Creatividad

Prestación infame…

Voy para…, a ese sitio no te puedo llevar —le respondió el taxista—, era usual que nadie quisiera ir a su barrio, en especial cuando era de noche (quedaba alejado del centro).
Por eso trataba de hacer sus cosas pronto o, en su defecto, utilizar el transporte público, pero a veces era imposible seguir ese plan. No vivía en donde quería sino en donde podía.
Las primeras veces le resultaba molesto ser juzgado por el lugar de su procedencia, sin embargo, con el tiempo normalizó actitudes que en otro contexto no tendrían razón de ser, para no hacerse mala sangre se las tomaba a broma, no le quedaba de otra, tenía que tragar saliva y hacer como si nada de eso sucediera.
En algunos círculos todo iba de maravilla hasta que preguntaban: ¿Por dónde vives?, y al ser respondidos soltaban la expresión: ¿No puedes vivir en un lugar mejor? Cualquier lugar que acepte la definición «hogar» es un lugar mejor —pensaba—.
Para solucionar el problema del transporte en una época compró un coche usado; al mes de adquirirlo se estropeó. El mecánico le dijo que era un problema del carter. Con el informe del experto se dirigió al concesionario que le vendió el coche, pero la respuesta fue negativa, no era su obligación solventar ese inconveniente, lo pone en el contrato y en las normas de venta, salían con una serie de argumentaciones que no venían a cuento, incluso apelaban a la buena o mala suerte. Bregó durante días para qué la empresa le reconociera algún tipo de responsabilidad, fue en vano, desde el primer momento se cerraron en banda, era como hablar con la pared, su muletilla: solo nos hacemos cargo por el daño de las piezas lubricadas y la caja de cambios, se le quedó grabada en la médula. Viendo que no habría solución decidió correr con los gastos, le pidió un presupuesto al operario, pero al ver el precio de la reparación prefirió dejar aparcado el asunto, vendería el coche como chatarra, por lo menos así vería algunas monedas.
Intentó estudiar otras opciones. Había escuchado acerca de un servicio de transporte novedoso importado de… funcionaba de forma excelente, convirtiéndose en poco tiempo en una seria competencia de los medios convencionales de movilidad. Proporcionó sus datos a un agente con el que se cruzó en la calle, le dijo que le llamarían pronto. Para adquirir el servicio era necesario descargar una app y proporcionar un número de tarjeta de crédito, con tener un Smartphone era suficiente. Una vez inscrito, la empresa de transporte podía saber su ubicación por medio del GPS, gracias a ese sistema podía solicitar, de forma escrita u oral, que lo recogieran y lo llevaran a su casa, era una buena opción. Ese mismo día le llamó una teleoperadora, antes de que le dijera cualquier palabra, él le informó que no era necesario perder el tiempo en explicaciones, tenía claro que necesitaba esas prestaciones. Saltándose ese paso, la comercial comenzó el proceso para darle de alta, facilitó toda la información que requería. Antes de concluir la llamada, la voz del auricular le solicitó el nombre del lugar en donde se situaba su residencia, era necesario para completar la ficha. Dio el nombre del sitio, al oírla la otra parte se disculpó aduciendo que el servicio no llegaba hasta allí: estaban en proceso de expansión, pero, por lo pronto, se estaban enfocando en las zonas más cercanas céntricas, muy a su pesar (porque le parecía un buen chico), no podría terminar con la inscripción, quizás más adelante. Colgó, sin embargo, se quedó con una sensación extraña después de lo sucedido. Volvió a lamentar su suerte.
Su barrio nació mal planificado, sin los lujos de otros (por la forma en la que se construyó), y se notaba la prisa con la que se levantó. Las calles no tenían armonía y la numeración era inconexa, si no eras de ahí era probable que te perdieras, tampoco pensaron en las áreas verdes, construyeron bloques y bloques de pisos. Poco a poco se fue llenando de vecinos.
Con el tiempo surgieron grupos variopintos, unos charlaban tranquilamente y otros, por diversas razones, se reunían, a menudo, al derredor de un tetrabrik. Todos se preguntaban como hacían para tener siempre el envase lleno de vino. En boca de los entendidos, eso no era vino, quizás un sucedáneo que nadie de bien compraría, pero no fabricado a base de uvas. Tal vez imaginaban que estaban consumiendo un producto gran reserva.
Alguno de los que compartían esos botellones se dedicaba a asaltar a los foráneos, eso sí, sus normas incluían no atentar contra los vecinos, a ellos había que protegerlos —se decían—, pero con el extraño no había miramientos, consideraban que con ese actuar hacían una labor social loable.
Una vez, mientras caminaba un vecino, comenzó a notar que lo rodeaban, pensó lo peor, si su presentimiento era cierto dejaría que le quitaran sus pertenencias, además solo llevaba una bolsa con la compra del súper —no perdería demasiado—, más cuando daba por hecho que ese día sentiría en sus carnes lo que les pasaba a los extraños, uno del grupo lo reconoció y le pidió disculpas, es tu culpa por pasar por un lugar oscuro le dijeron, él solamente sonrió, estaba asustado, pero fingió como si nada hubiera pasado.
Otros en lugar de asaltar se dedicaban a vender maría, coca y caballo, se veían coches buscando a los camellos. De vez en cuando pasaba la policía, pero, al parecer, solo lo hacían para ver que el negocio estuviera en orden.
Bueno —se dijo—, notando lo infructuoso de cualquier insistencia, tendré que regresar a pie, como siempre.

Mitchel Ríos