Creatividad

Remembranza

Se hizo el silencio, la situación había llegado a su fin, las palabras se quedaron en los labios y triunfó el orgullo.
Esta situación era un calco de un verso —lo sabías—; tu mala memoria, a veces, te jugaba malas pasadas. Era una composición que habías leído en un libro de aquel poeta de tu agrado.
—Mezclar lecturas —como todas las mezclas— no era bueno —te repetías.
La situación estaba tensa, te hacía sentir mal, te afectaba, pero, así era como vivías la lectura, no recordabas la última vez que habías sentido algo así leyendo, la experiencia era tan intensa, pasabas las páginas, avanzaban y la emoción iba creciendo, a tal punto que tus ideas se excitaban adelantándose al final. Habías retrasado esa lectura, no te estaba defraudando.
Estabas emparentado con la poesía, te aprendías de memoria versos enteros, eran buenas armas para quedar bien en algunas circunstancias, por eso apuntabas en un cuaderno los de tu interés, de esa forma los compilabas y tenías a mano una antología personal.
En el camino habías empatizado con varios de los personajes, pero simplemente eran elementos que utilizaba el narrador para hacer más creíble su ficción. Una vez que te adentrabas te olvidabas de todo. En algunas partes sentías que tal vez hubiera sido mejor acortarlas, en otras, que las palabras sobraban e incluso te fijaste en algún error de imprenta, sino, no tenían razón algunos fallos clamorosos, fe de erratas le llamaban —para ti siempre fueron fe de ratas porque te hacían perder el tiempo—.
En el instituto descubriste que podías ganar dinero redactando, para tu buena suerte a otros eso se les daba fatal, por eso comenzaste a escribir y a recibir un estipendio por cada texto entregado. Algunas noches solías quedarte hasta tarde porque tenías varios encargos; era arduo cumplir con toda la carga de trabajo y cuando llegabas a clases te quedabas dormido.
Todos los errores que denotabas en la lectura los anotabas, a veces cuando te encontrabas con una novela intrincada, te hacías una lista con los personajes para poder avanzar más pronto en la lectura, sino, de otra manera se te hacía imposible, lo mejor era leer con esa pequeña guía.
El dinero obtenido lo invertías en libros, como no te alcanzaba para comprarlos nuevos, te dirigías a tiendas que los vendían de segunda mano, era lo único que te podías permitir. Las librerías de viejo eran lugares desordenados, apilaban los textos como si de cualquier objeto sin valor se tratara. A veces se podía encontrar ejemplares interesantes, no te preocupabas por la edición; sin embargo, era preciso revisarlos bien, a algunos podían faltarles páginas.
Te emocionaba la poesía, por eso cuando la profesora dijo tener uno que era difícil de encontrar, se lo pediste prestado, pensabas hacer una copia a mano del mismo, sin embargo, la empresa fue abandonada pronto, escribiste diez folios a mano alzada y te cansaste. Viendo que no podrías hacerlo, simplemente lo leíste —tal vez ahí fue donde estaba el poema al que se parecía esa escena del inicio—.
Pensabas que eran pocas las novelas que te hacían abstraerte de ese modo, sentir tristeza, alegría y desolación, ponerte en ese estado simplemente leyendo era algo inusual, sin embargo, no extraño. Cualquiera que te conociera no creería que podías llegar a sentirte así simplemente con la lectura, pero, ¡qué importaba si no lo entendían!, disfrutabas haciéndolo, eso era lo que valía la pena, además, podías alejarte de todo lo que acontecía, era un tubo de escape para las cosas que te pasaban en el día a día y eso estaba bien.

Mitchel Ríos