Creatividad

Un sentimiento

Observarlo delante de la pantalla era todo un espectáculo.
—Siempre pasa lo mismo, esto parece el día de la marmota, el árbitro está ciego, esa disparidad de criterios me enerva. —se decía, tratando de no elevar demasiado la voz, para no exteriorizar su enfado.
Cegado por los colores de su equipo, cualquier cobro desfavorable le resultaba injusto, para él, eran nimiedades, en otro contexto nadie detendría el juego, pero como su equipo era el mejor del mundo, las pitaban sin fundamento para igualar los encuentros.
No era iluso, cuando lo pensaba fríamente, comprendía que era un negocio más dentro del entorno capitalista, por lo mismo, para hacerlo más igualado, un tipo colocado a dedo se inventaba faltas inexistentes, con esto conseguía que decayera el ritmo del partido y beneficiara al peor de los equipos.
Sus elucubraciones conspiranoicas iban en una sola dirección, fruto de los malos ratos que le hacía pasar su equipo, pues cuando ganaba nada de eso tenía fundamento, más bien le resultaban atinados los arbitrajes. Afirmada que el encargado de impartir justicia debía mostrar que era bueno en lo que hacía, para un equipo grande se requiere un juez a la altura, no puede actuar cualquier pelafustán, tiene que hacerlo un profesional cualificado, porque así sabrá de que va el juego, sin amilanarse en ningún instante y, menos aún, a la hora de demostrar su honestidad.
Cada vez que rememoraba su debut como aficionado a este deporte, pensaba en las vivencias que lo marcaron.
El gusto por el fútbol le nació desde pequeño cuando lo llevaban al estadio. Al inicio fue reacio, porque le parecía eterno el recorrido, caminar más de 30 minutos, en aquellos años, era demasiado. Más adelante, comenzó a pillarle la gracia y iba sin necesidad de que lo llevaran.
Para llegar al estadio tenía que coger el metro, una vez que se bajaba en la estación más cercana, debía recorrer varios bloques, la gente se arremolinaba a los alrededores, el ambiente que se respiraba era único.
Había puestos con vendedores de bufandas, posters, camisetas, todo lo que uno quisiera para demostrar a qué equipo seguía (el de la ciudad). Mas adelante se encontraban los controles de seguridad, en dónde era imprescindible mostrar la entrada o el abono para poder ingresar, aquí los agentes verificaban que todo estuviera correcto, de igual modo, cacheaban a los asistentes para que no filtraran objetos no permitidos. Una vez concluido este proceso, se pasaba a otro lugar, se subían unas escaleras, luego, los encargados indicaban hacia donde ir para ubicarse en los asientos. Le causaba gracia leer la palabra vomitorio en el tique que llevaba.
—¿Quién habría inventado esa palabra? —se preguntaba.
Cuando vio su asiento notó que era de dimensiones reducidas, pero eso tenía su razón de ser en la capacidad del estadio, tal vez si fueran más grandes, esta se vería limitada a la mitad.
Volvió a pensar en el ambiente, la sensación de estar junto a los aficionados, la forma en la que vitoreaban los goles, la camaradería que se respiraba… Tenía más sensaciones, pero no sabía cómo explicarlas, todo eso, en conjunto, fue lo que lo impulsó a alentar con fe ciega a aquel equipo.
En cuanto le fue posible, se hizo con el carné de seguidor, para eso se acercó a las oficinas indicadas, llevó los documentos que le solicitaron y se inscribió. Quiso hacerse socio, pero no fue posible, cuando expresó esta intención, un empleado le explicó que, en ese momento, lo único que podía hacer era anotarlo a una lista de espera, eso le pareció mejor a nada.
También asistía una vez al trimestre al museo del club, en él se podían ver todos los trofeos de la institución, las diferentes equipaciones utilizadas a través de su historia, incluso había en exposición un documento que atestiguaba el día de su fundación, un papel ajado y centenario.
Cuando le preguntaban a que se debía su constante asistencia a él, respondía que era por la ingente información que contenían sus instalaciones, una sola visita no era suficiente para descubrir toda su magia —afirmaba—. Gracias a esto conocía muchos detalles de su equipo, detalles que el común del vulgo desconocía, con esta información sacaba a relucir su sapiencia e interés por sus colores.
Para seguir todos los partidos de la temporada, y no perderse ninguno, los tenía apuntados en una agenda, en ella tenía especificados el día y la hora, gracias a esto podía planificar sus semanas.
Cuando su equipo jugaba de local hacía todo lo posible para ir a ver el encuentro al campo, siempre y cuando no lo pillara fuera por cuestiones laborales, si sucedía lo segundo, tenía que conformase con ver los partidos por televisión, por eso para él era indispensable que el hotel tuviera el canal que trasmitía los encuentros, esto incordiaba a quien le hacía la reserva de la habitación, pero era una exigencia para viajar.
En esa situación, la de forastero, no podía hacer otra cosa que sentarse delante de la pantalla y animar a distancia.
Sufría más que estando en el campo. No era lo mismo —se lamentaba—, la atmosfera del terreno de juego era única e incomparable.
Cuando ganaba su equipo se alegraba, pero cuando perdía sentía que el mundo se le caía encima, era como si le quitaran el ánimo de un sopetón, lo desmotivaba, era jodido leer la prensa deportiva al día siguiente, por eso trataba de abstraerse en otras actividades para olvidarse del traspiés.
Ese enfado iba desapareciendo conforme pasaba el tiempo, si el primer día quería matar a toda la plantilla, al siguiente contemplaba la posibilidad de que alguno era bueno, al subsiguiente los salvados podían aumentar, tras veinticuatro horas más, el número seguía incrementándose y así, en la víspera del próximo choque, volvía el entusiasmo como por arte de magia. Seguiría su ritual acostumbrado: estudiar el calendario, planificar sus actividades, ir al estadio, colocarse en su sitio de siempre y alentar (desinteresadamente) a su equipo.

Mitchel Ríos