Creatividad

Sueño esquivo

A pesar de tener las ventanas abiertas de su pequeño piso no sentía que corriera el aire, no refrescaba, más bien, el ambiente se caldeaba pronto, por eso, durante toda la noche le fue imposible conciliar el sueño, se desvelaba constantemente, eso tiene vivir en un piso interior —se decía.
Cuando lo alquiló le pareció un lugar excelente, casi no se sentía ruido, por lo visto los vecinos eran silenciosos e iban a lo suyo, tampoco molestaba el sol. Lo vio un par de veces antes de decidirse, las visitas las pactó con el agente inmobiliario, un tipo agradable y con buenas dotes de comercial, tenía un piquito de oro. Desde la primera vez lo caló.
Tenía buen manejo en el modo de describir el espacio, el traje, sus gestos, eran convincentes, solo con mirarlo bastaba para sentirse a gusto, no obstante, todo esto era parte de su plan para engatusar a las personas indecisas.
No era su primera vez en esa tesitura, la de buscar piso. Una vez, cuando era un recién llegado a estos lares, lo quisieron estafar (el término sonaba demasiado duro, pues no llegaba a esos límites), estaba interesado en coger un departamento cerca de la zona centro, buscó y se informó, más no había ninguno que se ajustara a su gusto, aunque este era un pretexto ya que lo principal era que se ciñera a su presupuesto.
Las primeras veces, cuando llamaba a las inmobiliarias, se enfocaba en preguntar las condiciones, incluso antes de verlo. Esto, al acordar la visita, generaba dudas, pues los encargados de programarlas, por lo general, le argumentaban que le llamarían, pero al final no era así. Por eso trató de ir con pausa, acordar la visita y luego calmar sus ansias de información, sin embargo, le faltaba un poco de pericia a la hora de expresar su inconformidad con algunas de las condiciones propuestas, por eso cambió de plan, se decidió a cambiar de estrategia,
Con el tiempo se hizo con la técnica de buscarle los sinsentidos a los lugares que le mostraban, la perfeccionó conforme la fue usando, trataba de encontrarle algún desperfecto a lo que le mostraban y se lo hacía ver al encargado, nunca le falló, solo era cuestión de darse aires de importante. Solo esperaba que nadie leyera en su rostro: miradme, no tengo la suficiente pasta como para pagaros, mis palabras no son más que signos vacíos que solo buscan distraeros.
En una de estas visitas, un agente le estaba mostrando un piso cuando, mientras revisaban los espacios, notó como uno de los muros tenía indicios de humedad, se fijó en él, al parecer, para que no se notara, le habían pasado una mano de pintura, a pesar de querer ocultarlo utilizando una de color similar, el tono era diferente, había sido hecho por aficionados. Después de observar aquello, preguntó si ese espacio sufría humedades, la respuesta fue rotunda, de ningún modo —arguyó el comercial—, no replicó y calló, en ese momento hizo uso de su técnica, le pidió una tarjeta y quedó en llamar tras resolver unos asuntos, no bien se alejó, la dobló y la metió en uno de los bolsillos de su pantalón. Tuve suerte —se dijo.
Por aquella época tenía la soga al cuello. El dueño del apartamento en el que vivía no quiso renovar el contrato de alquiler, quería subirle la renta unos trescientos euros, además añadía:
—Ponte en mi lugar, la economía ha variado, no tengo ninguna queja de ti, pero los precios, por la zona se han incrementado, este es un activo que me ayuda a llegar a fin de mes, es, en pocas palabras un medio de vida y tengo que adaptar el precio del alquiler a los del mercado actual. Para que se te haga más fácil encontrar un nuevo piso te haré una carta de recomendación.
Él entendía el tema, si estuviera en su lugar haría lo mismo, uno invierte dinero para obtener ganancias no para ir por el mundo haciendo caridad.
Por eso se dio a la empresa de encontrar piso, no fue fácil, parecía estar dentro de una competencia leonina, una vez le comentaron que algunos alquilaban los pisos sin verlos, le parecía extrañísimo, pero así se movía el mercado. Cuando comprendió que tenía que adjuntar más documentos de los presentados la primera vez, elaboró un archivo con nóminas, contrato de trabajo y la carta de recomendación, no le podían negar nada, tenía todo lo necesario. Sin embargo, no tuvo en cuenta los imprevistos que se le fueron presentando. El tiempo corría y solo le quedaban semanas para abandonar el sitio en el que vivía.
Estaba meditando en tales circunstancias, y con todo ello en la cabeza, cuando volvió en sí, el tipo del piquito de oro no dejaba de declamar su discurso, más sus palabras sobraban, se quedaría con el piso, no porque fuera lo mejor que hubiera visto, sino por todo lo anexo, estaba cansado de buscar y de perder el tiempo.
Los meses iniciales en aquel lugar fueron perfectos, se sentía cómodo, le parecía que el cambio, obligado, le había sentado bien, los nuevos aires le parecían adecuados, todo esto durante el invierno, en verano, todo cambió, descubrió que el sistema de ventilación se había estropeado, como solo usó la calefacción no se percató de aquella contrariedad. Varias veces se le ocurrió llamar al dueño, pero lo descartó, el piso era pequeño y no le gustaba que husmearan en sus pertenencias, estaba seguro que se presentaría un técnico en su puerta y tendría que dejarlo pasar, la idea no le agradaba, por lo tanto, prefería seguir sufriendo el calor.
Siguió dando vueltas en la cama, no podía dormir, se hacía tarde y tenía que madrugar, el sueño le era esquivo, no llegaba. Aunque no le gustaba molestar a su casero, llamaría para que solucionara el problema del aire acondicionado, dejaría de lado su reticencia a no dejar entrar a nadie a su reducto, la circunstancia era inmanejable, ahora le daba igual. Siguió cavilando en esto cuando, de repente, sus ojos comenzaron a cerrarse, mañana a primera hora lo haré —se repitió—, mañana a primera hora, por un momento solo pensaba en dormir.