Creatividad

Sentencia

Debía redactar un documento oficial siguiendo unas pautas establecidas. Me parecía difícil. A diferencia de escribir un texto libre, en este tipo de escritos no tienes tantas libertades como para poder hacer aportes desde tu perspectiva, es cuadrado por todos los lados. Mientras iba avanzando en su realización comencé a resignarme, es como debe hacerse, no hay más modos, ni formas, no te olvides: Esto te pone un plato de comida en la mesa.
Los anuncios en donde ofrecía sus servicios eran pomposos. Solía pegarlos en las puertas de institutos, universidades y en las paradas de los buses, en cada uno venía impresa la leyenda: Se realizan todo tipo de redacciones, no importa el género, el tema, ni el estilo, tampoco la extensión. Su satisfacción está garantizada. No lo dude, llámeme… luego aparecía el número de teléfono. Haciendo esto tenía la esperanza de agenciarse de blanca, a estas alturas escasa.
En lugar de estar desperdiciando su tiempo, en una redacción que no le aportaba nada, podría dedicarlo a otros asuntos, quizás, en ese momento, estaría creando una obra maestra, paradigmática, su opera prima, esa que le abriría las puertas del universo literario y un buen contrato para dedicarse cien por cien a escribir.
Comenzaba a imaginarse firmando un jugoso contrato, dejaría de ser pobre, tenía planificada la forma en la que invertiría la pasta: en primer lugar, se compraría ropa —eso de andar todos los días con la misma comenzaba a verse mal, aunque para salir del paso dijera que el asunto de la vestimenta era uno de los menos importantes, como Einstein, no tenía motivos para romperse la cabeza con ella—, en segundo lugar, unas deportivas y, en tercer lugar, compraría… Cuando se rompía ese momento de ensueño, volvía a la realidad para seguir currando —había elegido un camino duro—. Terminó el encargo, lo imprimió y lo guardó en un sobre manila para entregarlo al día siguiente.
A veces daba clases particulares de literatura.
—La literatura es vida, es la forma más bella de darle forma al mundo. En palabras nos presenta las más hermosas metáforas de la historia. Ella es la encargada de realizar el papel que, antaño, cumplía el patriarca de la tribu. Nos da el saber necesario para poder desenvolvernos en este mundo trepidante y agobiante. No sirve de nada memorizar el nombre de autores o aprenderse de forma mecánica el título de obras que no vamos a leer. Lo esencial es nutrirnos de lo que nos apetezca y aprender a apreciar la lectura, solo así —escúchame-, podrás elevar tu imaginación a niveles altos y podrás ser un elemento valioso en este mundo. Crearás conocimiento, darás ideas grandiosas a este todo cada vez más catastrófico.
—Profesor, en la guía del estudiante no viene nada de lo que usted nos habla…
—La literatura no necesita de guías, es imposible resumir en un texto todo lo que significa, sigue mi consejo y la apreciarás mejor.
—Profesor, no entiendo…
La iniciativa de dar clases quedó en el camino; se centró en redactar. Era solicitado constantemente porque presentaba buenos trabajos, en cierto modo se sentía reconfortado —hacía bien su labor—, pero, alguna vez, le gustaría ver su nombre en alguno de ellos en letras grandes y se le reconociera el mérito de elaborar textos de esa manera. Escribía de lo que fuera, así no comulgara con las ideas que defendía, se había convertido en un mercader de la escritura.
—No puedo escribir lo que me pides, no puedo redactar sobre asuntos en los que no creo, me siento falso haciéndolo.
—No le veo nada de malo.
—No tiene nada de malo, pero no soy yo cuando escribo sobre esos temas, sencillamente no soy yo, no puedo defender ideas que están en las antípodas de mi ideología, por eso mejor, y soy sincero, te digo que no cuentes conmigo para tu proyecto, en serio, discúlpame.
—Espero que nunca escribas un trabajo por necesidad —sentenció.
Esas palabras retumbaban en su cabeza cada vez que entregaba un trabajo por encargo. Resonaban cada vez que sentía a su arte desperdiciarse en hojas planas, sin gracia, estúpidas. Sentía que su talento se estaba desaprovechando en un compendio de sinsentidos plasmados en hojas vacías… y volvían con más fuerza, cada vez más lapidarias como los clavos de un ataúd.

Mitchel Ríos