Creatividad

Una determinación

La temporada de lluvias estaba haciendo estragos en las calles. La poca planificación, la dudosa gestión e insuficiente inversión, tenía como resultado que por todas partes hubiera contratiempos. La mala red de alcantarillado hacía que, en ciertas zonas, el agua se empozara y cayeran en ella los despistados. Estos, lamentando su suerte, no veían la hora en la que se detuviera el mal clima. Sin embargo, otros no lo veían con los mismos ojos, para ellos era un buen augurio, el tiempo en tanto siguiera así, húmedo, daba más probabilidades de que el mañana fuera agorero, se pudiera tener esperanza, sonreír pensado en el futuro.
La primera vez, ese mal tiempo lo sorprendió dando un paseo, aún —recordaba— era un foráneo y estaba en el tránsito de convertirse en uno más en el lugar.
En esos días desconocía las señales que indicaban que no era bueno salir a caminar. Observaba poco el cielo, no se fijaba en las señales que los naturales tomaban como referencia para planificar su día.
Cuando más adelante pensaba en lo mal que la pasó durante esos días (de aprendizaje), fruncía el ceño, no era algo de lo que se sintiera orgulloso (pasar por tonto era una situación poco agradable, al no tenerse como uno). Era una broma de mal gusto, producto de las circunstancias —afirmaba.
Con el paso del tiempo, esa incomodidad dejó de ser una carga, por eso, cuando le venían estos recuerdos, se decía que era parte de lo que implicaba mudarse de ciudad, cambiar de aires, dejar todo en aras de una ilusión.
En aquel presente solo se centraba en aclimatarse, en comenzar a sentir ese espacio como su hogar.
Con el tiempo lo conseguiría, pero fue un proceso, no fue algo que se dio de un momento a otro, no se levantó un día sintiéndose uno más ahí, pasaron muchos en los que se planteaba claudicar, dar la razón a quienes se oponían a su viaje.
En su momento hubo muchas voces que se negaban a considerar como buena su determinación.
Es de locos lo que piensas hacer, ¿para qué irte tan lejos?, ¿acaso aquí no lo tienes todo? —argüían todos aquellos que ansiaban echar para atrás su proyecto.

La decisión de cambiar de aires surgió, cuando, estando de vacaciones, le llamó la atención la cara peculiar de su destino, los canales, los grandes campanarios, las construcciones centenarias, sino milenarias, lograban llenar la vista de los visitantes.
Él, como otros tantos, hizo el recorrido turístico, visitó museos, iglesias, teatros, en alguna ocasión, incluso, contrató una visita guiada (aunque lo de contratar era un decir, era elevar demasiado el listón).
Había una serie de guías que pululaban por la plaza principal y ofrecían sus servicios por un módico precio. Al parecer el ayuntamiento les expedía un permiso para dedicarse a esa actividad, pero también les indicaba que no podían cobrar una tarifa plana, por eso surgió la idea de hacer un cobro simbólico.
Era llamativo ver a esos personajes pegados a un altavoz, explicando de la manera más concisa, la historia de los lugares por donde llevaban a los turistas. De vez en cuando se detenían en los principales monumentos, mayormente estatuas de personajes ilustres, ahí hacían gala de sus conocimientos, si eran de literatos, recitaban versos o declamaban párrafos de sus obras. La mayoría de las veces los foráneos quedaban satisfechos con las explicaciones, pero no faltaba el típico tocapelotas que trataba de ir de sabihondo y poner en aprietos al profesional. No obstante, a pesar de esos momentos puntuales, sus jornadas pasaban tranquilamente.
Después de aquella experiencia se convenció de que aquel lugar tenía algo mágico, un color que no había visto antes, o si lo vio, no le causó la misma impresión, sintió como si una fuerza lo llamara, como si en aquel espacio una voz le dijera que ahí estaba su sitio.
Cuando volvió a su piso tenía interiorizada la idea de cambiar de aires, no haría otra cosa más, se prepararía para dejarlo todo.
Intentó imaginar cómo sería vivir en aquel sitio, cómo sería la vida ahí. Pasó muchas tardes pensando, quería hacerse una idea clara de cómo se acostumbraría al cambio, por eso centrado en la incertidumbre de aquella nueva vivencia, le venía el temor de equivocarse, de no acertar en la decisión. Sin embargo, estas dudas le surgieron al inicio, con el paso del tiempo, se convenció de que era lo mejor para él, ese cambio le vendría bien, sería sustancioso y enriquecería su modo de ver la vida.
Se iría a la aventura, sin tener claro a que se dedicaría, no vio demasiadas opciones laborales, era un sitio dedicado cien por cien al turismo. Tampoco en donde se hospedaría.
Una vez ahí se dejaría llevar por las circunstancias (no dejaba todo a la suerte), pero tenía claro que era un paso sumamente delicado que estaba dispuesto a dar.
La lluvia lo pilló a mitad de una caminata, intentó volver a su hotel, pero el aguacero se lo impidió, sin tener muchas opciones se dijo que ingresaría en el primer sitio que encontrara abierto de camino.
Todo le iba mejor de lo que pensaba, si bien, nada de lo que le sucedía se parecía a lo que imaginó, las cosas no fueron tan duras como hubiera considerado, su actitud le daba el empujón necesario para hacer frente a lo que se le presentaba.
Se adentró en aquel restaurante para guarecerse, antes de hacerlo preguntó si había algún sitio disponible, lo ubicaron en una mesa situada cerca de la ventana principal.
No llevaba paraguas solo una cazadora impermeable. Mientras se la quitaba miraba la cantidad de agua que caía, la calle estaba quedando desierta, poco a poco la gente desaparecía, sabían que el chaparrón no se detendría, conocían las particularidades de aquel lugar.
Se acercó el camarero, le entregó la carta y le recomendó un par de platos que no estaban en ella… por la ventana veía la realidad desdibujada, la lluvia siguió cayendo.