Creatividad

Un propósito de peso

Esta será la última —se dijo—. Esperaba que en esa oportunidad su fuerza de voluntad se resistiera a las tentaciones. Su problema era llevar una vida desordenada, comer a deshoras y, si se podía agregar algo más, no tener un horario fijo.
Iba a desayunar, como de costumbre pedía una ración de tarta —casera por supuesto, detestaba las que vendían en los supermercados, pues, para su meta eran un inconveniente, estaban hechas con grasas y harinas no recomendadas para la alimentación sana— y un café cortado.
—¿No te das cuenta de que ese bizcocho, aun siendo casero, engorda?
—Es mejor que los procesados.
—Es como para escribir un texto.
Consumía bollería casera olvidando que estaba elaborada con ingredientes que, al igual de los que se apartaba, contenían compuestos adversos para su objetivo, pero, como creía que todo estaba en la mente (producto de sus memorables lecturas de libros de superación personal), pensaba que si se convencía de que lo hecho en casa era mejor, no le afectaría, todo estaba en desear con todas sus fuerzas que se hiciera realidad su cometido, la ley de la atracción era su baza.
—No te burles, esa ley funciona.
—Sí, cierto, cuando uno desea una cosa con todas sus fuerzas, el universo se confabulará para que se haga realidad ¿verdad?
—Así, tal como lo dices, suena a broma.
—Son de broma.
—Pero, es cuestión de creer en lo que se dice, en lo que se siente y en respetar las ideas del resto. No te creas que la verdad está solo de tu lado.
—No, ni pensarlo, la verdad y yo no nos llevamos bien.
Bastaba con que apareciera por la puerta y el camarero comenzaba a preparar su… Al ser una persona de costumbres y que, por lo visto, prefería lo conocido, se podía predecir lo que haría dentro. A veces, se situaba en la mesa de la esquina dando la espalda a la pared, otras en la de en medio, situándose delante de la ventana, de reojo se podía ver como admiraba las escenas cotidianas que tenían lugar en la calle paralela.
—¿Qué tal tu tarta casera?
—Bien.
—¿Quieres un poco de tomate encima?
—No.
—¿Un poco de aceite de oliva?
—¿De qué vas?
—Estoy de coña, ¿no te das cuenta?
—Pues menuda forma de empezar el día.
—Cada quien lo empieza como puede.
—Si lo empiezo de este modo, con un toca pelotas tomándome el pelo, no me auguro un buen día.
—¡Eh!… menudo piropo me acabas de soltar.
—Eres eso y más.
—Vuelvo a repetir, gracias.
Hasta aquí llegaba la forma en la que podía describir sus acciones, pero, de vez en cuando, tenía cara dubitativa, era difícil leer en su rostro lo que pasaba por su cabeza. En esos momentos, me acercaba y anotaba el pedido. Cómo había previsto, acertaba en todo, no había dudas, se me daba bien analizar el comportamiento de las personas.
—Empiezas burlándote de mi dieta, ¿cómo quieres que me ponga?
—Todos los primeros de mes dices que esta vez bajarás los quince kilos de más que dices tener —yo no los veo por ningún lado—.
—Es uno de mis propósitos, mas, mi voluntad no es inmune a las tentaciones.
No en vano llevaba un buen tiempo desarrollando esta actividad. Cuando tenía la oportunidad conversaba con los clientes del establecimiento. En ocasiones podía llevarse gratas sorpresas, conocía gente interesante. En estas circunstancias no se cortaba, sacaba a relucir lo mejor de sí, utilizando un lenguaje adecuado citaba varias de las obras que había leído. Sacaba en el momento pertinente el extracto de un párrafo, un verso, lo que le viniera a la mente. Por otro lado, cuando desconocía algo, no le daba vergüenza preguntar, no era un sabihondo, tampoco quería ir de sabelotodo. Muchas cosas se le escapaban de las manos, si hubiera tenido la posibilidad de estar mejor preparado, otro gallo cantaría —se decía—.
—Espero que los lleves a cabo, ¿Cuáles son tus otros propósitos?
—Terminar de leer un par de libros, tener mejor ordenado el piso y seleccionar la ropa para dar.
—¿Tienes demasiada?
—No, pero hay varias prendas que no utilizo, hoy, si me da tiempo, prepararé una bolsa y la llevaré a la iglesia.
—Cerca de casa tengo una, pero en un letrero grande dice: nosotros no somos almacén de ropa…
A veces sus intervenciones le satisfacían, pero, casi siempre se quedaba con las ganas de haberlo hecho mejor. Desafortunadamente eso sucedía después, cuando ya no tenía razón de ser que le diera más vueltas al tema.

—Por lo menos ese propósito lo cumplirás.
—Sí, no requiere esfuerzo, solo hacer una selección.
—Los libros serán unos ladrillos.
—Son densos, sí.
—Lo del peso, no sé, yo te veo bien.
—Pero yo no.
—Ahí no tengo nada que decir, si no te sientes a gusto con tu aspecto, es cosa tuya, pero no debes dejar que te ciegue.
—No sé a qué te refieres.
—Me explico: Obcecarte con el aspecto físico te puede generar problemas. No digo que no cumplas con el cometido de bajar los kilos de más —que dices tener—, pero luego te encontrarás algún defecto más —no digo que el peso lo sea— y será un sin parar. En pocas palabras, nunca estarás a gusto con tu imagen.
En ese instante le hubiera gustado saber en qué estaba pensando, tal vez tenía que ver con su humor, por eso se sentaba indistintamente en una mesa de la esquina o del medio. No se animaba a preguntarle, no quería ser impertinente, tendría sus razones, solo debía centrarse en atenderle de la mejor forma, de tal modo que iniciara el día con una sonrisa, si era posible.
La vida desordenada, la edad, podían ser tantos factores… El tiempo pasa para todos, mientras pensaba en eso miró por la ventana, se acercaba alguien que conocía.

Mitchel Ríos