Creatividad

Patraña

Cogió una botella de agua del minibar, dudó, pues estaba fría, dejó de lado esa reticencia inicial, ya que su sed era más fuerte. Con ella en la mano se echó en la cama, encendió el televisor y se dispuso a descansar. Llevaba varios días fuera de casa, entre estar en una ciudad y otra, se encontraba fuera hacía más de diez días, parecía un trabajador itinerante, si añadía un maletín a sus accesorios podía semejarse a esos que iban de casa en casa ofreciendo libros, artefactos u otros servicios. Pero ese tipo de trabajo no era lo suyo, le iba mejor trabajando en una oficina.
De manera mecánica se puso a hacer zapping, no tenía claro lo que vería, intentó sintonizar alguna serie, una película, lo que fuera, con tal de despejarse. Se encontraba en ello cuando notó que, en lugar de estar templado el ambiente, hacía fresco, trató de esperar a que comenzara a caldearse la habitación, llegó a la conclusión de que era pronto para que la sensación térmica estuviera a su gusto. No hacía mucho tiempo que estaba ahí, si se daba el caso se levantaría y trataría de calibrar el termostato.
No recordaba una época en la que no tuviera que realizar viajes. Al inicio le resultaba interesante conocer ciudades, pero tras la emoción inicial se dio cuenta de que no estaría lo suficiente como para disfrutar de sus atractivos o conocer a su gente, pues casi todo el rato se encontraba metido en un despacho o en la habitación del hotel.
En tales circunstancias estaba siempre ocupado y cuando se desocupaba era para partir hacía otro lugar. En ocasiones los repetía, pero era imposible divertirse, debido a que no le gustaba mezclar los negocios con el placer, o una cosa o la otra, pero no las dos —se decía—. Era serio con su trabajo, estaba ahí por obligación y no por voluntad propia.
La temperatura se mantenía igual, esperaría unos cuantos minutos más.
Por lo general comía en los restaurantes de los hoteles en los que se hospedaba. Lo hacía por comodidad así evitaba tener que hacer reservas o pasarlo mal si encontraba los lugares llenos. Además, era simple, bastaba con dar el número de la habitación para que lo apuntaran y, al salir, sumaran la cuenta de la comida a lo que pagaría por el hospedaje.
La sensación fresca se mantenía.
Cuando no estaba de humor pedía servicio al cuarto, era común encontrar el menú en la habitación, así era más sencillo, cogía el teléfono llamaba y pedía.
Tras cansarse de que el termostato no hiciera su trabajo, se levantó, se acercó a él y comenzó a modificar sus parámetros. Estos eran similares en todos los hoteles, por lo tanto, no tenía demasiada ciencia. Lo que sí le llamó la atención era que la mayoría usaba la misma marca, era como sí los compraran al mismo proveedor.
Puso la temperatura en veinte grados, sin embargo, tras esperar un tiempo prudente, la sensación de frío se mantenía. Volvió a intentarlo, pero se dio cuenta de que, como mucho, solo era posible encenderlo, apagarlo o modificar la velocidad del ventilador.
Esto le había pasado en un par de hoteles. Tras indagar y no dar con el problema, unos compañeros le explicaron que esa imposibilidad de modificar la temperatura de forma manual se debía a que el sistema de calefacción era controlado por una centralita dentro del hotel, a la cual no tenían acceso los huéspedes. El termostato que se observaba en la pared era un placebo, no servía para nada, solo estaba ahí para que la gente creyera que ellos podían hacer algo de forma directa, pero nada más alejado de la realidad, no era posible. También le dijeron que esto lo hacían los hoteles para ahorrar dinero, a costa de que alguno de sus usuarios pillara un catarro y, añadían, que era para evitar que algún tonto se equivocara y no supiera dar con la temperatura adecuada.
Al seguir intentándolo y notar que no sucedía nada, llamó a recepción y explicó que el termostato no funcionaba, estos le dijeron que era imposible, que todo estaba en perfecto estado, cuando le dijeron esto, no intentó rebatirles solo escuchó y dio por buena la afirmación, aunque sentía que le estaban tomando el pelo.
Después de esos intentos infructuosos, volvió a recostarse en la cama y, para entrar en calor, se cubrió con el edredón, tendría que estar así para no congelarse, aunque era consciente de que eso de congelarse era exagerar.
En la cama comenzó a planificar lo que haría al día siguiente, no tendría demasiado lio, haría un par de cosas y volvería a partir.
Seguía pensando en lo de ser itinerante, ¡qué vida la suya!, podía decir que estuvo en cientos de lugares, pero solo para ufanarse, pues si hacían preguntas detalladas no sabría que responder, no sabría describir nada, a no ser que las dudas fueran en torno a los hoteles, ahí sí tendría una idea más clara y un juicio, más o menos, certero.
Milagrosamente, tras resignarse, comenzó a coger calor la habitación. Quizás era verdad que todo funcionaba correctamente o algo tuvo que ver la llamada, no estaba seguro, fuera lo que fuera ahora estaría a gusto, tuvo que destaparse un poco, volvió a hacer zapping.
Siguió con esa actividad hasta que el cansancio lo venció, era tarde y al día siguiente tenía que madrugar, la tele se quedó encendida, no le gustaba dormir en silencio, prefería hacerlo con ruido de fondo, así podía sentirse como en casa, aunque este lugar no se pareciera en nada, pues para que fuera su hogar, le faltaba calor, color y algunos detalles más… dejó de pensar en ello, se quedó dormido, se abandonó al sueño, poco a poco dejó de percibir el sonido y las voces que llenaban aquel sitio.