Creatividad

No creíble

Pasaba el rato sentado a una mesa, no tenía nada importante por hacer, o eso era lo que creía. Mientras estaba allí comencé a escuchar una conversación, al inicio no le presté atención, total, estaba a lo mío, pero, tras notar indicios que indicaban que la cosa se iba a poner chunga no pude hacer otra cosa más que curiosear.
Un tipo, al parecer un negacionista (de los que nos aquejan últimamente), se desplazaba de forma distendida, sin protección, seguía a rajatabla las indicaciones del ayuntamiento que llamaban a la desobediencia civil. Si seguía esas premisas ¿qué podía pasarle?, pues obedecía a la máxima autoridad local.
Yo tenía una idea clara de lo que pasaba, pero la guardaba para mí, como en la época de estudiante, una vez en la universidad, debatimos sobre el problema de nuestra educación, algunos alegaban que lo mejor era continuar con el sistema tal como estaba, otros, entre los que me encontraba (por inercia), considerábamos que teníamos que ser exigentes con aquellos que, en teoría, nos formaban, sin embargo, ponerse en esa posición era complicado, si las cosas no salían bien, podían tomar represalias. Tiempo después caí en la cuenta de que estábamos haciendo política, yo pensé que solo hacíamos intercambios de pareceres, además yo era un vago de cojones, creo que hice la carrera porque no tenía nada mejor que hacer, era eso o dejar de vivir plácidamente en casa, a la sombra de la economía familiar.
¿A qué venía esto?, sí, claro, ya lo recordé, venía a cuento porque en ese contexto hablamos con varios compañeros, algunos eran opositores acérrimos y cerrados de mollera, es así, que, cansados de querer hablar o hacerles entender a esos condiscípulos, le solicitamos a uno que argumentara su posición, no quiso hacerlo, es más, soltó la frase: mis ideas son mías y nadie tiene porque saberlas, en vano fue insistirle, tal vez estaba asustado o nos estaba tomando el pelo.
En esa situación, el negacionista alegaba que no estaba de acuerdo con el estado opresor, que todo lo hacía por controlar a la ciudadanía, porque en varios países el sistema que trataban de imponer era dictatorial, en el cual imperaba la ley del más fuerte.
Esto me llevó a preguntarme ¿dónde estaba ese espíritu revolucionario durante la anterior época?, la respuesta era clara, seguro era uno de aquellos que vivían de las mamandurrias, era un nostálgico (aquí está mal utilizado este término).
Uno no podía creer a pie juntillas lo que decían esos incompetentes, pues, viviendo en el mismo país no me parecía que aquello fuera verdad, no me sentía oprimido o, por lo menos, aún tenía café en casa —pensé en Cortázar—.
Esa desfiguración que hacía de la realidad la adecuaba a su antojo, faltando a las pruebas que estaban ahí, no era necesario soltar tal perorata que, como era común, siempre terminaba con: esas cosas solo se dan en países tercermundistas. Al traer a colación este tópico, la credibilidad de su discurso quedaba por los suelos.
Mientras tanto, los agentes seguían inquiriéndole, preguntándole a que se debía que fuera de ese modo, saltándose las normas. Cuando continuó con su reticencia le solicitaron su identificación, al parecer no quiso darla, insistieron, solo otorgó medias verdades. Estaba claro que de ahí no se iría de rositas, por eso cuando dio alguna seña que sirvió a la policía, las autoridades cruzaron información y pudieron obtener como respuesta que tenía una requisitoria, el usted está detenido, retumbó en la calle.
Al escuchar estas palabras deduje que se estaba poniendo fea la cosa, lo curioso era que fue interpelado por el agente vestido de paisano por no llevar la mascarilla.
Arguyó muchas excusas, prometió de todo, pero era en vano, estaba jodido, cualquiera de sus parlamentos podía ser usado en su contra: excusatio non petita, accusatio manifesta.
Y como no hay hechos que duren para siempre, y viendo que no me apetecía más café, me retiré, cruzando por otro lado, para no fisgonear, porque en una intervención así, a veces es como pisar un charco de agua, terminas salpicado. Prefería alejarme con la duda, no quería confirmar mis especulaciones, pues no dejaba de ser una maquinación de mi mente, en parte generada por los ruidos y también por mi inventiva, tan desenfrenada. De soslayo, me fijé en la cara de circunstancias del detenido —ganó mi lado cotilla.

Mitchel Ríos