Creatividad

Tanteando

No tenía claro cuando empezó a escribir, sin embargo, lo hizo alejado de los ideales en los que se fundamentan los grandes escritores. No quería cambiar el mundo, tampoco hacerlo perfecto y, menos aún, hacer más llevadera su existencia.
Te parecía un despropósito que las calles estuvieran divididas, unas para subir y otras para bajar. A mí, esta medida me parecía buena, se ordenaba el tránsito de los peatones y se evitaba la concentración innecesaria de viandantes. En ciertas temporadas era difícil moverse con libertad. En otras circunstancias esas calles estarían vacías.
—Nunca están vacías. Tal vez, por la madrugada, pero ni, aun así, siempre hay transeúntes.
—A esas horas merma.
Podía expresarse de mejor manera en un folio; al no tener un interlocutor delante, perdía el temor a equivocarse, sus expresiones eran más exactas. En la soledad de su encierro se sentía libre, esto solía causar controversia, pero, dentro de sus cuatro paredes no tenía que regirse por la mirada del otro.
—Detén el paso.
—¿Por…?
Una pareja se estaba haciendo una foto, esto te molestaba porque interrumpía nuestro paso.
—Están en la calle, por lo tanto, no es lugar para hacérselas…
—Detente, déjales que se hagan una buena toma. Si te metes, saldrás en ella. ¿Acaso nunca te has hecho fotos en plazas?
—No me gusta esa exposición innecesaria, no me gusta entorpecer…
—A ti no te gusta nada…
—En serio, no me gusta entorpecer…
—Nadie habla de entorpecer.
—Si se ponen en mitad de mi recorrido, eso es entorpecer.
—Que no.
—Puedo decirlo más alto, pero no más claro.
—Anda, no seas borde, vamos por otro lado.
Le llamaban antisocial, a esas alturas comprendió que mientras se supiera su cuento lo demás daba igual.
A pesar de tu intransigencia, terminabas haciendo caso, siempre estabas actuando, te conocía.
—Deberíamos de haber ido por otra calle.
—Regresar sería un sinsentido.
—Cierto, estamos rodeados, a no ser que empujemos a todos…
—Hace poco dijiste que no te gusta incordiar a los…
—En caso de suma urgencia, lo haría.
—Entonces, harías lo que repruebas.
—He dicho, en caso de suma urgencia. En el momento en el que no tuviera más opciones, es cuestión de supervivencia.
—Cualquier excusa es buena para justificar nuestras malas acciones.
—No es excusa.
—Sería una situación de vida o muerte.
—Venga hombre, que situación de vida o muerte, ni que… Reconoce que es un pretexto.
—Sabes que no soy de poner pretextos, pero si se da el caso de que la gente comienza a apretujarse ¿no harías lo mismo?
—Estamos yendo, a pesar de la cantidad de gente, la mar de tranquilos.
—Estaremos tranquilos hasta que dejemos de estarlo.
—Menuda perogrullada acabas de soltar, no sé si reírme o reírme.
—¿Te estas quedando conmigo?
—¿Tú qué crees?
—Como siempre respondiendo una pregunta con otra pregunta.
—Más bien dirás, respondiendo una tontería con una pregunta.
—Te estás quedando conmigo.
—Tú lo has dicho.
Lo de hacer perfecto al mundo por medio de la escritura, se le hacía difícil de entender. Suponía que, como se lo habían dicho en las clases de religión, toda la creación de Dios es perfecta per se, porque su palabra lo puede todo y es infinita. Durante sus años de estudiante estaba convencido de que era así, todos los argumentos avalando este discurso sonaban a verdad.
—Dejando de lado las bromas, no vamos a poder llegar a tiempo.
—Espero que nos dé el…
—Tiene que darnos, no quiero volver a pasar este trance.
—¿Y si no se puede?
—He dicho que no quiero pasar por este trance.
—Qué esté abierta o no, no depende de ti.
—Llegar a tiempo sí, por lo tanto, quiero llegar pronto.
—Como te digo, eso no depende de ti, si está cerrada, regresamos mañana.
—Mañana habrá más gente.
—Si quieres hacer la compra, y hoy no se puede, regresamos mañana.
—Lo ideal sería tenerla hoy.
Tenía sus libros por todas partes, su contenido saciaba sus ansias de entendimiento, los tenía como la mejor compañía, aunque solían argüirle que nunca reemplazarían el calor humano y se deberían valorar en la justa medida, esto sucede porque se les da dotes animadas a objetos que no lo son. No los contradecía, tenían su verdad y él la suya.
—¿Estás seguro de que viste el libro en este estante?
—Sí, tendría que estar aquí, lo vimos hace poco, pero, como tú no quisiste comprarlo, nos fuimos sin él.
—Búscalo y si no está, puedes preguntar a uno de los vendedores.
—Tiene que estar ahí.
—Vamos, ahí tienes a uno de los encargados, pregúntale.
—Tengo que encontrarlo.
—No seas cabezota, esa gente está ahí para ayudarte, es su trabajo.
—Si no está nos vamos y no compramos nada.
—Esa es la actitud made in…
—Si no lo encuentro, no lo encuentro y ya está.
Actuabas como un niño caprichoso, querías que todo se hiciera a tu manera, si no era así, te enfadabas.
—Búscalo en el móvil.
—Debe de haber cientos de esa temática, tengo que ver la portada y sabré cual es.
—¿En dónde compraste el libro de la semana…?
—En aquel estante.
—¿Qué tal si lo buscas ahí?
—No estoy seguro, pero ahí no está.
—Deberían ordenar mejor estas cosas, uno se pierde.
—Si preguntas al encargado, no te pierdes.
—Anda no seas cabezota, busca en ese lugar.
—Lo haré solo por no escucharte.
—¿Lo encontraste?
—Ves como tenía razón, lo encontré sin pedir ayuda a los encargados.
—Sí, siempre tienes razón…

Mitchel Ríos