Creatividad

Un buen samaritano

Los alumnos estaban interesados en la charla. Se preocupaban por esquivar cualquier tipo de distracción. Cuando alguien entraba cerraban la puerta, no querían perderse ninguna palabra. Algunos lo hacían porque estaban interesados en el tema, otros, porque necesitaban aprobar el curso, por lo que fuera, cada palabra retumbaba en el aula y, por consiguiente, en sus oídos.
El silencio inusual, si en otras horas nadie se quedaba en su sitio, y se distraían con cualquier cosa, en esta, parecían poseídos.
Los elementos distractores abundaban, como no se enteraban de nada, trataban, por cualquier medio, de despistar al resto y, de ese modo, no fueran capaces de asimilar la información. Sus compañeros no se daban cuenta de ello; caían en la trampa y les seguían la gracia. Varios guardarían un buen recuerdo, eran parte del momento divertido, estaban del lado de los populares, no eran como los aburridos o quejicas, como les denominaban.
Si les preguntaban quiénes eran, ponían como ejemplo a los que llamaban a la seguridad de la universidad cuando veían a grupos bebiendo en espacios aledaños a las facultades, aduciendo que esas actitudes dentro del campus eran inaceptables. Existían controles para evitar el consumo de alcohol en esas áreas, pero no siempre estaban atentos los que debían impedir su ingreso.
Los integrantes de esos grupos se las apañaban para evitar esos filtros. Solían esconder las botellas en los basureros, de tal modo que, por la noche, se acercaban y las rescataban. Aquellos que no tenían temor a lo escatológico eran los encargados de recuperar el néctar para su entretenimiento; si las botellas se rompían, iban a la tienda más cercana.
Las risas cesaban, tenían referencias poco satisfactorias del profesor, era el más estricto y sus pruebas eran las más difíciles que les podrían tocar. Si quieres complicarte la vida, inscríbete en su cátedra —argüía un buen samaritano—.
El encargado de azuzar a los novatos era un tipo que se había impuesto ese papel. Tenía la idea de que cuantos menos alumnos lo hicieran, la universidad se vería en la necesidad de eliminar la asignatura. Se ilusionaba por las palabras del director de la escuela. En una conversación privada le comentó —Si no hay suficientes alumnos, no da beneficios a la institución. Soy partidario de agrupar aulas —lo dijo en tono serio—. No es posible que un profesor dicte para dos o tres una clase que debería ser dada a más de treinta, nuestra infraestructura está para ser aprovechada —concluyó—.
La fama de buen educador que tenía, para él no era tal, estaba ahí por cuestiones políticas, enchufado como muchos. El típico caso que se veía por todos lados. Sus métodos educativos eran poco atinados, además dejaba para leer textos incomprensibles, signo de superioridad intelectual —se decía—.
Ponía de su parte y no entendía, repasaba las páginas y tenía que volver sobre ellas una y otra vez. Sabía que el problema no era él, de ningún modo.
Se consideraba listo, se lo habían hecho saber sus anteriores profesores. En reconocimiento a su desempeño lo invitaban a participar en programas de radio. Cuando intervenía mandaba saludos a los que hacían posible su presencia ahí, de ese modo les agradecía su buena disposición.
Se sorprendía por su poca comprensión de aquellos extractos. Sopesando todos esos elementos, el eslabón culpable de aquella situación era el educador. En ese contexto no le sorprendió suspender el curso. Ese individuo no tuvo miramientos. Le dijo delante de todos si podía dejarles textos más legibles, fue el único valiente y el único que terminó en la lista negra.
No le guardaba rencor —de ninguna manera—, hacerlo significaba que había perdido la guerra y no era así, esto recién empezaba. Por eso rondaba el lugar en donde se matriculaban los nuevos estudiantes, era su labor, un deber moral adquirido. Debía evitar ese trance a las nuevas almas que navegaban por el Ganges, eran inocentes, no debían ser parte de una maquinación así —se decía—.
Esa muletilla se hizo común: No te compliques la vida, mejor inscríbete en otra materia. sé que no nos conocemos, pero solo así podrás evitar un calvario innecesario —argumentaba—.
Si no me hacéis caso os perderéis en un sendero que solo os traerá sinsabores. Más, a pesar de sus buenas intenciones, algunos ilusos se terminaban inscribiendo. Tú has cumplido, hiciste tu labor, si después los ves desanimados es su problema —se consolaba—.
Anotaban todo al pie de la letra. Cada una de las frases, comentarios y digresiones. Algunos cuadernos parecían guiones de teatro, colocaban marcas en todo y, si había intervenciones, los apuntadores señalaban de quien se trataba. Entre paréntesis redactaban el nombre del que hacía un comentario o, por el contrario, era interrogado por el catedrático.
Esos escritos eran una buena representación de la clase dictada —no cabía la menor duda—. Si querían, después podían pasarlos a limpio. Era posible narrar todo lo que sucedía en el proceso e idear un contexto describiendo las sensaciones ocasionadas.
Mientras tanto, todos estaban centrados en seguir el hilo, no se sabía qué parte serviría para el examen —era estresante—, a varios les resultaba imposible seguir el ritmo. De repente la voz cesaba, se daba por concluida la asignatura.
Se retiraban del aula. Empezaban el ruido y las conversaciones. Los chicos se distendían. El recreo les duraba un par de días, por lo menos, hasta retomar ese curso que requería toda su atención.

Mitchel Ríos