Creatividad

Un instante de sobresalto

Se encontraba haciendo garabatos en una hoja, estaba aprendiendo a escribir… quería demostrar su habilidad. Según él, estaba realizando un texto elaborado, manejaba la técnica, tenía desparpajo para redactar, aunque no tuviera nada para contar. Su texto giraba en torno a los extraterrestres, el tema recurrente en esos años. Esas historias fueron creadas para asustar y en él conseguían su objetivo.
En casa eran asiduos a esos temas, se entretenían viéndolos en la televisión —gustaban de las leyendas urbanas—, luego comentaban sobre la veracidad de lo visto, al escucharlos se le quedaban grabadas las palabras, retumbaban en su cabeza y al dormir se convertían en pesadillas… no podía estar tranquilo. Esa situación se hacía repetitiva.
Todos salían a la calle, esperando la llegada de una nave espacial, al estilo de las de V o a la de Encuentros cercanos de la tercera fase, de fondo se escuchaba una melodía extraña. Los pobladores se reunían en un parque céntrico, adornado con una cruz en su centro. Los universitarios lo utilizaban para sus botellones. Las personas reunidas levantaban la vista al cielo, oraban, bailaban, rendían tributo, efectuaban ritos, la procesión se movía en distintas direcciones, sin salir del espacio, norte, sur, este, oeste, todas y una. Esta escena era similar a la de sacar a sus santos en andas, a la de las fiestas patronales, el pueblo se jactaba del fervor demostrado en sus celebraciones. Se esperaba a los extraños ansiosamente. Cuando estaban a punto de llegar al éxtasis, la tierra comenzaba a temblar, la multitud se dispersaba.
El sueño concluía de forma repentina, se levantaba sudando; se dirigía a la cocina, bebía agua. Todo este trajín lo hacía con el temor en el cuerpo, le parecía que podía encontrarse con lo desconocido en cualquier parte, en especial en las sombras —destinatarias de su espanto—. Volvía apurado a la cama, se podía decir que corría, una vez en ella se tapaba completamente, intentaba conciliar el sueño, pero la idea continuaba latente. Por una rendija de la ventana entraba una corriente de aire, el sonido que producía no era agradable, se dejaba llevar por la imaginación. Vislumbraba los saltos entre dimensiones, al estilo de un programa popular, según los teóricos el proceso era factible, eso significaba un paso hacía lo oculto.
Todos tenían algún muñeco de peluche en casa, osos, gatos, perros, los espíritus malignos suelen esconderse en ellos, nos hacen picar el anzuelo para martirizarnos, no es alocado considerarlo posible, hay casos documentados alrededor del mundo, se lo puede reconocer viendo los ojos del objeto poseído.
Se pasó varios días preocupado porque tuviera un ánima en pena en casa, no dejaba de mirar en dirección al oso que se encontraba encima del ropero, su mirada penetraba por todos lados, esa sensación de sentirse observado era constante, la experiencia era terrible. De vez en cuando lo contemplaba, esperando que no se moviera, algunas noches no dormía. La situación se repetía incontables veces, no descansaba bien porque, a poco de conciliar el sueño, debía levantarse.
En la escuela, a primeras horas de la mañana, se quedaba dormido, se pasaba el día dando cabezadas, no se enteraba de lo que decía el profesor.
Era sumamente extraño, en el día no le inquietaba ese objeto, pero al anochecer los temores volvían. Lo hacían con más fuerza, muy a su pesar no conseguía evitar pensar en esos temas, lo atormentaban, por más que intentaba se le hacía imposible, a veces tenía ganas de tomar pastillas para dormir… no las tenía a mano, intentó de todo, hasta que consiguió paliar la situación con música, no obstante, esto le ocasionó otro problema, comenzó a incomodar al resto y más de una vez debía de bajar el volumen, cuando cantaba lo hacían callar, el ruido despertaba a todos en casa.
Esto fue provisional, las ideas volvían, se hacían recurrentes, el temor a lo desconocido, a eso que no lograba entender, no sabía si en algún momento podría hacerlo.
Las pesadillas se mantenían, con el paso de los años se comenzaron a matizar, se hicieron habituales; no asustaban como al inicio —ahora las toleraba—, eran parte de mí. En ocasiones vuelvo a tener el mismo sueño: el pueblo, la muchedumbre, el temblor, todos se dispersan, no logro ver el final… me despierto.

Mitchel Ríos