Creatividad

Retraso

Ese día quedamos en encontrarnos en la puerta de acceso del museo del…, sin embargo, tras esperar diez minutos fuera, decidí entrar. No eran un par de amigos con los que tuviera un trato constante, pues hacía mucho tiempo que no recibía noticias de ellos, hasta que un día, por casualidad, nos encontramos por la calle.
Estaba caminando en dirección a casa cuando, de repente, escuché mi nombre, alguien lo gritaba al viento, no suelo hacer caso en situaciones así, siempre voy a lo mío, debido a que no tengo muchos amigos por ahí, pero al escucharlo nuevamente, no tuve otra opción que girarme, antes de hacerlo volvió a repetirlo, esa insistencia hizo que me formulara la pregunta: ¿quién estará tan interesado en hablar conmigo? Como era casi de noche y los claroscuros evitaban que reconociera al voceador me dirigí hacia una sombra. Solo al tenerlo cerca pude reconocer a mi interlocutor, un excompañero de trabajo, aunque no fue a primera vista, pues hacía mucho tiempo desde la última vez que nos vimos.
Después de la pregunta de rigor: ¿cómo estás? y el clásico: ¿qué haces por aquí?, fui invitado a tomar algo en un bar cercano en donde estaba con su esposa, como no tenía nada importante que hacer, no rehusé la invitación.
Al ingresar en aquel sitio me llevó a la mesa en la que estaba, su pareja tomaba una cerveza y él una copa de vino. Me senté, pedí una caña.
—Te vi por casualidad, salí a fumar y, de repente, te veo cruzar la calle, no te voy a negar que tuve mis dudas al llamarte, ya sabes, la memoria es frágil.
—Hace poco llegamos y recordamos que vivías por aquí —añadió su esposa.
—Estuvimos dando vueltas y al no verte, decidimos tomar algo.
Al oír esto pregunté: ¿por qué no llamasteis?
—Se estropeó el móvil y fue imposible recuperar los contactos, por lo menos eso fue lo que nos dijo el técnico al que lo llevamos, no sabes cuánto nos fastidió.
Como no llamasteis desde que dejasteis de trabajar en la empresa, pensé que no os apetecía hablar, por eso nunca os busqué.
Estuvimos charlando un buen rato, poniéndonos al día, preguntándonos como nos iba.
—Todo estaba bien, no como quisiéramos, pero no hay queja —comentaron—. Lo mejor que hicimos fue dejar esa empresa, estamos más aliviados, sin la presión y la atmósfera insoportable que sentíamos durante los últimos meses de aquella época —enfatizaron.
Era verdad, con el tiempo los jefes se habían vuelto unos cabrones, pero pagaban bien.
Al salir de aquel lugar quedamos en hacer algo el fin de semana, ir a alguna de las exposiciones que estaban cerca, a ellos les interesaba la de…, les dije que no había problema, podíamos quedar sobre las doce del sábado, estuvieron de acuerdo, les daba tiempo para llegar desde el lugar en dónde estaba su hotel.
—Nos hubiera gustado alojarnos en un sitio más céntrico, pero los precios se salían de nuestro presupuesto.
Tras decirme en dónde se alojaban les indiqué que podían tomar la línea azul, esta los dejaba a dos bloques del museo, solo tenían que tomar la salida 2, era sencillo ubicarse, si por algún imprevisto se perdían, en los laterales de los andenes había mapas para situarse. Después de decir esto intercambiamos números de teléfono y nos despedimos.
Al notar su demora, traté de contactar con mis colegas, pero la zona en dónde se ubicaba la exposición no tenía buena cobertura, no tuve en cuenta este imprevisto, era mi primera vez por aquí. No fui consciente de ello hasta no coger el móvil, marcar su número y no recibir señal, repetí el proceso, la respuesta fue la misma. Tendría que esperar cerca de la puerta para estar pendiente de mis amigos, hacerles señales e indicarles en donde estaba.
Meditando sobre el tema de no tener señal en el teléfono estaba convencido que, al estar operativo de nuevo, saltarían cientos de mensajes como suele suceder en estas circunstancias, al parecer cuando estás incomunicado a todos se les da por llamarte.
Como no había signo alguno de la pareja, me acerqué a la ventanilla y cogí tres entradas, de este modo les ahorraría tiempo, llegarían y entraríamos pronto, también porque veía que la gente comenzaba a llegar de forma masiva, solo a mí se me ocurría quedar en fin de semana, y lo más probable era que se agotaran. No me hubiera gustado esperarlos con un: chicos lo siento, pero no hay entradas. El encargado de venderlas me preguntó si era socio de aquel lugar, respondí que no, en ese momento me hizo el ofrecimiento, si tenía tiempo podía hacerme la credencial de afiliado, el procedimiento era sencillo, no demoraría más de media hora, haciéndome la tarjeta podría disfrutar de las ventajas que ofrecía, como descuentos en las entradas, presentaciones exclusivas y, una vez al mes, de un café de socios, todo esto por una módica suma. No me pareció mala idea, así que di por buena la propuesta.
—Sí, estoy interesado —dije.
Aquel tipo me llevó a otra dependencia, en ella me atendería el responsable de hacer las tarjetas. Fui ahí, de reojo miraba en dirección de la entrada.
Noté como aquel delegado rellenaba un formulario, en determinados lapsos se detenía y me preguntaba mis datos, los facilité, una vez cumplimentado aquel documento, me lo dio para que lo firmara, se lo devolví y unos minutos después me dio una tarjeta negra con letras amarillas grabadas en ella, el estilo de la misma era distintivo. Ese día no tenía planificado hacerme socio de ninguna entidad, pero ahí estaba ahora como el miembro número… de aquella institución.
Esperé un tiempo prudencial y decidí entrar, no quería toparme con el recinto abarrotado, ya que en tales circunstancias era difícil detenerse a analizar las obras. Como no quería estar en una situación así, ingresé, no obstante, antes de hacerlo miré, una última vez, en dirección a la puerta y, al no ver ninguna señal de ellos, crucé la puerta de acceso para admirar la muestra. Lamenté la ausencia, podíamos habernos divertido. La exhibición resultó interesante.

Mitchel Ríos