Creatividad

Sisa

Miró la botella y le apeteció un sorbo, tenía mucha sed, llevaba varias horas sin remojar los labios, estaban resecos.
Tenemos que operar —dijo el más espabilado de todos, a la vez que cogía un pañuelo—, hoy nos toca esa —señaló una bolsa—. No era un cirujano, ni nada por el estilo, pero se sentía como si lo fuera, él decidía en ese ámbito y se creía el más capacitado para esas lides.
El proceso era el siguiente: giraban el tapón del frasco, si cedía sin mucho esfuerzo, continuaban, si ocurría lo contrario abortaban la maniobra, en esa situación, ni se les ocurría obcecarse en conseguirlo, insistir significaba romper el precinto de seguridad, con un estropicio semejante, tendrían que dar explicaciones.
Estaba en una posición en la que nadie podía ir en contra de sus indicaciones.
Fue testigo del método durante varias jornadas, ese día lo llevaría a la práctica y comprobaría si realmente había puesto atención a la ejecución.
No lo hizo con desenvoltura. Debido a la chapuza se advertía el deterioro, cerró con fuerza la tapa, esperaba aliviar su pesar, era consciente de la metedura de pata. Con temor metió el envase en la caja.
Le entregaron la bolsa y, con la ayuda de un cuchillo, la abrió. Lo hizo por el anverso, justo por los puntos de unión, para conseguir su cometido se fijó en las finas líneas del cierre.
Lo hizo pacientemente, mientras tanto la furgoneta se dirigía a la tienda.
El corte no requería demasiada amplitud, su holgura debía ser lo suficientemente ancha como para sacar las golosinas. Podían coger dos o tres, su número variaba y estaba determinado por el antojo del momento, sin embargo (y esto lo tenían presente) no podían sustraer más de cinco si, por olvido, cometían este desliz podía darse cuenta el destinatario.
Estaba en una situación peliaguda, no sabría qué decir si era descubierto.
Tras concluir, suturó la herida, le puso un pedazo de cinta adhesiva invisible y colocó la bolsa en donde llevaban las demás.
Dejó todo en manos de su buena suerte, esperaba salir airoso.
Estar rodeado de todos esos productos era una constante tentación, no bien echaba un vistazo a todo lo que le rodeaba, le apetecía probar. Consideraba que sería un buen catador, sabía apreciar la buena comida. A él le vendría bien tener una alacena bien surtida en casa, pero eso era imposible, el espacio pequeño en el que vivía, truncaba sus expectativas, además las necesidades por las que pasaba, el barrio en el que residía y todas las cosas anexas a este, eran un compendio de trabas. Su ánimo podía decaer, sin embargo, no se amilanaba, o por lo menos, pensaba que de un modo u otro podría salir de ahí, total, lo principal era tener las ganas.
Cuando conoció a sus compañeros de trabajo le parecieron simpáticos, era agradable estar con ellos. El turno se pasaba entre chistes y risas, hacían el tonto, comenzó a sentir afecto y les depositó su confianza.
No fue hasta pasados tres meses cuando se dio cuenta de su falsa camaradería, podían clavarte un cuchillo y no dejar de sonreír. El peor de todos era un tipo que llevaba muchos años trabajando en la empresa, era el que estaba a la altura del jefe, pues su opinión siempre era escuchada. Desde el primer día le aconsejaron que hiciera todo lo posible por caerle en gracia, si era así, podía asegurarse durar mucho en el puesto porque, si pasaba lo contrario, por más que fuera bueno en lo que hacía, lo echarían sin miramientos. Estas recomendaciones las tomó al pie de la letra, le hizo la pelota, de tal modo que consiguió su objetivo, era uno más en el grupo.
Con este logro sintió que había encontrado su lugar, no todas las empresas apostaban por gente sin preparación, y el sueldo era generoso, por eso mismo juzgó que tenía que dar todo de sí para que, al ver su desempeño, el mandamás lo tuviera en buena estima.
Pasado el tiempo de prueba comenzó a percibir esas pequeñas cosas que al inicio se le escapaban, más aún cuando se le dio por revisar su nómina. En esa ocasión, para su sorpresa, notó que tenía varios descuentos, no sabía con certeza a qué se debían. Ese día tomó consciencia de que todo lo que parecía un juego no lo era tanto y que cualquier objeto que se perdía o se estropeaba (y era común que pasara) se lo descontaban a quien el encargado, el señor mayor, indicara.
Hasta ese momento él pensaba que estaba haciendo bien su trabajo, nunca tuvo problemas, durante el día las sonrisas no cesaban, siempre había buen rollo.
Su cabreo fue enorme, se le pasó por la cabeza renunciar, pero cayó en la cuenta de que sería difícil conseguir una ocupación nueva. No era un mal trabajo, a pesar de sus trabajadores.
Los llamaron a la oficina del jefe, este les soltó un discurso al que no prestaron atención, estaba lleno de palabras que solo servían para aligerar el mal trago, hasta que llegó al punto: me han dicho que muchos usuarios reciben abiertos sus paquetes, ¿alguno de vosotros sabe de qué va todo esto?, se hizo el silencio, se miraron unos a otros, no dijeron nada…

Mitchel Ríos