Creatividad

Momentos repetidos

Tenía sueño, pero no podía dormir —aún no— porque esperaba la respuesta a un mensaje, fue admitido, lo sabía por el acuse de recibo del servidor. De un tiempo a esta parte estoy pendiente del móvil —más que de costumbre—, parece como si todo lo importante del mundo pasara a través de sus filtros.
Estaba recorriendo la avenida, hace poco leí que la única manera de conocer un lugar era perdiéndose en él, buscaba extraviarme, fijándome en sus bloques como si fuera la primera vez. Llevaba una bandolera con algunos objetos personales y se iba fijando en las personas que deambulaban por la calle. Aspiraba a percibir ese espacio como si fuera desconocido —una empresa difícil—, para esto inicié mi recorrido de forma tranquila, sin embargo, no bien di unos cuantos pasos, tuve que detenerme para evitar a un transeúnte apurado —me aparté, sino me hubiera embestido—.
Mi día comenzó pronto, tenía que arreglar unos asuntos a primera hora, por suerte fue sencillo quitármelos de encima, me desocupé pronto. Regresaría a casa. Me propuse no utilizar por ningún motivo el móvil, lo llevaría encima, sí, pero no lo cogería, el aparato estaba en modo «No molestar». Un amigo me comentó sobre los problemas de la nomofobia, una afección moderna, según los detalles que me dio yo encajaba en él, eso me dio cierto temor, saber que podría tener una enfermedad me hizo irme de cara con la realidad, por eso quería demostrar que no sufría ese mal. No sé cuándo me hice dependiente del teléfono, lo utilizaba para todo, leer noticias, buscar restaurantes, moverme por la ciudad, comunicarme con amigos en las redes sociales y claro, para recibir llamadas —lo olvidaba—.
Me iba fijando en todo lo que me rodeaba. Hasta ese momento no había percibido los ascensores y un extraño pasadizo que se perdía en dirección norte, quise avanzar un poco, pero un encargado me dijo que no era posible seguir, era peligroso —arguyó—, le hice caso y fui en otro sentido. Me dirigí a otro lugar poco transitado y me senté en un banco; me puse a contemplar el ambiente.
Faltaba poco tiempo para coger mi transporte, miraba a todos lados y, por lo menos, veía a alguien centrado en su móvil, inmerso en una conversación con persona invisible, mientras meditaba, el vehículo llegó, subí, sin darme cuenta me coloqué cerca de donde se encontraba el baño, solía evitarlo, algunas veces quedaba en condiciones lamentables y eso se percibía en el ambiente. Me quedé en la puerta, en vez de ir sentado, prefería ir viendo mi reflejo, quería enfocarme en mis pensamientos, pero, de soslayo, me di cuenta que alguien quería hacer uso de los servicios, intentó en vano entrar; no pudo, apretó todos los botones y no tuvo respuesta, la puerta se mantenía cerrada, posiblemente estaría clausurado —pensé—, sin embargo, no había un letrero que lo indicara, tampoco estaba ocupado. Intentó un par de veces más, la situación se repitió, se dio por vencido, por los gestos en su rostro estaba pasando un mal momento, después dejé de verlo, procedí a perderme en mis pensamientos.
Seguí centrado en la ventana, llegué a mi destino, esperé a que se detuviera el vehículo, bajé y me dirigí a las escaleras más cercanas. Me estaba aproximando a la salida cuando noté a una chica con problemas, quería que se abriera la puerta pasando un ticket por donde se pasaba la tarjeta de transporte —lo intentó varias veces—. No tenía apuro por eso me dio tiempo para indicarle como se usaba el billete. Le señalé la ranura por donde debía meterlo, ahora sí podía salir, me dio las gracias.
Estaba en la calle enfocado en no sacar el equipo, pero de reojo miraba la bandolera, para evitar la tentación, entré a una tienda para comprar una caja para guardar zapatos. No fue fácil la compra, la oferta era diversa; eso significaba pasar un rato escogiendo, para no romperme la cabeza, le dije a una de las dependientas que eligiera una, solicité una bolsa. Llegué a casa pronto, la idea de la nomofobia seguía rondándome.
Años atrás no tenía uno de estos artefactos, no los necesitaba, la vida era diferente —más sencilla—. Tanta tecnología, tantos avances, hacía que todo se hiciera más enrevesado. Seguí pendiente del equipo, no entraba la respuesta, era incómodo estar supeditado a una notificación. Para hacer menos molesta la espera me puse a hacer algunos quehaceres de la casa —luchando contra el cansancio—, acabé antes de lo que imaginé y volví a ver el teléfono, no recibí la dichosa respuesta. No pude aguantar el sueño, si bien mi mensaje fue aceptado, no fue leído, quizás estaría en la cola de espera, no soporté más, me eché a dormir.

Mitchel Ríos