Creatividad

Solo un café

De repente sonó la alarma.
—Cinco minutos más —se dijo—, solo cinco minutos.
Era su intención, pero casi siempre terminaba tomándose más tiempo. Sintió el cuerpo pesado, apartó el edredón; nuevamente se colocó en posición de dormir y se repitió la escena del inicio. No lograba descansar, se despertaba varias veces durante la noche, a causa de soñar demasiado.
Sus sueños eran similares —no les encontraba explicación—, tendría que seguir un curso intensivo de interpretación de …, compraría un manual, de ese modo encontraría la explicación a las señales recibidas. De vez en cuando visitaba una librería por sus precios módicos, recordó haber visto uno. A fuerza de insistencia se levantó.
Tendría que acomodar su horario, programar sus actividades. No se le daba bien planificar los pormenores, a pesar de querer tener todo controlado, había ciertos aspectos que se salían de sus manos. Se levantó pronto por la mañana, sin estar del todo despierta, se sentó en su sofá, mientras bebía el café y revisaba la prensa —hizo todo lo posible por despertar—. El hecho de pensar en la jornada le causaba agotamiento, estar cansada sin haber empezado el trabajo era un mal inicio, pero así eran sus días. Aunque pareciera extraño, en cierto modo se había acostumbrado a ese ritmo, no en vano llevaba seis, cinco, siete años haciéndolo —culpa de la mala memoria, la edad, el problema era la edad, sí, ese era el culpable —se repetía—, no recordaba las cosas como antes, huelga decir que en parte era por su poco interés, por la monotonía—.
El rito era el mismo todos los días, comenzaba a sentirse como un personaje, tal vez kafkiano, borgiano o de chejov, ¿en qué momento? —no lo sabía—, pero se sentía dentro de un mundo fantástico, era mejor apartarse de la realidad, era su manera de resistirse al medio, abstraerse, ensimismarse, perderse en sus ideas, solo así podía decirse que todo saldría mejor —se engañaba, era consciente que esas frases eran simples paliativos—.
Después de leer el periódico, cerró la aplicación y se dirigió al baño, vio su reflejo en el espejo y le pareció ver a una extraña —a menudo se sentía así con su aspecto—. Imaginó que lo mismo debía sucederle al resto de personas, cuando conversaba con sus compañeros le solían decir que sin darse cuenta estaban envejeciendo, hace poco, en torno a ello giró la charla que mantuvo con una buena amiga mientras tomaban unas cervezas. Esas salidas le servían para comprender que el tiempo pasaba y no se detenía. Se engañaban considerándose liberadas del poder de Cronos. Su charla podía durar varias horas, soltaban carcajadas, se enteraban de los entresijos de sus relaciones, sin embargo, muchos de sus temas eran similares, quizás cambiar de lugar les permitiría encontrar nuevos contenidos, eso nunca lo sabrían, podía más la costumbre. Su coloquio concluía cuando comenzaba a oscurecer.
Dejó de observarse y se introdujo en la bañera —pasar un momento relajado, venía bien—, quizás era el mejor lapso en el día, por lo menos le servía para… De manera mecánica observó la pared, la maldita hora pasaba, no se detenía. A pesar de sus deseos, inevitablemente tendría que vestirse y salir. Sus intenciones eran distintas a la de sus responsabilidades, se contraponían, se ubicaban en polos opuestos. A estas alturas, sabía discriminar entre lo importante y lo banal, no podía dejar de lado lo significativo, costó aprenderlo, pero al final, consiguió madurar.
Cogió su mochila —para variar desordenada—, intentó varias veces poner orden, pero fue en vano, ese reducto era su cajón de sastre. Buscó las llaves del despacho, no las encontró, se lamentaba por el caos, tendría que buscar de forma más meticulosa y rápida, la hora se le venía encima.
No se podía permitir llegar tarde, tenía varias cosas por hacer, recibir correspondencia, ordenar, dejar todo preparado. El alma le volvió al cuerpo cuando, después de buscar en el segundo bolsillo, dio con ellas; se sintió aliviada.
En la calle se revisó los bolsillos, palpó una moneda y se sintió tranquila, iría a tomar un café, a pasar un momento de charla con uno de los camareros, no recordaba en qué momento logró hacer migas con ese tipo, tal vez porque cuando la saludaba lo hacía de una forma distinta. Hablaba de cualquier cosa, la cuestión era no darle vueltas a las cosas, eso le servía para empezar mejor. Si algo podía hacer ese chico, era sacarle sonrisas —cuanto le costaba últimamente hacerlo—. Su carácter no se había agriado, en contraposición de lo que podían pensar sus allegados. De repente, escuchó una frase que no tenía sentido, calló y se centró en el café.
El café le duraba poco cuando lo pasaba bien. No era posible que un momento tan exquisito, fuera la obertura de otro que no le gustaba.

Mitchel Ríos