Creatividad

Un lugar de divertimento

El portón se fue abriendo despacio y sin apuro, la emoción por ver lo que ocultaban esos grandes muros inquietaba al público; salvo algún inspector del ayuntamiento, nadie lo había podido admirar en mucho tiempo. Era un terreno extenso, en la entrada tenía un árbol que sobresalía por el cerco y la casa estaba construida con materiales nobles a la vieja usanza —como fueron construidas las primeras obras del pueblo—. Cerca de ahí pasaba una acequia. Esa casa en tiempos pasados fue un sitio de encuentro, todos tenían conocimiento de lo que ahí sucedía. Los vecinos se reunían para confraternizar, realizaban fiestas; todos se conocían. Con el tiempo la pequeña comunidad fue creciendo, se construyeron más edificaciones y los primeros habitantes se fueron distanciando. La nueva gente que vino hizo que el espíritu de camaradería que existía fuera desapareciendo y era poco usual que se reconociesen unos a otros.
Una de las casas se fue haciendo llamativa, no se sabía si estaba habitada o abandonada. Se encontraba muy deteriorada y estaba cercada gracias a una iniciativa del ayuntamiento. Las historias contaban que en ese lugar vivía una señora; había llegado al pueblo con su madre, una septuagenaria que no la dejó casarse porque consideraba que ningún hombre merecía su amor, le recordaba que su labor era cuidarla, eso hizo que se recluyera y al morir su progenitora esa reclusión se hizo total. El encierro perjudicó su entendimiento y sus desvaríos llegaron a tal grado que lanzaba piedras a las personas. Todas estas habladurías solo servían para asustar a los más pequeños, lo real era que vivía alguien en esa casa, porque siempre se veía una luz tenue en una de las ventanas, tal vez la luz de una vela.
Un día comenzó a sentirse un olor pestilente por los alrededores del lugar; se lo atribuyó a algún animal muerto que había sido tirado al canal y no fue arrastrado por la corriente. Se llamó a los encargados de mantener limpio dicho conducto. Vinieron pronto, inspeccionaron y no encontraron ningún animal muerto; sin embargo, el olor seguía esparciéndose por el ambiente, después de algunas pesquisas se determinó que venía de dentro de unos muros. Esto generó el enfado del pueblo. Una comitiva llamó al portón y no recibió respuesta, se dirigieron a la comisaría para que les solucionaran el problema, vino un fiscal y autorizó la apertura del portón. Lo abrieron y entró la autoridad, conforme se iban aproximando a la pequeña casa el olor se hacía más fuerte. No tuvieron que forzar la puerta de la vivienda, estaba a medio cerrar, el hedor lo llenaba todo, se acercaron a uno de los cuartitos y se encontraron con una escena espantosa, había un cuerpo pudriéndose encima de una cama, pegado a lo que podía haber sido un colchón, el espanto cundió entre los curiosos, al parecer el cuerpo era de una mujer y llevaba varios días muerta por el grado de descomposición. Tuvieron que esperar a que viniera el forense y los peritos, como se dedujo que fue de forma natural no hubo necesidad de que un fiscal diera la orden para el levantamiento del cadáver.
Después de lo sucedido —durante algún tiempo— la propiedad se conservó igual, pero al no ser reclamado por nadie, el ayuntamiento decidió derrumbar la construcción y se dejó vacío el terreno. Pasados unos días se puso un letrero avisando que muy pronto en ese lugar se construiría un centro de divertimento para todos los del pueblo.

Mitchel Ríos