Creatividad

Sugerencia

Mientras esperábamos las tapas, pedimos un par de tercios.
Estaban llegando tarde a su destino debido a las constantes paradas. Llevaban media hora de retraso.
Antes de entrar al lugar consultamos su disponibilidad, en su web aparecía cerrado. Al parecer, habían hecho modificaciones en la información de sus horarios, sin embargo, no se reflejaban en tiempo real. A la hora que nosotros decidimos ir, lo hicimos a ciegas.
Una de ellas fue por repostar.
Nos lo recomendaron indicándonos que a esa hora atendían sin problemas, por eso nos acercamos y tocamos la puerta, en ese momento salió alguien a atendernos.
Detuvo el coche sin percatarse de qué lado estaba el tanque de gasolina, así eran sus despistes, solo sabía subirse al vehículo y conducir, con entender eso, desde su perspectiva, era suficiente, para lo demás existían los mecánicos y los encargados del repostaje en las estaciones de servicio.
Un chico amable nos recibió y, al entrar, nos indicó los lugares que podíamos ocupar, nos sentamos; pedimos la carta. Tras estudiarla, nos decantamos por platos sencillos, esperando que su elaboración no demorara, pues estábamos caninos por no haber tenido tiempo para comer en todo el día.
Cuando las gasolineras no daban ese servicio debía coger un guante y repostar él mismo, esto le incomodaba demasiado, pero, era eso o tener que pasar largos lapsos buscando una que se adecuara a su gusto, por eso debía apañárselas haciendo una labor que consideraba alejada de sus competencias. Lo único necesario era saber conducir —repetía—.
A menudo se les acumulaban las actividades y era difícil levantar el culo, pues era necesario cumplir con los requerimientos del puesto.
A veces le podía la presión de ir atento a las señalizaciones y todo lo anexo a ellas, es así que, debido a ello, delegaba el cuidado del coche a los encargados pertinentes, esto se fue haciendo costumbre.
Para llegar al sitio dudábamos de la ruta que seguiríamos, era nuestra primera vez en la zona.
Solía abstraerse al conducir llegando al punto de escuchar solamente la voz en su cabeza, esta le indicaba las pautas para llegar de forma segura, además, confiaba en ella sin miramientos.
Cuando nos acercamos a preguntar sobre un lugar para comer, la recepcionista del hotel nos dijo:
—Yo suelo ir a… la comida es de lo mejor. A esta hora encontraréis mesa, no tendréis ningún problema —mientras decía esto, buscaba información en la RED, me detenía en las críticas—. Más tarde sí sería difícil, en especial a la hora que yo salgo, suelo hacerlo a las diez u once de la noche —leía las buenas y malas opiniones, sumándolas sacaba una media, de ese modo me hacía una idea—. En general, aquí se cena tarde.
Al iniciar el viaje solicitó información a la persona que tenía al lado, no le gustaba ir sin compañía, su copiloto hacía lo indecible consultando el mapa de la localidad, su premura era fundamental, las indicaciones tenían que ser inmediatas.
Nos fiamos de la recomendación más que de las opiniones colgadas en Internet porque después de indagar me topé con más comentarios desfavorables, debía de haber un error, no era posible que un lugar descrito del modo en el que nos lo dibujó la empleada del hotel, fuera lo contrario.
Esto sucedía al inicio, pues al coger confianza, descartaba cualquier tipo de consejo.
Hasta ese momento pensé que sería improbable la existencia de comentarios falsos que solo buscaran hacer impopular un sitio, lo que le hizo pensar esto fue un comentario que parecía escrito a propósito o hecho por un ordenador, era calcado a otro.
—Ya sé cómo ir.
—Pensé que no conocías la manera de llegar, sin embargo, ahora, de improviso, ya lo sabes todo.
—Solo basta con seguir las indicaciones, ¿no te das cuenta que esta ruta está bien señalizada?
—No entiendo para qué solicitas ayuda si cuando se te dan indicaciones consideras que sabes lo suficiente.
—No necesito de ese tipo de ayuda.
Nos situamos en una mesa debajo de un arco, nos pareció el lugar más tranquilo, la construcción era antigua, nos dio la sensación de estar dentro de un convento, tal vez, en alguna época lo fue y, con el paso del tiempo, cambió su uso.
Esto era una contradicción, era complicado tratar con alguien así, lo mejor era seguirle el juego, total no podía equivocarse tanto como para terminar en las antípodas.
Al concluir la cena, solicitamos la cuenta, pagamos y nos retiramos. En la calle nos percatamos del aire medieval de las construcciones, por un momento se parecían a las que describían los grandes autores en los libros de literatura.
Sin querer, nos topamos con una representación de teatro callejero, había unas sillas vacías, nos sentamos y esperamos a que empezara la función. La obra representada tenía toques clásicos, no recuerdo el título.
Su carácter amateur era su mayor cualidad, los intérpretes ponían todo de sí mismos, tenían una buena dicción y la acústica del lugar ayudaba. En lo mejor de su acto nos dimos cuenta de la hora, se nos hizo tarde, tuvimos que regresar pitando a nuestro alojamiento.
Como siempre, quería tener la razón en todo, ante eso era mejor callarse, ¿quién puede discutir con una pared?

Mitchel Ríos