Creatividad

Un par normal

Los compromisos no estaban hechos para él. Vivía a su aire, siempre dueño de todo, de la situación y de lo que le rodeaba. No se preocupaba por nada. Todo está bajo control —se decía—, la seguridad que demostraba, a veces, era un signo de su ingenuidad y de lo poco que se había desenvuelto en el mundo, vivir en un espacio como el suyo lo impulsaba a elucubrar la idea de grandeza a partir de la mediocridad del medio. No le gustaba oír la palabra ingenuo, desde ningún punto de vista lo era, en su mundo —bajo su visión—, las situaciones se adecuaban a sus expectativas.
Recuerdo que hablábamos de forma continua, eran otros tiempos, porque nuestras conversaciones eran en parques, en las escalinatas de una plaza o, en ciertas ocasiones, en el banco de una iglesia (no era lo común hacerlo, pero cuando los lugares estaban llenos, no había otra alternativa, la capilla del barrio siempre estaba abierta, el sacristán era amigo de tener las puertas entreabiertas, cuando había gente en su interior se alegraba, alguna vez me di cuenta de los sentimientos que le producía el ambiente de camarería) —se detenía por un momento, para recuperar el aliento y continuaba—, hacerlo en ese recinto sagrado era distinto, nos cortábamos un poco, con todo, cuándo no tienes más opciones, hay que tirar de imaginación, en esa época nos sobraba; éramos más creativos, con un pedazo de ladrillo podíamos hacer dibujos en el suelo y nos entreteníamos hasta que las fuerzas nos vencían y cada quien tenía que retirarse a su domicilio.
Todo consistía en ganarle la confianza a tu interlocutor, mirarle directamente a los ojos y demostrar confianza, porque esa es la base de todo, ser dueño de uno mismo. Nunca le fallaba, en especial cuando quería salir de juerga y quedar con alguien, sus buenos modos y su forma de ser encantadora le daba excelentes resultados, para algunos sería un modo de ser chulesco, si bien eso estaba alejado de lo que realmente era, creía en sí mismo, nada más. Cualquier idea distinta que tuvieran de su actitud, era errónea; no sería él quien hiciera cambiar de forma de pensar a los demás, sabía quién era, eso adjuntado a lo demás, significaba tener personalidad.
A veces tenía que subir por una pared, dejada a medio terminar; en ese lugar solíamos reunirnos con los colegas e iniciábamos nuestra tarde de juegos. Pasábamos de estar quietos —a causa del frío—, a movernos como locos de un lado a otro, un silbido era lo que daba el inicio, no necesitábamos más, como dije, nos divertíamos con poca cosa, la base de todo era nuestra imaginación.
Era una de las cosas que más cautivaba, su personalidad, un par de palabras, gestos, un susurro, eran más que suficientes para demostrar sus buenas dotes. Si no le prestaban atención, los demás se lo perdían, él nunca lo hacía, porque como solía decirse: si no se dan el gusto de conocerme, no podrán olvidarme (más o menos era así… no era muy bueno para formular las frases), tampoco hacía más intentos, no era amigo de dar segundas oportunidades, era signo de debilidad y, en su caso, él era fuerte. Podía denominársele el tipo de la única oportunidad, solo una oportunidad, no era un mal sobrenombre —se decía—, él solo ocurría una vez en la vida de las personas, eso debían entenderlo, si a la primera no les quedaba claro, se quedaban sin nada, era sencilla la tesitura, por lo menos en su mente, las reglas estaban bien delimitadas.
Recuerdo que era de carácter difícil, podíamos pasar de hablar de forma continua a no dirigirnos la palabra; por mi parte siempre estaba abierto a lo que se le pudiera ofrecer, por la suya, se convertía en un muro infranqueable, eso me dolía… nunca se lo dije, no quería que nos rayáramos innecesariamente, desde mi punto de vista no valía la pena, era mejor aprovechar el tiempo que compartíamos, no servía de nada reclamar.
Todo tenía que ser como él decía, no había más vueltas que darle.
Cuando la percibía de mejor ánimo me acercaba; se lo hacía notar, como dije, no le reclamaba nada, era así, éramos distintos. Aunque —soltaba una carcajada—, a veces me parecía un poco chalada, nunca se lo dije a la cara, se podía enojar; era algo alocada, no como insulto, si no, por su forma extraña de ser. En ocasiones sentía que la conocía, en otras no, era un misterio, es curioso, nunca llegué a desentrañarlo.
Nosotros hacemos el mundo a nuestra medida.
Éramos un par de personas rotas, quizás por eso encajábamos —por lo menos yo lo pensaba—, teníamos que cargar con nuestras penas, así como recorrer con ellas el mundo. No podíamos hacer nada, nacimos marcados, era lo que había, y, sin embargo, disfrutábamos de los pocos buenos momentos, no había otro modo de hacerle frente al medio, nadie tenía que saber lo que éramos; tenían que tenernos por gente normal, silvestres, comunes, nada de ser especiales, porque lo especial se lo guardaron para otros… Nosotros lo sabíamos.
Algunos escuchaban con más atención lo que decía, a él le daba igual, soltaba sus palabras al viento, solo buscaba charlar, desahogarse; otros, se sentaban a su lado en la estación y permanecían impasibles ante sus palabras, pasaban de todo, solo reaccionaban cuando miraban al bus, en ese momento se levantaban y lo dejaban solo; él no se daba por aludido, porque cuando terminaba de contar, volvía al inicio, era como un disco de una sola cara, era como si el tiempo se hubiera congelado para él, como si hubiera ingresado en un bucle del que era difícil salir, tampoco hacía el esfuerzo por lograrlo. No percibía a ciencia cierta la realidad.

Mitchel Ríos