Creatividad

Un mal trago

¿Así termina todo?, la desilusión que asomaba tras esa pregunta era la muestra de una gran decepción. Hasta entonces pensaba que el final sería apoteósico, con bambalinas de fondo, el mundo dejaría de girar, habría un antes y un después.
Siempre que en la vida ocurría algo bueno, a él le pasaba lo contrario, era como si tuviera que otorgar una ofrenda, no podía estar a gusto, ni sentirse contento, quedaba demostrado que todo era efímero (se iba tan pronto como llegaba), quedándole la sensación de que nunca estuvo allí.
Sentado a la mesa se imaginaba que las palabras que escucharía serían diferentes.
Por lo visto llevaba mucho preparando su discurso —pensó—, se mostraba firme en su modulación, lo repetía como una letanía, no perdía el hilo, cada palabra, frase, párrafo, lo tenía bien estructurado, no trastabillaba con ninguna de sus afirmaciones.
La furia acumulada en su mirada mostraba que su enfado no era de uno o dos días sino de mucho tiempo atrás —¿por qué? Sus gestos acojonaban, nadie hubiera querido estar ahí, pero él no podía alejarse, si le importaba (algo) tenía que aguantar la tempestad, aunque, en el proceso, perdiera…
¿Cómo llegó a este punto?
El paso del tiempo se notaba, ya no existían los mismos gestos, pero no se le podía echar la culpa, todo está en constante cambio, él también. Los abriles pesaban, no era posible que actuara como cuando era más joven, dicen que los años te van haciendo más duro y este era el ejemplo.
Mientras continuaba la diatriba (en el exterior) comenzó a hacer un recuento de lo sucedido.
La época no fue la mejor, no sirvió para satisfacer sus expectativas, si se ponía exquisito sentía que el entorno le salía debiendo. Las pocas oportunidades y la falta de comodidades lo empujaban a sustentar su afirmación. Por eso cambió y todo fue por derroteros distintos a los planeados, a esto se debían sus lamentos y sus sinsabores.
Las palabras iban y venían —el tono aumentaba—, la furia contenida se estaba convirtiendo en ofensa descontrolada. Era difícil mantener la compostura. Si hubiera estado preparado, ahora mismo sería otra su reacción, pero nunca se está preparado para una discusión, ni para aguantar una retahíla de fórmulas que solo buscaban herir.
Un aspaviento así generaba hostilidad, por suerte (si es que había algo de suerte), nadie daba por hecho que, en ese momento, alguien pudiera estar pasando un mal trago.
Por lo visto se ocultaban muchas cosas y ese acumulado hacía que la furia estuviera presente.
Volviendo sobre sus pasos se percató de que esa reacción no era cosa de un día, era parte de un todo, quizá llevaba muchos días acumulándolo y, de tanto hacerlo, llegó al punto en el que fue imposible seguir fingiendo. Si todo eso se hubiera hablado en su momento, ahora la situación no tendría razón de ser.
Quizá siempre fue así, pero solo hasta hoy tuvo la oportunidad de sacar todo, ahora, como no le importaba, mostraba su verdadero rostro, dejaba de lado las caretas, romper tal como lo estaba haciendo era lo de menos, ya no importaba nada y eso dolía.
Muchas veces imaginó una situación así, pero no tan desproporcionada, todo empieza para terminar —estaba convencido de ello—, no obstante, no merecía la pena hacerlo de ese modo, decepcionando, humillando, resquebrajando la imagen que tenía formada.
En ese instante pensó, mientras retumbaban las palabras en el aire, que cuando alguien no quiere continuar, cualquier pretexto es bueno, si eso era verdad, no era necesario llegar a estos extremos, acaso no eran personas adultas, acaso no podía aguantar que le dijeran la verdad, no pasaba nada si le decía a la cara: no cuento contigo para mi futuro.
No sabía si aguantaría más tiempo, tenía ganas de huir, alejarse, contemplar como un extraño la escena —decir a lo lejos: ¡qué par de tontos!—, tal vez tomando esa posición todo sería más claro porque a su pesar todo era sumamente confuso, no sabía como salir, ¿qué decir?, un lo siento ¿bastaría?, un cambiaré… Esas palabras hubieran servido al inicio, a estas alturas serían usadas en vano, no servirían de nada, no valdrían de nada.
Pensó que el mundo se detendría, pero seguiría girando (amanecería y anochecería sin miramientos). Él era uno más, no era lo suficientemente importante como para que se frenara (nadie lo es). Mas, en su ingenuidad, imaginó que una circunstancia así lo valía.

Mitchel Ríos