Creatividad

Sin estrés

La vida transcurría entre cibercafés, el trabajo, la universidad, las consolas y alguna actividad más. El sitio al que se dirigía era un espacio de encuentro, el entretenimiento estaba en el ambiente, se echaba unas cuantas risas, era bueno estar en compañía. A veces iba al teatro —en especial al callejero—; durante la puesta en escena los intérpretes recorrían diferentes calles y en cada una, de soslayo, implicaban a los observadores a participar activamente, haciendo diversas referencias históricas y de esa forma llenaban la atmósfera de seriedad, aunque no duraba mucho, siempre surgía la pregunta: ¿Por qué la casa de Cervantes quedaba en la calle Lope de Vega?
Unidos por gustos similares las personas se reunían en ese espacio: diverso, dispar, diferente. Solían quedarse varias horas conversando; durante el aquelarre el espíritu gregario se hacía patente y una vez concluido regresaban a su soledad. El sentido de las cosas dejaba de ser importante.
A veces cuando salía y no le apetecía meter el ordenador en la mochila, buscaba alguna cabina —uno de esos locales dedicados a ofertar llamadas internacionales—. Se acomodaba delante de uno de los ordenadores desocupados, lo encendía; comenzaban a desplegarse diversos menús ante sus ojos. En ciertas ocasiones se entretenía realizando labores insustanciales, baladís, abría uno de esos programas para chatear, ingresaba un Nick —una mezcla de palabras y números— su carta de presentación, sin embargo, consideraba ineficiente todos los pasos para identificarse, solo con abrir el software debería de bastar —pensaba.
Cada vez que entraba en ese lugar sonaba la misma canción —la música característica—, una tonada de los noventa, estuvo de moda; no conseguía recordar el nombre de la melodía, sin embargo, no perdía las esperanzas, lo recordaría en cualquier momento, no era necesario presionarse, todo residía en dejar de pensar, luego le vendría, así sin más.
En las consolas solía entretenerse con videojuegos de deportes, sentía que ese tipo de pasatiempo había reemplazado a otros, tal vez hubiera jugado a cartas si hubiese nacido en otra época —se decía. Para su generación la tecnología había trocado el sentido de divertirse, pensaba en el asunto, pero lo dejaba, no valía la pena perder el tiempo. En algún congreso debatió sobre el tema con chicos de otros países, él decía: «En los años treinta del siglo pasado hubiera jugado a cartas; en la actualidad soy jugador de videojuegos». Se refería a todo ello como el espíritu de su tiempo.
Había diversas opiniones, algunos estaban de acuerdo, otros, por el contrario, sostenían la poca rigurosidad de la afirmación. Para plantear un concepto de ese estilo era necesario argumentar sólidamente su posición, no era simplemente usar al espíritu de la época como muletilla argumentativa; era una banalidad discutir sobre esos asuntos.
Solía juntarse con alguno de sus amigos, se ponían con la consola a jugar unas partidas de PRO, un juego de fútbol entretenido —por hora podían jugar cuatro—; ganar las dos primeras significaba tener cierta tranquilidad, si se perdía las restantes por lo menos se empataba, en caso de empate se dividían los gastos en partes proporcionales, cincuenta – cincuenta, era importante empezar ganando.
En otro apartado del lugar solía encontrarse con desconocidos, se ubicaban en mesas, realizaban algún pedido y se conectaban al WIFI. El espacio era cómodo para trabajar de forma distendida, sin embargo, en ocasiones el ruido aumentaba e impedía poder concentrarse, no era sencillo efectuar las tareas. La imagen era inversa a la de las bibliotecas, era imposible elevar el volumen de la voz, cuando eso sucedía la encargada informaba de la incomodidad del resto de asistentes, le solían llamar la atención cuando estaba acompañado y se ponía conversar. En la biblioteca el espacio más cómodo era el dedicado a la lectura de Comics, tenía unos sillones enormes en donde se permitía estirar las piernas. Tenían colecciones de Marvel, DC comics y de alguna editorial independiente; estaban ordenados por arcos argumentales, novelas gráficas, uno podía pasar horas leyéndolos, entraba de día y salía de noche. Leer lo reconfortaba.
—Ángel —dijo, sin que viniera a cuenta la palabra—. La canción se llamaba así —nadie entendía.
El ambiente de tranquilidad se rompió, después todo siguió como de costumbre, era momento de centrarse para poder ganar.

Mitchel Ríos