Creatividad

Saque de banda

En los alrededores del estadio, durante los días de partido, se agrupaban los simpatizantes. Antes de entrar se mentalizaban para alentar, se les notaba en el rostro.
A los que asistían por primera vez se los podía detectar fácilmente, porque no hacían otra cosa que sacar fotos a todo.
Por casualidades de la vida comenzó a ser un asistente asiduo, no lo planeó, simplemente surgió, fue asistir una vez, sentir y disfrutar la magia del ambiente, para hacerlo más a menudo.
El club al que seguía no era de los denominados grandes, era más bien uno popular, pequeño, fundado en una calle antiquísima de la ciudad que, paulatinamente, fue ganando adeptos por su buen juego. Incluso, muchos años antes, en su mejor momento, ganó una liga, los seguidores entrados en canas contaban con orgullo las anécdotas de ese combinado local, el modo en el que se entendían, eran inigualables. Sin embargo, en la actualidad las cosas le iban mal, parecía que su estilo de juego se había estancado, jugaban a otro ritmo, alejado de los nuevos esquemas, quizá novedoso en el pasado, pero hoy, obsoleto.
Eres masoquista —le decían— ¿qué sentido tiene ser aficionado de un club que solo sabe perder?
Él argumentaba que tenía mucho mérito. Era de ese equipo, aunque perdiera —y añadía— es fácil ser de aquellos equipos que siempre ganan.

Las veces en las que había ido al estadio podían contarse con los dedos de una mano. Recordaba cómo fue la primera: aún era niño y fue testigo del modo en el que, aquel equipo, se dejaba la piel en el campo, hubo algunos encontronazos que, al día siguiente, fueron portada en los principales periódicos deportivos, cuando los vio expuestos en el quiosco murmuró que estuvo ahí, pero nadie le prestó atención.

Los medios especializados daban como poco probable que su equipo sumara puntos el fin de semana. A pesar de los pronósticos, poco halagüeños, los responsables del club querían que aquel partido fuera diferente, para lograrlo bajaron el precio de las entradas.

El modo en el que había sido construido aquel recinto lo transformaba, cuando estaba lleno, en una olla a presión. Los equipos que no estaban acostumbrados a jugar en un lugar así, se amedrentaban —esto lo contaban aquellos que vivieron la época gloriosa.

La decisión era loable, llenar el estadio significaba crear presión en el rival, sin embargo, hubo aprovechados que acapararon casi todas las locaciones. Se dio cuenta de esto cuando se le ocurrió adquirir una y le fue imposible.

Su localidad la obtuvo en la reventa, se la compró a una señora que iba con un niño en brazos:
—Son las últimas que me quedan —arguyó.
Como no tenía ganas de arriesgarse y quedarse fuera, la cogió sin pensárselo, tampoco regateó el precio. Pagó lo que le pidió y se apuró a ingresar en el estadio.
Su sitio no era de los mejores, estaba ubicado en el tercer anfiteatro, cerca del vomitorio trece cero nueve.
Había bufandas, gritos y aliento por doquier. Le sorprendió que todos supieran el himno del equipo, lo cantaban a voz en cuello. Tras la sorpresa inicial notó que todos lo hacían porque la letra se podía leer en uno de los marcadores, al darse cuenta él también comenzó a repetir los estribillos de la melodía.
El clima se hizo más enfervorizado cuando el equipo salió a la cancha, todos esperaban que por fin se llevara un triunfo, se notaba en la cara de cada uno de los simpatizantes, se les dibujaba un gesto de ilusión.
Era indescriptible el momento, ver a gente de todas las edades, de todas las procedencias, mezclados, atraídos por una misma afición. Miraba a todas partes y notaba que no cabía nadie más, notaba como aquel sitio vibraba, sus muros exhalaban pasión.

El equipo hizo todo lo posible por ganar, pero su esfuerzo fue infructuoso, le metieron un gol no bien empezó el encuentro y, más adelante, cuando estuvo jugando mejor, el rival aumentó su ventaja.
A pesar de la decepción, el aliento no decayó, las tribunas aplaudían, notaban que los jugadores se dejaban la piel en cada lance.
Con ese resultado iba a perder la categoría, bajaría a segunda, tendría que vivir un vía crucis para volver a ascender, en el mejor de los casos sería en la próxima temporada, en el peor, se mantendría ahí una larga temporada.
El tiempo se estaba agotando, cada vez se hacía más imposible remontar, se cumplirían los peores pronósticos, las peores pesadillas.
Mientras tanto, algunos no esperarían a que sonara el pitido final, querían ser de los primeros en salir, no querían pillar atascos.