Creatividad

Rematador

Estaban entrenando sus compañeros, el campo elegido, en esa oportunidad, quedaba cerca a su casa. No le costó nada ir a por su ropa deportiva y volver. El entrenador, un tipo alto y corpulento, daba indicaciones constantemente, nunca dejaba de hablar ——Hoy toca prácticas con balón, después correr por el campo y, para finalizar, efectuaremos ejercicios de resistencia —gritaba—. Esto les permitía estar más a gusto con la pelota en los pies.
—¿Hoy voy a jugar? —le dije al profesor mirándolo a los ojos.
—Ya hemos conversado sobre el asunto, tú eres una de las partes más importantes de este deporte, tu papel es alentar a tus compañeros, solo así, podrán llegar al triunfo —Con estas palabras confirmó que mis habilidades no estaban al mismo nivel que las del resto—.
—Venga, siéntate en la tribuna, va a empezar el encuentro —cogió mi cabeza y me dio unas palmadas en la espalda.
Durante el transcurso de los encuentros comencé a tomarme en serio mi papel, además, era la única forma de acompañar a los chicos de la escuela. Me fui convirtiendo en el hincha número uno, al estilo de la fan number one de Misery, pero sin las idas de olla de Kathy Bates.
El apodo de «El goleador», se lo ganó durante la celebración de un torneo interno. Todos los alumnos participaban, así estaba dispuesto en el reglamento del colegio, esto se dio por las constantes reclamaciones de los tutores, a causa de la exclusión de varios colegiales. Los encargados del centro, para evitar inconvenientes, se decantaron por incluir a todos, de este modo contentaban al grueso de la institución.
Lo que perdía en calidad el campeonato, a causa de esta decisión, lo ganaba en entusiasmo. Ver a críos corriendo, como pollos sin cabeza, era un espectáculo inenarrable.
Querían reforzar la defensa, por eso lo hicieron entrar. En la primera jugada en la que intervino, terminó introduciendo el esférico en el arco de su equipo. La acción fue desafortunada, su intención fue hacer un despeje, pero resbaló y cayó.
Desde ese día el profesor comenzó a llamarlo «goleador», el hombre gol.
—Menudo jugador estás hecho, ni bien entras y marcas. Eso solo lo hacen los mejores jugadores, tienes unas condiciones únicas. —Sonrió, los halagos gratuitos no le sentaban bien.
En las gradas era el más entusiasta, incluso me enfadaba con los contrarios y los ánimos no decaían. Cuando perdíamos, intentaba confortar a todos, a pesar de mis buenas intenciones algunos no lo procesaban de la mejor manera. Trataba de contar algunos chascarrillos, hacerme el tonto, ponerme en bandeja para que alguno se burlara de lo buen jugador que era.
A veces llegaba tarde a los entrenamientos, no porque quisiera, sino por cumplir con los deberes de la escuela, solo así me daban permiso para ir. En ciertas circunstancias, cuando no los hacía, me quedaba en casa. No tenía forma de negociar, terminaba con los deberes o terminaba. Esa situación me enfadaba —no lo voy a negar—, prefería estar jugando a estar en casa encerrado. De repente sonaba el teléfono, los chicos del equipo querían saber por qué no asistí. —El entrenador está molesto contigo, si no asistes no jugarás el siguiente partido —se chivaron. No podía hacer nada, si me saltaba las normas de casa podía meterme en un embrollo jodido.
Su relación con el gol era curiosa, en una oportunidad, se encontraba realizando un mal partido, si no era el peor de su vida, se le acercaba. Le dieron la posición de lateral izquierdo, nunca había jugado en ella, consideraba que su ubicación natural era la de delantero, se sentía más a gusto de cara al arquero rival, pero cuando se acercó a preguntar por qué lo colocaban ahí, la respuesta fue rotunda:
—No tenemos jugadores en esa posición, necesitamos que la cubras.
—Pero no sé jugar ahí —arguyó.
—Entonces aprenderás —el tono fue más cachondo que serio.
Se situó ahí, pero, a pesar de sus buenas intenciones, terminó solapándose con su defensa. Se posicionó mal, eso denotaba su poco conocimiento de la banda, no se le ocurrió nada mejor que solicitar su cambio, mas no lo hizo, se sobrepuso a la sensación de presión que le podía. En una jugada, que nada tenía que ver con el curso del choque, se dispuso a asaltar la posición de atacante, con tan buena suerte que pateó, la bola fue desviada por un defensa y terminó ingresando en el arco. Celebró la diana, pero su desempeño no mejoró, al final empataron y fue sustituido.
En otras contiendas tuvo una mejor performance. Uno de los goles que más recordaba se parecía a uno que le hizo El Matador Salas a Inglaterra. El balón vino desde el lado derecho, con la rodilla lo durmió, rebotó y, sin que cayera al suelo, remató, el esférico pasó entre las piernas del portero.
Ese sábado lo habían castigado, sin razón aparente. No pudo estar a tiempo para el enfrentamiento. Su malestar se hacía visible en su comportamiento. Sin embargo, pudo escapar y sin mediar palabra se dirigió al complejo deportivo. Mientras se acercaba, el ruido de la gente se iba incrementando, para su malestar, llegaría en el segundo tiempo. Se situó en la puerta de acceso. Antes de ingresar tuvo que mostrar su carné de jugador. Al verlo, el entrenador le dijo: Como siempre, temprano. Se apresuró y tomó asiento en el banquillo, al poco tiempo le dijeron: Calienta, vas a salir. Estuvo diez minutos en ese proceso, hasta que se realizó el cambio. El asistente técnico le dijo: Este partido tenemos que ganarlo, por eso no tendrás posición fija, tendrás que moverte por el frente de ataque, de tal modo que puedas atraer marcas para que la defensa se abra, confío en ti.
Faltaba poco tiempo para que terminara el partido, estábamos empatando, en ese contexto, repentinamente notó que su compañero se descolgaba por la derecha e ingresaba raudo en el área, leyó su intención, la única opción que tenía era la de meter un tiro cruzado, por eso fue ganando el lado izquierdo para ubicarse en el palo más cercano, porque así podría asegurar una anotación, si no entraba, por lo menos pillaría el rebote. Tuvo mucho cuidado para no caer en fuera de juego, su referencia era el último hombre, en todo momento trató de estar en línea hasta que el balón llegó a su posición y, en un gesto poco estético porque la situación no estaba para hacer filigranas, logró meterlo bajo los tres palos. Todos sus compañeros se fueron a abrazar al chico que remató. Él sabía que el gol era suyo, pero se quedó callado, se fue en dirección a su campo para esperar el reinicio del encuentro. Mientras tanto, todos seguían celebrando el tanto y ovacionaban al rematador.

Mitchel Ríos