Creatividad

Historia del ayer

Un ruido interrumpió la tranquilidad del lugar —el sonido era incesante— rasgaba el silencio, por un momento se tranquilizó… No esperaba llamadas de nadie, además el número no tenía identificador ¿Quién sería? —la incertidumbre lo intrigaba—. Volvió a sonar, había dos opciones: apagar el móvil o contestar.
Sopesando las circunstancias, dejó de lado la opción de apagar el móvil, cogió el maldito aparato y contestó. No era usual hacerlo, menos aún a números desconocidos, sin embargo, como suele suceder en algunas circunstancias, lo tomaron por sorpresa; contestó.
—Sí.
—Hola.
—Hola —respondió con ciertas dudas, se denotaban en el tono de su voz.
—¿Recuerdas quién soy? —al otro lado el ambiente era silente.
La voz era inconfundible, era una punzada en sus recuerdos.
Tomó una ducha ese día —comenzaban a bajar las temperaturas, la temporada había sido insoportable, se esperaba el clima fresco con ansias—. Mientras se duchaba pensaba en varias cosas, las circunstancias circundantes, el transcurrir del tiempo de forma similar todos los días, ese sinsentido monótono.
—¿Cómo habría conseguido su número? —pensó.
No tomaba en cuenta lo sencillo de obtenerlo cuando se lo hemos proporcionado a una red social, estamos expuestos a ser localizados por cualquiera, sin poder evitarlo.
Al ser la voz tan peculiar, la sacudida repercutió en su memoria y lo hizo remontarse a muchos años en su pasado.
La conoció por casualidad —como suele ser en algunos casos— en la universidad, cuando la vio por primera vez sintió una sensación extraña; algo pasaría, no la conocía de nada, sin embargo, el viento soplando en su cara le decía: se conocen, se conocen y esta era la forma de reencontrarse. Sus piernas temblaban, los nervios, el no poder articular palabras, estaba a merced de cualquier sentimiento.
Los días eran anodinos, desprovistos de cualquier germen de entusiasmo. La vida pasaba por delante y él no hacía nada, era simplemente un espectador de primera fila; tuvo la suerte de conseguir entradas preferenciales para ese sainete; era su existencia.
Nada se planificó, se fue dando por casualidad, la relación empezó con unas simples miradas, por diversas razones les fue imposible entablar una conversación, comenzaron a jugar, el juego era sencillo, mirarse, sonreír; no se animaban a dar el primer paso, con el tiempo ese juego dejo de satisfacerlos.
—Hola, ¿cómo estás?
—Bien —respondió, no sabía que añadir.
Ese corto intercambio de palabras inició una etapa en su vida; conoció sentimientos desconocidos hasta ese momento, se abrieron puertas y jamás se volvieron a cerrar.
Un circo, la vida era su circo, no hacía nada trascendente, pasaba, él quedaba.
No se propusieron hacer las cosas de alguna manera determinada, simplemente se dieron. Comenzaron a salir, al inicio cada charla era anecdótica, la sensación de novedad su primera vez, se sentían nerviosos; sus ímpetus les ponían piedras en el camino.
Mientras no tomara las riendas del mismo todo seguiría igual, entraba en contradicciones, pensaba una cosa y hacía otra, se apartaba, perdía el control; ese era su problema, era cosa del momento —una justificación tonta, risible, sarcástica—.
Pasaban momentos tranquilos, estimulantes, su mundo dejaba de girar, solamente los dos, era la mejor manera de compartir el tiempo en compañía. Ambos se sentían capaces de hacer cualquier cosa, los dos eran uno solo para hacerle frente a todo.
Las historias lamentablemente no terminan en el «y fueron felices» de los cuentos —quizá debería terminar ahí, apagar la luz, no seguir—.
Sus acciones, las cosas dichas, eso volvía y lo atormentaba, trataba de encontrarle sentido, cada una de sus palabras, sus reacciones, eran cuchillos lastimando su piel, vivía pensando en el «si hubiera».
Vivieron experiencias juntos, continuaron su historia; con el tiempo llegaron a un punto muerto, comenzaron a dudar del alcance de su compenetración, cada uno se centraba en sus intereses, pensaban poco en la vida en común, cada uno se sentía satisfecho con lo poco que se ofrecían.
Venían cosas a su mente y las decía sin meditar demasiado, dejaba salir todo —aunque hiriera—, este era su principal problema —de varios problemas más—, no pensar antes de hablar, cuando soltaba toda esa andanada de sonidos se sentía extraño —parecía como si no fuera él quien hablaba—. Siendo así debía pedir disculpas constantemente. Una vida de pedir disculpas; en eso se había convertido su existencia.
Dejaron de sentirse especiales, hablaron y comprendieron el porqué. Él la consideraba la persona más especial en su vida, pero tenía razón, considerar y no demostrarlo, es igual a nada.
De los dos ella era la de mejor carácter para momentos como esos; él, más impulsivo, lamentablemente sus disculpas constantes fueron insuficientes pasado un cierto tiempo.
—No quiero llegar a odiarte, antes de hacerlo, prefiero decir hasta aquí, no puedo más.
Mientras todo eso sucedía él pensaba en las expresiones a usar, por una vez en su vida no diría nada sin meditar antes, ser más certero, concreto, no dañar.
Las palabras iban y dolían, cada vez más. Cualquier ruptura duele, alguna más, alguna el doble, pero siempre duelen.
No entendía, no le quedaba claro nada, no debía terminar así, esa historia debía seguir siendo escrita, no quería sentirse expuesto, era inestable emocionalmente —todo volvería a ser caos—, sin embargo, todo se terminó; pasó mucho tiempo para poner todo en orden y dejar todo en su lugar, convertir esos momentos en pasado.
Mientras escuchaba recordó como terminó su historia, ¿estaría preparado?, podría mirarla y decirle que nunca dejó de quererla, sin embargo, la herida seguía abierta, no habían sido calculados los tiempos de manera correcta, si hubiera sido antes.
—¿Por qué esperó tanto tiempo? —se preguntaba, más adelante tal vez se lo replantearía, pero ese día, en ese momento, no tenía ganas de nada.
Volvió en sí y respondió:
—No recuerdo quien eres —colgó.

Mitchel Ríos