Creatividad

No estoy aquí

Su desgana al iniciar la excursión se hizo notar. El poco entusiasmo que tenía comenzó a menguar debido a lo insustancial del trayecto.
Resonaban los parlamentos en el ambiente, las intervenciones eran cada vez más pretenciosas, trataban de ensombrecerse mutuamente, la situación semejaba a una competencia de esnobismo, en la que cada sujeto trataba de actuar como otro, centrados en dar la apariencia de profundidad cuando en realidad se sustentaban en palabras vacías —le causaba gracia.
La gente la veía, pero no estaba, a fuerza de vivir metida en sus asuntos aprendió a ensimismarse, una cualidad innata que fue perfeccionando. Cuando se inició en esas cuestiones estaba convencida de que le serviría más adelante.
Sacaba a relucir ese don cuando se encontraba en grupos numerosos (que le disgustaban). Al ponerlo en práctica le era posible centrarse en los temas que le importaban, nadie se percataba de su ardid, pues tenía una sonrisa que no hacía pensar a los asistentes la treta que estaba utilizando para hacer más llevadera su compañía, un gran despliegue de sutileza —se decía.
Le gustaba abstraerse mientras estaba yendo por la calle, no se inmutaba ante el gesto de los viandantes, le parecían figurantes de una gran farsa, todo era tan irreal, las luces, los edificios, hasta los nombres de las calles, quién con cinco dedos de frente llamaría a una…, qué poco interés, por lo visto el guionista no se puso al tema con entusiasmo —se dijo—, mientras pasaba al lado de la estatua de un personaje reconocido a nivel mundial, una gran farsa, sin duda.
Antes de continuar en sus disquisiciones tuvo que bordear un gran trozo de hielo, era sorprendente que aún estuviera estorbando el paso, después de tanto tiempo, tal vez fue sacado de otra obra y olvidaron desmontarlo, pues no tenía razón de ser que estuviera ahí, más aún en esa temporada, cerca del gran teatro —menuda ironía—, un error de esta ficción.
En ese momento fue sacada de su rememoración, otra intervención con aires de superioridad intelectual rompió la magia de su ensimismamiento, con lo bien que se sentía alejándose de aquel lugar, no estando allí, aunque estuviera.
Estaba circunstancialmente —se repitió—, ese no era su lugar, rodeada de tanta hipocresía, de tantos falsos modos, de gente que se sentía por encima de la media, ese no era su espacio idealizado, estaba ahí ocasionalmente…
Nuevamente escuchó una intervención que se ufanaba de ser una joya, una que si trascendiera daría al mundo la solución a todos los problemas existentes, solo era necesario irradiarla, compartirlo, pero lamentablemente, el vulgo no entendería el mensaje, ese era el meollo fundamental, más si esos pobres no se preocupaban en entender lo que decía —a causa de su limitada comprensión textual— no era de su incumbencia inculcarles esos conocimientos. Su papel no era el de educador, era el de pensador y, como tal, se centraba en el universo de las ideas, haciendo honor al epíteto que se había otorgado.
De ahí saldrían todos los sentidos del mundo —se repetían—, eso les causaba orgullo, hablar de cosas elevadas, no de tonterías. Esta afirmación le pareció más insoportable, volvió a caer en lo fortuita de la experiencia, si por ella fuera habría elegido otra.
Aquel que quisiera aprender tendría que leerlo, no se podía perder el tiempo tratando de inculcar ideas que no serían valoradas en su justa medida.
El viaje sin planificar (sería un buen tópico), insustancial, entroncado en parámetros desfasados, inútiles, realizado a un lugar sin pasado, creado como una moda pasajera, que atraía por su puesta en escena y en el que cualquiera se creía estar en la cima de todo.
De todos los lugares en los que podía estar, tenía que estar ahí —lamentaba— escuchando peroratas cansinas, que se enfrascaban en redundancias teóricas, en ideas trastocadas, adecuadas a discursos cuyo fin era denotar ampulosidad, sin aportes, sin estimaciones reales de lo que sucedía en el mundo alejado de esa ficción.
Su función, en aquella representación, era clara, era la observadora, la que estudiaba el entorno, solo debía fingir interés, aunque eso no le deslumbrara pondría un único gesto que encubriría sus verdaderas motivaciones, una sonrisa que dejaría desmontadas las miradas inquisitorias de los ponentes de aquel congreso y los desviara hacia otros elementos, para los cuales tenían miles de argumentaciones; no perdían la ocasión ante una posibilidad así, daban rienda suelta a su sapiencia.
El decorado falso, la gente falsa, el ambiente falso, ensamblaban una gran mentira. Un emplazamiento sin tradición, hecho para deslumbrar, sí (y lo hacía), pero no tenía alma, eso era lo que le faltaba, alma. No motivaba sentimientos, se caminaba por sus calles, pero sin la admiración que podrían generar otros espacios menos ostentosos y más sustanciales, con valor en sí mismos. A su pesar, y en contra de su publicidad, era un mero centro comercial que se podía encontrar en cualquier lugar del mundo.
Me veis aquí, pero no soy yo, soy otra, solo es un cascarón, ninguno sabe lo que pasa realmente en mí, solo observan la máscara, solo ven buenos modos, no son capaces de raer la superficie, nunca les será posible con sus falsos comportamientos, con esa forma fingida de dar por supuesto todo, por sentirse capaces de prever el sentido de todos los sentidos. Ilusos —se repetía-, si supierais que solo estoy aquí circunstancialmente otra sería su reacción —añadía. Creen que sus personalidades son atrayentes, se consideran interesantes (profundos), pero no son más que unos memos enfocados en verse la nariz, jugando a ver quién tiene el ego más grande.
Tras este soliloquio pensó que era suficiente, no valía la pena seguir analizando lo que aconteció durante el día, era mejor descansar, dentro de cuatro horas tendría que estar en la terminal, volvería a su vida de siempre, con un mal sabor de boca. El viaje de descubrimiento no fue tal, o quizá sí, descubrió lo insoportable que es estar rodeado de gente que no te aporta nada.

Mitchel Ríos