Opinión

Mirar al pasado

Mientras estaba leyendo una infografía, en el museo de un pequeño pueblo del interior, me topé con una línea que rezaba: La eclosión urbanística y los cambios introducidos por el turismo han transformado la obra de muchos años de tradiciones e historia en un presente que no mira al pasado todo lo que sería necesario.
Al terminar de leer estas líneas me quedé con un gran vacío, fue como si las palabras del autor retumbaran en mi cabeza porque se notaba, al revisarlas, la fuerza que le imprimió. Sentí, en cierto modo, la tristeza de quien observaba como cambiaba su entorno y no podía hacer nada por mantener el espíritu que sentaron las raíces del pueblo, por lo tanto, debido a esa transformación, fue desapareciendo para dar paso a algo nuevo. El problema se da durante ese trance, en el proceso de enterrar y olvidar sus raíces, el sujeto mira hacia adelante; deja que su vista sea cegada por el mal llamado progreso. Es así como en ese avance, aparta la esencia de su tierra y de sus habitantes en aras de alcanzar el nivel de las exigencias del mundo actual.
Los cambios son buenos, es utópico pensar que una calle, un pueblo, una comarca, una ciudad pueden mantenerse estáticas, son entes vivos, por ende, al equipararlos a un organismo, el constante movimiento es la base de su naturaleza. En ese sentido, aquellos lugares que se empeñan en quedarse estancados están condenados a desaparecer, pues se cierran a la evolución.
Durante la visita alguien me dijo que ese pueblo en época de verano está lleno de gente, sin embargo, luego se queda vacío; en temporada baja (así le llaman los especialistas en turismo), aquí solo ves a los lugareños de toda la vida, dudo que lleguen a la centena, está todo lleno de negocios, de tiendas que se enfocan en vender recuerdos para los viajeros. Esas casas que tú ves similares a las casas locales —me decía mi interlocutor—, solo mantienen la estructura, son todas tiendas, si te das cuenta hay bloques enteros dedicados a negocios. Por ejemplo, entra en esa tienda de ahí —me señaló una que estaba cercana a la calle principal—, por fuera parece humilde, por dentro es diferente; notarás que no tiene relación con la fachada, en ningún aspecto es comparable, compruébalo tú mismo. Efectivamente, al entrar me pude encontrar con expositores dispuestos de un modo tal que nadie se esperaría, viendo el negocio desde fuera, encontrarse con esas estanterías repletas de objetos en su interior.
Un lugar que pierde sus raíces es un simple cascarón, en este caso, el del pueblo que visité, explotado por la fama que tiene y porque aparece en las distintas guías turísticas, en donde se recomienda visitarlo, incluso para encausar nuestras ganas de conocer nuevos lugares, agregan un texto en donde nos explican su valor histórico, pero está claro, que ya no existe, simplemente se cuelga del nombre que ostenta. Como este hay muchos otros que se han enfocado en el turismo y han dejado de lado sus orígenes.

Mitchel Ríos