Creatividad

Responsabilidades

No era un friki (no se consideraba como tal), este epíteto, mal atribuido, se lo achacaban sin fundamento, le gustaban los juegos electrónicos, los comics o cualquier tema similar, pero eso no daba pie para ser etiquetado, a veces, con expresiones que sonaban peyorativas.
Podía hablar de su afición durante horas, sin embargo, muchos consideraban que ese mismo empeño podía ponerlo en tareas más importantes, no en tonterías.
Estimaba que, contra lo que creían los demás, su argumentación era tan valida como cualquier otra. Era igual de bueno ser un experto en literatura de la edad de oro o saber a profundidad la obra de los filósofos clásicos, como en lo que le gustaba. Si el mundo fuera al revés, sus conocimientos serían aplaudidos, sería tratado como un erudito, como una eminencia, como el sabio al que todos irían a preguntar el futuro de las acciones del pueblo.
Sus juegos eran sus grandes tesoros. Tenía por costumbre (después de trabajar) echarse unas partidas, así desconectaba.
Los tenía de distintos géneros: deportivos, bélicos, estrategia y luchas. Le entusiasmaban por temporadas, podía pasar varios días con uno y ese mismo lo arrinconaba, cogiendo polvo por meses.
Las épocas de nuevos lanzamientos eran sus preferidas (era una fecha muy especial), las esperaba con ansia, pegado al ordenador, siguiendo las presentaciones en directo. En alguna parte del mundo realizaban eventos y comenzaban los streamings, en ellos hacían subir su hype. Quizás el inconveniente era la diferencia horaria, pero eso lo solucionaba adecuando sus horarios, se quedaba casi siempre hasta la madrugada, durante esa temporada su rutina regular consistía en dormir cuatro o tres horas antes de ir a trabajar. No sentía el cansancio a lo largo del día. Durante las emisiones en directo le daba igual cualquier otra cosa, se centraba en escuchar las intervenciones.
No bien se enteraba de la salida de un juego, abría la plataforma online de pagos y lo reservaba, gracias a esas herramientas no era necesario acercarse a la tienda más cercana, si bien se había perdido esa camaradería que se generaba entre vendedor y consumidor, se ganó en la posibilidad de hacer compras de manera rápida y sencilla.
Se había hecho común vender juegos usados, así se abarataba el coste de los nuevos, pero no lo hacía, le gustaba tenerlos en el estante que compró específicamente para ese fin, lacado en blanco que resaltaba el color de sus cajas.
Cuando se aburría los cambiaba de sitio, los colocaba encima de su escritorio y los reordenaba, en ocasiones por orden alfabético, otras por el año de lanzamiento, esto dependía del nivel de hastío que sentía y de su humor.
Siempre te quejas de que no tienes tiempo, le dedicas demasiada atención a esas tonterías —argüían—. Aunque esa afición le causaba discusiones, sentía que lo tenía controlado, pues, él seguía a su ritmo, así podía hacer más llevaderos sus procesos existenciales.
No era un jugador que pudiera codearse con los profesionales, su nivel era amateur, a veces, cometía el error de enfrentarse a oponentes conectados a la nube, esto sucedía cuando se envalentonaba después de pillarle el tranquillo a la máquina, esta, al seguir un conjunto de indicaciones programadas en su código, llegaba un punto en el que repetía sus jugadas, por eso, después de algún tiempo, se podían predecir sus movimientos (era como jugar al ajedrez, si dominabas las celadas tenías más o menos encaminado el triunfo). Entusiasmado por ese logro se embarcaba en el oscuro mundo del multijugador, lamentablemente en el online no se podía predecir lo que pasaría, al estar del otro lado un ser humano, no era sencillo enfrentarlo, por eso terminaba siendo apaleado, salía con ganas de no volver a entrar en esos lares, ni a meterse en esas lides.
Para hacer frente a esa decepción le aconsejaban que aprendiera a perder, además no era más que un juego, cuando le decían eso trataba de hacer como si no pasara nada, pero la cara lo delataba.
El mal rato tardaba en pasar, hasta entonces todo era silencio. No dejaba de darle vueltas a lo que había sucedido, se repetía que su derrota era debido al poco tiempo que le dedicaba, sin embargo, implicarse más era imposible, hacerlo iría en contra de sus responsabilidades, probablemente con otra edad, ahora solo le quedaba aguantar el haber perdido, apagar la consola, centrarse en su trabajo, quizás en un futuro próximo sería factible. Ahora no.

Mitchel Ríos