Creatividad

Una dirección

No hacía mucho tiempo que se había mudado a la ciudad, era el nuevo chico del barrio. No fue fácil adaptarse.
Recordaba, en ocasiones, lo complicado de su primer paseo por la localidad. En su momento fue algo peliagudo, sin embargo, con el paso del tiempo se convirtió en un tema de conversación que sacaba cuando salía de copas para echarse unas risas. Sabía contar perfectamente la anécdota y, tal vez, por ese modo en que lo hacía, era interesante, no había dudas, con otro narrador, la historia resultaría aburrida y, por consiguiente, la charla. Con un par de gestos y ademanes encandilaba a su audiencia.
Me encontraba allí, en la estación, recién llegado, sin conocer nada ni a nadie, ¿os lo podéis creer? Yo que nunca me había movido por un lugar así de grande, me sentí acojonado, acojonamiento que… -aquí hacía una pausa, cogía la copa y bebía unos sorbos-, perdón… el acojonamiento se esfumó debido al frío que hacía. Las calles estaban blancas por la nieve, me sorprendió como, sobre mi mochila, se formaban copos que al ser cogidos se deshacían.
Entonces, ahí me hallaba, con una maleta, una mochila, muchos sueños y un trozo de papel con una dirección apuntada.
Lo primero que hice fue preguntarle a un tipo que transitaba por ahí si me podía dar indicaciones para llegar a esa dirección. Cuando salí de casa me dijeron que se ubicaba cerca de la estación de autobuses y no debería de tener problemas para llegar.
Un familiar cercano, cuando se enteró de que viajaría a…, me dijo que él conocía a unas personas que me acogerían. Eran unos colegas suyos, de muchos años atrás, cuando, durante el servicio militar, coincidieron en el mismo batallón y por esa casualidad, poco a poco, forjaron una amistad.
—Les dices que vas de mi parte y verás lo bien que te tratan, me suena que viven en la zona centro —Con esa aseveración pensé que lo del hospedaje estaba solucionado.
Las primeras indicaciones no se adecuaron a mis expectativas, por eso seguí preguntando, hasta que di con un viandante que, de forma detallada, dirigió mis pasos. Seguí sus palabras al pie de la letra: volteé por donde tenía que voltear y seguí recto por donde debía hacerlo. Llegué a la calle, pero no di con el número, casualmente terminaba dos números antes del que indicaba la anotación.
A pesar de ello seguí buscando, tendría que estar mal… —volvió a hacer una pausa, pasados unos segundos, después de beber y tomar aire, continuó—.
Sí, estuve dando vueltas con mis bultos a cuestas, pues la dirección no estaba bien escrita, debido a ese error estaba en un sitio que no conocía, buscando una puerta que no existía y con la helada encima, ¿se podían complicar más las cosas?
Me puse a caminar, sin saber qué hacer, recorriendo las calles, asombrado por la cantidad de nieve, llegué a un parque y me senté a lamentar mi mala estrella, con lo bien que estaba en casa, sin preocupaciones, viviendo tranquilo, solo cumpliendo con las tareas encargadas.
¿Habéis tenido alguna vez la sensación de estar solos en el mundo?
Con eso en la cabeza seguí mi recorrido, de repente se me ocurrió ir a una delegación de policía, ¿qué podía perder?, la vi como mi última opción.
Sabía que en todas partes había comisarías, en algún momento me encontraría con una. Hasta que llegué a una puerta (tras recorrer no sé cuántos bloques) ahí encontré a un uniformado haciendo guardia. Al inicio dudé entre regresar por donde había venido o hablarle, me decanté por lo segundo, ya que no tenía más opciones, le busqué conversación y, por suerte, me respondió, si alguna vez tenía que ser bueno en una charla, esta era la ocasión para demostrarlo. Fue muy amable.
Gracias a hablarle con familiaridad preguntó:
—¿De dónde eres?
—Soy de…
—Qué coincidencia yo también soy de ahí —esta afirmación me quitó un gran peso de encima. Los de mi lugar nos caracterizábamos por ser cordiales con nuestros paisanos.
—¿Qué haces en un lugar como este? —le expliqué cuál era mi situación. Al parecer le caí bien, esto fue bueno para mí.
Para crear más empatía, aparte de hacerme con unos euros, le pregunté si conocía a alguien que quisiera comprar un reloj, me lo quité de la muñeca y se lo enseñé.
—Se ve chulo —guardó silencio por un instante—. ¿Cuánto quieres por él? —le solté la primera cifra de dos dígitos que se me ocurrió—. Sabes, para no hacer más larga la historia, te lo voy a comprar —sacó unos billetes, me pagó y lo guardó, no sin antes indicarle que le tenía mucho cariño a ese trasto y que lo cuidara (no era verdad).
—¿Tienes en dónde quedarte? —Le expliqué que tenía un sitio a donde llegar, pero me dieron mal la dirección y, para mi mala suerte, no tenía otro modo para contactar—. Estás en una situación jodida —comentó—. En media hora termino mi turno, si quieres espérame ahí —señaló en dirección a un bar—, en ese sitio suelo desayunar —Hice lo que dijo y lo esperé junto a una ventana.
Demoró más de lo previsto, pero no lo suficiente como para que me pusiera nervioso. Al poco rato vi que se acercaba.
—¿Esperaste demasiado?, sí es así lo siento. Estuve haciendo unas gestiones. Me puse en contacto con un compañero, hoy está patrullando la zona, mira, ahí está —le hizo señas y al verlo se detuvo—. Espera aquí.
Su colega paró y se pusieron a conversar. A mis oídos solo llegaban murmullos, no entendía de que iba su diálogo (tal vez sobre mí).
—Acércate, te presento a… —abrió la puerta y el chófer me invitó a subir, no tuve miramientos para obedecer.
—Siéntate ahí —Seguí con la dinámica de dejarme llevar. Acomodé mi equipaje, puso en marcha el motor y me despedí de mi paisano —Sin saber cómo, me encontraba a bordo de un vehículo policial.
Intercambiamos unas cuantas palabras, de vez en cuando me hacía preguntas, yo no tuve problemas en responderlas, hasta que de pronto soltó una demasiado envenenada, lo hizo de forma sutil, imperceptible para aquel que no fuera de mi localidad —mi contestación fue contundente.
—Yo también soy de allí, si no respondías lo anterior te bajaba en el acto —solo atiné a sonreír.
Tras este intercambio de pareceres hizo subir al coche a un individuo desgarbado. Tras conocer mi situación, comenzó a soltar unas frases, lo más resaltante que dijo (y se me quedó grabado) fue: Entre paisanos nos tenemos que dar la mano. Hoy no duermes en la calle, de mi cuenta corre que lo harás bajo un techo.
La patrulla se detuvo y bajamos, di las gracias por el favor. El sujeto desgarbado me guio hasta su coche. En ese momento sentí que las buenas personas existían, tenía delante de mí a alguien que no me conocía de nada y, sin embargo, me estaba echando una mano, solo porque éramos del mismo lugar.
Recorrimos varias calles, hasta que llegamos a un sitio y detuvo la marcha.
—Aquí vive un amigo, alquila habitaciones por noche, no cobra mucho, a ver como lo arreglamos.
Esperaba que el dinero obtenido por la venta del reloj me llegara.
Llamamos a una puerta, al parecer el encargado no se encontraba en ese momento, pero por unas luces encendidas dedujimos que no tardaría en volver, por eso esperamos.
Al venir el tipo aquel quedó claro, por el trato, que efectivamente se conocían, (hablaban con tal confianza que daba la impresión de conocerse desde hacía muchos años). La puerta se abrió, el encargado me invitó a pasar y me dijo que no tenía problemas en recibirme, me dio una llave, ahí te puedes quedar, no es una habitación muy grande, pero de algo te servirá.
—Descansa, mañana vendré a primera hora, hablaremos tranquilamente.
Aquí volvió a detenerse, vio en el rostro de sus interlocutores que su narración se estaba alargando innecesariamente, trató de acortarla, resumir lo que realmente pasó con un par de pinceladas.
Al día siguiente volvió como prometió, hablamos, me preguntó cuales era mis expectativas, qué esperaba de esta aventura. Fui lo más sincero posible.
Me ayudó a establecerme, me recomendó para un trabajo.
—Vosotros diréis: el trabajo lo llevé a cabo yo y eso hizo que siguiera en el puesto, pero (esto es lo difícil) si no hubiera sido por su intermediación no hubiera llegado hasta aquí. Ahora es un buen amigo, al que veo cada vez menos, a causa de su vida itinerante, pero al cual le estoy sumamente agradecido.
—Solo a ti se te ocurre hacer un viaje así, mal organizado, ¿hasta dónde pensabas llegar? —le decía uno del grupo y añadía— tú eres la muestra de que la suerte existe.
—Llámale suerte, yo le llamaría destino.

Mitchel Ríos