Creatividad

Nostalgia

Solía encontrármelo cada vez que regresaba a casa, estaba en el mismo lugar, a la salida del metro.
Nos conocíamos desde siempre, éramos del mismo barrio, a pesar de los cambios que se dieron en este, nos mantuvimos viviendo en nuestras casas de toda la vida. No nos imaginábamos yéndonos, por eso no escuchábamos las ofertas que nos hacían, aunque era difícil, pues no había día en que no llamaran o dejaran en el buzón de correos mensajes en los que decían textualmente: Compramos piso por la zona, llame al…, otros variaban un poco el texto, pero básicamente era lo mismo. Era agobiante y triste sentir que, de ese modo, este espacio dejaría de tener el aspecto que siempre tuvo, el de los vecinos que lo fundaron.
Muchos decían que era el rostro de los tiempos modernos, este proceso era parte del cambio y era necesario acostumbrarse, adaptarse, solo así se podría ver con mejores ojos la nueva situación. Además —añadían— la moda es ir a vivir a los alrededores, el centro, como tal, es un sitio sobrepoblado, sin embargo, a las afueras uno puede tener paz, estar a sus cosas, trabajar sin ser molestado.
Varios colegas me recomendaban, ya que no estaba dispuesto a vender, que alquilara las habitaciones de mi piso, así podría sacar un extra que me permitiría ahorrar. No me imaginaba haciéndolo, dejando entrar a desconocidos, a pesar de que pagaran por vivir aquí, desde siempre he considerado que este ambiente era solo mío y no esperaba compartirlo con nadie, no era necesario adentrarme en esos negocios.
Lamentablemente, el resto no pensaba como yo, la gran mayoría decidió vender.
Cada vez quedábamos menos, me daba cuenta de ello al deambular por las calles, no había día en el que no me cruzara con alguien llevando maletas.
La mayoría de esos visitantes iban despistados, no sabían situarse, a menudo me detenían porque tenían problemas para dar con la dirección del departamento que habían alquilado. A causa de diversos cambios en las últimas temporadas comenzaron a reenumerar los portales, no era raro encontrarse con varios que tenían un número debajo y otro encima, esto podía confundir a cualquiera, a cualquiera que no fuera de aquí. Por eso cuando me preguntaban no tenía problemas por ayudarlos a encontrar el bloque correcto, dejaba de lado mi reticencia hacia los pisos turísticos, esa gente no tenía la culpa, ellos eran un mero eslabón en el proceso de la gentrificación.
Esto hizo que cambiara el rostro de este lugar, era complicado, sentirse un extranjero en tu barrio de toda la vida, con más comodidades, sí, pero con menos sustancia. Antes de que esta moda se implantara, en la plaza se celebraba el día de la fundación del barrio, todos nos reuníamos ahí y pasábamos un momento de camaradería, se podía recitar el nombre de los habitantes, la gran mayoría se los sabía de memoria, había unión, ahora no podría decir eso, había perdido su alma, todo lo que lo caracterizaba. Se convirtió en un lugar que, para mí, semejaba a un espacio artificial, un espacio de cartón pluma, a pesar de que las construcciones mantenían los mismos ladrillos no desprendían esos sentimientos que antaño me ilusionaron.
Tal vez, para los residentes foráneos tenía nuevos significados, que yo no percibía al cotejar mis recuerdos con el presente, de repente me había estancado en un momento de la historia que nunca más volvería.
Cuando tenía tiempo de sobra me sentaba en la banqueta a charlar un rato con mi colega, desde esa posición podíamos analizar a los forasteros, si hubiéramos sido elaboradores de estadísticas, las muestras que teníamos delante servirían para hacer un estudio concienzudo, pero ese no era el caso. La mayoría de las veces nuestras conversaciones versaban sobre los cambios, los pocos que quedábamos, la forma en la que era difícil moverse por aquí cuando las maletas invadían las calles. A veces hablábamos sobre los ex vecinos y como les iba, a la gran mayoría bien, por lo que comentábamos, pero era difícil seguirles la pista.
Esta reunión se daba, por lo menos, una vez a la semana. En cierto modo, estos encuentros eran monotemáticos, parecíamos dos abuelos analizando la situación, añorando los tiempos pasados y pensando que el presente apestaba.
Así pasó mucho tiempo, hasta que, debido a una serie de inconvenientes, este amigo se replanteó su posición. Dejaría de lado su testarudez y daría su brazo a torcer, era en vano resistirse, llamaría a alguno de los números de los papelillos que dejaban, si la oferta era buena, sin pensarlo vendería su piso.
Esto no lo hacía porque quisiera, se había endeudado y necesitaba urgentemente saldar esa deuda, si no, podía meterse en problemas. Me mostró varias de las notificaciones que le llegaban, estaba metido en una situación peliaguda. Viendo como estaban las cosas entendía su decisión, solo esperaba que le diera la tranquilidad suficiente.
Como el único bien que le podía dar una buena cantidad de dinero era su casa, terminó vendiéndola.
El último día que nos vimos, en su despedida, nos dijimos que, a pesar de la distancia, nuestra amistad perviviría. Yo estuve de acuerdo, no teníamos que distanciarnos, podíamos charlar una vez a la semana por teléfono. Ese día acordamos hacerlo, pero no lo llegamos a cumplir.
Ahora, al salir de la entrada del metro, no tenía ese rostro amigo de siempre, estaba siendo aislado en mi propio barrio, de repente, lo mejor era dejarme llevar por la corriente, dejarme vencer e ir a las afueras, total, si ya me sentía solo en este espacio, sin nexos que me hicieran replantear esa posición, era mejor recluirme en un sitio sin recuerdos.