Creatividad

Recorrido

La niebla no dejaba ver el camino, pero él, un conductor con la suficiente práctica, podía ir sin complicaciones. Conforme avanzaba se veían menos las señalizaciones de la carretera, llegó al punto de no saber si estaba siguiendo la ruta adecuada o se había perdido.
Esta era la primera vez que viajaba solo, hasta esa oportunidad, siempre lo hizo acompañado, pero en esta fecha, por distintos contratiempos, se vio en la tesitura de ir sin copiloto. Este, si bien, lo sacaba de sus casillas por los comentarios que no venían a cuento, por lo menos lo mantenía entretenido y, por encima de todo, atento. Esto era fundamental, pues cualquier distracción, en determinados trechos, podía ocasionar contrariedades difíciles de solventar, por suerte —se decía— nunca se vio inmerso en ninguna y eso lo hacía sentirse satisfecho, esto significaba que no era tan mal chófer.
A poco de iniciar el trayecto se vio en la necesidad de cambiar de ruta, el tráfico estaba siendo desviado por una carretera comarcal, aunque esto significaba que no pagaría peaje, implicaba demorar más. Tras variar sus planes, siguió las indicaciones y se desvió.
Por ahora todo iba tranquilo a pesar del frío, iba en silencio, esta quietud le resultaba curiosa. En ese momento le apetecía hablar con alguien, pero no era posible, cuando quiso sincronizar el móvil con el manos libres le resultó difícil, como no se le daba bien y no tenía ganas de continuar, no era posible coger el teléfono, llamaría al llegar.
Pensaba en lo que estaría haciendo con su mosca cojonera si estuviera a su lado. Imaginó las canciones que irían escuchando, la charla que mantendrían, quizás estarían discutiendo por el cambio de ruta, debido a que le plantearía más opciones, siempre le gustaba ir de sabihonda, conocía todo y de todo, nada se le escapaba. Cuando pasaba eso sonreía de modo sutil, no lo hacía de forma explícita, hacerlo podía ser tomado como burla.
Era ilusa (en un buen modo), un poco confiada, pecaba de optimista y eso, que podría ser un defecto en cualquier otro ser, en ella era una virtud, era su seña personal, su característica resaltante, a pesar de que la mayoría de las veces olvidaba que no era dueña de la verdad. Cosas de su edad e inexperiencia —sonreía.
Sus discusiones empezaban por tonterías, pero eran más por una simple cuestión de perspectiva. Tras minutos tensos, se ponían de acuerdo y bromeaban, no caían en el error de darle más importancia de la que se merecían esas diferencias. Sopesando eso le parecía una buena compañía, con la cual podía reír, enfadarse y reflexionar.
Si hubiera adecuado sus horarios ahora estarían viajando juntos, pero, por no informar a tiempo, le resultó imposible.
A pesar de sentir una sensación extraña pensó en que no siempre tendrían que hacer todo en pareja, a veces, era bueno ir cada uno por su lado, disfrutando de su parcela de privacidad. También extrañaba su playlist, si lo hubiera pillado preparado se hubiera hecho una, en ese instante se consoló, al no poder sincronizar el móvil, reproducir música no hubiera sido posible, por lo tanto, no era tan importante.
Iba en ese trance cuando sintió un pequeño golpe que lo sacó de su ensimismamiento, se detuvo, bajó a revisar si aquel imprevisto, en forma de sonido, significaba que estaba en problemas.
No tenía conocimientos sobre mecánica, si le hacían un test, solo sabría responder las preguntas básicas, esas que le hicieron cuando estaba sacando la licencia. Solo sabía cambiar neumáticos, echar agua al radiador o repostar, pero esto era lo máximo a lo que llegaba, no sería capaz de arreglar un problema del motor, tampoco, si se daba el caso, alguno eléctrico. Simplemente sabía sentarse y arrancar.
Se recriminó por no haber cogido un coche automático, para él era más sencillo, no tenía que preocuparse por nada. Sí no hubiera sido por la equivocación de quien se encargaba de hacer las reservas, hubiera tenido el coche que deseaba. Hasta antes de coger el vehículo estaba convencido de que se adecuaba a sus preferencias, sin embargo, al entregar el código de reserva se topó con la ingrata sorpresa de que no era lo que esperaba, amagó con reclamar, pero tuvo que coger lo que le ofrecían ya que no se podía hacer ningún cambio, tenían las unidades justas —arguyó el encargado— esto, sumado a que era fin de semana, lo obligó a conformarse, coger las llaves y salir de ahí.
Lamentó la equivocación de quien hacía esas gestiones, pero ya era demasiado tarde, hasta ese momento no había tenido un inconveniente así, sabía, porque sus compañeros le comentaban, que a veces había problemas con la empresa que les brindaba el servicio, cambiaban cuando querían el tipo de unidad y, a menudo, para no dar explicaciones alegaban que así estaba hecha la reserva.
Miró debajo del coche. Tras hacer una rápida revisión, dedujo que el ruido fue provocado por una piedra que había chocado con el guardabarros, se convenció de eso y se tranquilizó porque pensó que podía haber sido algo más intrincado, un tema que implicaría llevar el vehículo al taller.
Volvió a subir al coche, no quería llegar demasiado tarde, si había algo que odiaba era conducir de noche, lo pasaba fatal yendo en la oscuridad. El reflejo de las luces largas le impedía ir tranquilo, en especial en rutas como esta, en dónde los árboles estaban por todas partes y hacían que la carretera se volviera más angosta conforme se avanzaba. A causa de esto, por ir más pendiente de los imprevistos, olvidaba nociones fundamentales para llevar el vehículo, todo eso devenía en nerviosismo.
Apaciguó sus ánimos, dejó de pensar en lo que le molestaba, metió la llave en el contacto, pisó lentamente el embrague, se aseguró de que la palanca de cambios estuviera en punto muerto, luego metió primera, retomó su bitácora.

Mitchel Ríos