Creatividad

Tu forma de ser

Sus modos afables, educados y naturales, hacían de él una persona en la cual, de buenas a primeras, cualquiera confiaba. Bastaban unos cuantos minutos charlando para que, de forma espontánea, su interlocutor comenzara a contarle sus asuntos, tal vez debido a la necesidad de hablar que tiene la gente.
¿Una tara, un tic o problemas de espalda? —se preguntaban—, lo suyo no parecía normal.
Siempre es necesario dar la cara a quienes te hablan, eso hace la diferencia —le decían—, no te cuesta nada, a menudo, bajas la cabeza y me pregunto ¿Por qué lo haces?, das la impresión de tener miedo, no creo que sea así, pero eso es lo que, con seguridad, piensa tu interlocutor.
Muchos no tenían con quien desahogarse, por ello, estaban dispuestos a mostrar familiaridad con quien, a las primeras de cambio, manifestara interés en sus problemas.
Durante su turno tenía la suerte de tratar con los clientes bordes, desde que entraban por la puerta hasta que se acercaban para que los atendiera, los tenía calados.
Tus gestos te delatan.
Y se iban de boca (hablaban de más), creían que, al dar información personal, todo quedaba ahí, no tenían en cuenta el puesto de quien los oía, pues no dejaba de ser un trabajador que les brindaba un servicio y si, por la información recibida, podía sacar ventaja, no tendría miramientos.
Era como si los atrajera, se sentaban delante de él y venga, a atenderlos.
Él, para salir del paso, argumentaba que era una forma de trabajar mejor, solo así, analizaba a las personas.
A menudo, en su actividad, le tocaba ser el depositario de sus chácharas, esto no le disgustaba, dentro de todo, ese don (así lo creía) no lo tenían todas las personas, era algo de lo que podía jactarse.
El poco manejo de sus emociones expresaba nerviosismo. No solía mirar a los ojos, tenía la cabeza gacha, ese gesto no era una buena señal, no ofrecía confianza al interlocutor.
Parecer tonto era una simple técnica, aprendida a través de años de entrenamiento, algo que nadie puede poner en práctica, solo le es concedida a unos pocos iluminados —replicaba—.
Era una especie de terapeuta, ponía cara de póker y esperaba a que el momento concluyera pronto.
Hacer como que no te enteras de nada y, de repente, sorprender (con una buena respuesta) porque te enteras de todo. Esa es la clave, que crean que eres así, pero tiene que trabajarse para conseguirlo, por lo menos, para que no perciban que estás de broma. Hay que dejarles pensar que eres el memo.
Tenía cara de buen tipo, de no matar ni una mosca.
Los clientes no volvían, no querían ser atendidos por él. No se le daba bien fidelizar a la clientela. No tenía una cartera propia, se le hacía complicado ofrecer productos o servicios.
Era atento, cumplía a cabalidad su trabajo, quizás por eso estaba bien considerado por sus jefes. Dentro de la organización su posición estaba al alza, era un activo necesario. Esa forma de tratar a la gente era fundamental para que le tuvieran en esa consideración.
Lamentaba su suerte, si se le diera bien, podría ganar jugosas comisiones que, sumadas al sueldo base, daría como resultado suculentos ingresos.
Tú no entiendes, actúas tan bien que das la impresión de ser así, yo no te hablaría si no te conociera. Si te hubiera tratado haciendo ese trabajo, ni de coña te hablaría, habría pasado de ti.
Con un par de trabajadores así —pensaban los dueños—, tendrían mejor controlado el negocio, pero no era fácil, lo más común era, que quien les proveía el personal, se decantara por gente de otro perfil, gente que desde su punto de vista podía rendir más, eran unos catetos —en palabras del jefazo— si no fuera porque les conseguían mano de obra barata habrían cambiado de proveedor hace tiempo.
Luego salía con una frase de esas que parecía preparar: Yo solo miro a la cara a las personas en las que confío así que date por bendecida.
Qué le viesen como un amigo era fundamental, podía aconsejarles y hacer el papel de asesor personalizado, por eso cuando ofrecía algún cambio soltaba la frase: antes de engañarle me cortaría un brazo —enfatizaba—. Era consciente de que la sobreactuación podía crear dudas, por eso solo en contadas ocasiones sacaba a relucir esa zalamería.
Por bendecida (no creo), soy testigo de tus intentos por cambiar, te he visto modulando tu tono de voz, tratar de poner un gesto determinado, por lo visto aún te falta pulir, pero, por ahora, tienes que convivir con esa forma de ser.

Mitchel Ríos