes no cubrirían el cielo y ofrecerían en todo su esplendor aquella maravilla, con este razonamiento, confirmó que no había elegido la mejor época para estar allí.
Durante el camino de vuelta se repitió que hubieran salido mejor en otra estación, una con más luz, sin embargo, el cambio de clima solía ser inesperado, planificar un viaje en torno a él significaría, en el mejor de los casos, perder el tiempo, nada aseguraba que este fuera bueno.
Dejando de lado los condicionantes de la visita, tendría que volver, su excusa quizá sería la de detenerse en ese paisaje que malamente había visitado.
El cielo comenzó a oscurecerse, si no se apuraba lo pasaría mal. Estaba tranquilo, la chaqueta que llevaba aguantaría la inclemencia. Mientras caminaba pensaba en lo que haría al estar en la habitación, tomaría una larga ducha y entraría en calor.
También se preocupó en cuidar la bolsa que llevaba en las manos, si se mojaba se estropearía su contenido, suponía que sería improbable poder encontrar un ejemplar igual, aunque tampoco había visto si la librería en la que lo compró tenía más de la misma edición, de repente, sí, escondido en alguna esquina, pues había notado que había cientos de libros desperdigados por todas partes. Este caos era uno de sus atractivos, puesto que así la anunciaban en las guías locales, su desorden era su cualidad.
Según afirmaban los expertos, si se estaba en esa ciudad y no se visitaba aquella librería, se habría dejado de lado una gran experiencia. Como quería sacarle el jugo a su excursión, decidió ir. Llegar a ella no fue difícil, se encontraba en el centro, cerca de la plaza mayor, a pocos metros de la iglesia. Para entrar en ella era necesario adentrarse por un pasadizo cubierto por carteles de películas, todas ellas clásicos del cine, cuando, por curiosidad preguntó cuanto costaban, lamentó que el precio se saliera del presupuesto con el que contaba.
Tendría que cuidar lo que llevaba, debido a que dudaba que el encargado supiera lo que tenía a la venta, no parecía que los tuviera inventariados. Sería una tarea ardua el llevar un registro de todas las obras que ahí se hallaban. No contó los textos, pero dedujo que habría miles, quizás alguien al que le gustara ordenar cosas se embarcaría en la empresa de hacerlo.
A pesar del mal tiempo, pudo llegar en buenas condiciones a su alojamiento e hizo, tras dejar la bolsa de papel sobre la cama, lo que había planificado. Luego, más relajado, se recostó, abrió el libro, observó, nuevamente, el separador, la imagen en él era perfecta, habría sido hecha por un profesional —se dijo.