Creatividad

Por seguridad

Durante varios días estuvo retrasando un trámite que debía realizar, el próximo día sin falta —se repetía—, pero le resultaba imposible. Tenía que entrar pronto al trabajo y, por lo tanto, se complicaban sus planes.
Era difícil solicitar permiso. Últimamente los jefes se habían puesto tiquismiquis y controlaban al dedillo la entrada y salida del personal. Se sentía esclavizado, pero era mejor eso a no tener nada, solo era necesario callar y tragar.
En vista de que debía cumplir las normas laborales, decidió, una de tantas jornadas, ganarle tiempo a la mañana. Para cumplir ese propósito se levantaría temprano, si era posible antes de que despertaran sus vecinos (madrugaban constantemente, incluso los fines de semana). Como los pisos en el bloque eran contiguos, casi no existía privacidad, uno podía saber a qué hora se levantaban y se podían escuchar los susurros, era un excelente lugar para cotillear.
Tenía que hacerlo sí o sí, o tendría problemas, más tarde o más temprano.
En una oportunidad, cuando estuvo por el sur, estaba degustando un buen desayuno y al abonar la cuenta, su pago fue rechazado, gracias a que siempre llevaba un billete (por si acaso) pudo salir de aquel lugar sin tener que disculparse. Le bloquearon la tarjeta, fue un momento tonto, por llamarlo así.
Llamó a su gestor, este le confirmo que el problema se debía a los controles de seguridad que tenían, lamentablemente, no lo podía solucionar por teléfono, tendría que acercarse a una de las oficinas y hacerlo de forma presencial.
—El proceso era sencillo —le dijo.
—Si es sencillo, ¿por qué no lo solucionas ahora? —espetó.
—Lo siento, se me hace imposible hacerlo desde aquí, tenemos que seguir ciertas regulaciones.
Al parecer era necesario actualizar unos datos.
—Lo entiendo, pero genera inconvenientes, imagina la situación, si hubiera sido en otro contexto, ahora estaría jodido.
—Su caso será solucionado cuando se persone en nuestras oficinas. Tendrá que hacerlo por caja.
Al notar que estaba hablando con una pared, dejó de prestar atención, las demás palabras que escuchó iban enfocadas a apaciguarlo (y echar balones fuera), no solucionaban nada.
Madrugó y se dirigió a la entidad bancaria, esperaba ser atendido pronto, lamentablemente, no fue el único que tuvo la misma idea, cómo él, otras veinte personas también lo hicieron, todas esperaban en fila cerca de la puerta. Se acercó al final de la misma y preguntó al último si se encontraba ahí para ir por caja, la respuesta fue afirmativa. Esto tomaría tiempo… —se dijo.
Todo sea por la seguridad, tendré que darles las gracias por hacerme pasar por este trance, a veces, parece que se burlan de uno.
La cola avanzó relativamente rápido, solo dejaban ingresar a dos personas, no sabía el porqué, pero si así estaban las cosas ¿quién era él para no hacer lo mismo que los demás?
Se entretuvo pensando en lo que diría, si solo era actualizar datos bastaría con mostrar el DNI, si faltaba algo más, llevaba la copia de una de sus nóminas. Mientras estaba abstraído en esas elucubraciones la cola no dejó de avanzar, hasta que llegó a ser el primero, tendría que esperar a que alguien saliera para que entrara él, era simple.
En lugar de agilizar las transacciones complican todo y no solo eso, cada nada cambian a los que atienden, también fusionan oficinas, hacen lo que quieren.
Seguía con sus cavilaciones cuando, de improviso, se acercó un hombre a la puerta, sin decir nada, tocó el timbre y lo dejaron entrar, ¿cómo era posible?, ¿acaso no se tenía que esperar a que fuera el turno de entrar o solo era para algunos?, gracias a ello tendría que esperar más. Ver el trato preferente que recibía aquel tipo hacía que la sangre le hirviera.
¿Cómo se podía permitir esa forma de pisotear los derechos de los demás? No costaba nada decir por favor o bastaba con que pidiera permiso, palabras simples, básicas, que no requerían esfuerzo, además, si eso hubiera sucedido, le hubiera dicho: no estoy apurado, pase, sin problemas, pero no, prefirió adelantarse, llamar a la puerta e ingresar, así, sin más, sin percatarse de todos los que aguardaban a ser atendidos.
De repente, era el dueño y tenía una empresa ineludible que hacer, pero todos estaban ahí por diligencias urgentes —se respondió. Esto no sucedía a menudo, por lo general, la gente se comportaba de forma civilizada, guardaban las formas, muchos se ponían en el lugar del otro.
Trató de pensar en otra cosa, porque hacerse mala sangre tan temprano no era lo más conveniente, no tenía planificado empezar el día espetándole a un desconocido que se comportara de mejor modo, imaginaba otras formas de hacerlo, sin embargo, a pesar de querer evitar ese mal trago, la mala sensación se mantenía. Al pasar dentro de la entidad, le hablaría a uno de los encargados, le diría un par de cosas, a él no lo ninguneaba nadie.
Todo esto por la seguridad, en ocasiones se vuelve un incordio.
Al entrar, se fijó en el individuo que se había saltado la cola, por lo visto lo conocían todos los trabajadores de la sucursal, incluso escuchó que se referían a él como nuestro cliente favorito. Todos le reían sus gracias, soltaba bromas (nada jocosas), les comentó que quería hacer unos movimientos y estos le respondieron que no había inconveniente, harían lo que él les dijera. Ver esa escena era para echarse a reír (por no llorar), menudo servilismo, menuda forma de mostrar su hipocresía, él también era cliente y no lo trataban así.
Al ser atendido en ventanilla entregó su documento, el trámite no demoró más de tres minutos.
—Esto sucede de vez en cuando, pero es por seguridad —la frasecita comenzaba a aburrirle.

Mitchel Ríos