Creatividad

Los aledaños…

Las inmediaciones del mercado eran un espacio peculiar; punto de encuentro, un lugar céntrico de la ciudad. Cuando nos acercábamos por la zona norte podíamos admirar su mejor cara, remodelada algunos años atrás, se intentó darle un aspecto más atractivo, como una manera de fomentar el turismo. Se había puesto énfasis en las zonas verdes, cercadas para evitar la entrada, se plantaron pequeños árboles, esta iniciativa buscaba limpiar el aire contaminado, debido al constante tránsito de automóviles. Las personas se movían de un lado a otro. En la puerta de entrada había puestos de comida, si no querías complicarte, podías picar algo rápido, una buena solución si no se contaba con demasiado tiempo. Por el contrario, si veníamos por la zona sur, por la calle de los mercadillos, se notaba la basura acumulada en las esquinas, en este lado, la fachada parecía olvidada, sus paredes se encontraban ennegrecidas a causa de la polución y adornadas por diversos carteles, colocados unos encima de otros, la seguridad no existía, solo había unas rejas, signo de mejores tiempos, repintadas cientos de veces y las mismas veces raídas. El olor a podrido lo inundaba todo, los viandantes iban con cuidado. Cerca había escondrijos de camellos que pasaban droga y chiringuitos de baja calaña.
Hablábamos en la parada de autobuses de la música de moda, temprano había comprado unos discos, en los mercadillos se podía comprar de todo, los saqué de la mochila y se los mostré, habíamos coincidido ese día, no era algo común, como no era para menos la ocasión, me ofrecí a acompañarla a coger el bus, no me venía mal, de camino quedaba la estación por donde pasaba el que yo tomaba. Nos apoyamos en la pared, al lado del lugar para sentarse, cerca del puesto de una vendedora de periódicos, miré la hora y aún faltaba para el inicio de mis clases.
El color verde oscuro de las rejas se estaba comenzando a perder, esto demostraba el mal hacer de quien efectuó su reforma o el poco control de la obra. Las verjas, en lugar de cumplir la función de proteger el recinto, servían de escondite a la merca de los camellos, solían repartirla a lo largo del bloque en pequeños paquetes. Era el espacio en donde se trapicheaba. Todo el mundo sabía de su existencia. Los policías se desentendían del asunto, no hacían nada por desarticular este negocio, de vez en cuando, presentaban a un chivo expiatorio, un sainete puesto en escena para mostrar su buena labor, pero no tocaban los puntos neurálgicos, quizá no era necesario hacerlo, todo funcionaba bien, cada cual cumplía su función, todos salían ganando.
El tiempo pasó pronto, la charla se agotó, no sabía de donde sacar más palabras. Hice el ademán de ver la hora, ella se dio cuenta, se le había hecho tarde, me lo hizo saber, nos despedimos y tomó el primer bus que pasó.
Los camiones, furgones y camionetas con mercancía se aproximaban temprano al mercado para abastecerlo. Venían de la feria y se ubicaban en la zona principal, cerca de la puerta cuatro, lugar reservado para este tipo de vehículos, estaba permitido aparcar. El desfile de carritos llevando cajas daba inicio. Los productos estaban destinados a las distintas áreas, no obstante, la mayoría se dirigía a la zona de lácteos y la de abarrotes, la división estaba clara, era sencillo situarse. El trabajo era simple y rápido, en algunas ocasiones se demoraba, cuando se producía ese retraso los repartidores regresaban a sus vehículos, se sentaban; esperaban la llamada del cliente, cuando se producía ingresaban nuevamente, dejaban el pedido, realizaban el cobro y se retiraban a seguir con los repartos.
Hoy no podré irme temprano, a esto me expongo al trabajar en una actividad de este tipo. Estoy cansado y aburrido de todo. No es posible hacer horas extras y no recibir nada a cambio. A esto debería añadir la obligación de realizar actividades en nada relacionadas con lo pactado al inicio. Se aprovechan de mi situación, no puedo decir nada, necesito el curro.
No bien la embarcó sintió un tirón en el brazo, le habían arrancado el reloj de la muñeca. Su primera reacción fue la de ir tras el ladrón, este cogió un vidrio del suelo y lo amenazó.
Es complicado encontrar trabajo, pero no me parece justo. Está bien, pertenezco al eslabón más débil del escalafón laboral. Por suerte puedo hablar del tema, aunque sea en un soliloquio, no tengo por qué estar de acuerdo con el trato. He leído sobre la existencia de un ente defensor de los derechos de los trabajadores, me pongo en la situación: denuncio el mal hacer de esta empresa, los intervienen, reconocen nuestros derechos y después, ¿cuál será mi situación?, ya sé, la de despedido, esos adalides de los derechos no me darán un sueldo, prefiero cobrar un ripio a no cobrar.
A sus espaldas había un grupo de chicos que le aconsejaban que no siguiera. Esa gente es peligrosa, no vayas tras ellos, no bromean cuando te amenazan —le decían—. Caminó un trecho hasta verlos entrar en un local, en ese momento reaccionó, lo mejor sería irse de ahí.
¿Cuánto tiempo llevaré aquí?, —¡es el colmo!—, esta gente piensa que no tenemos nada más que hacer, vale, son mis jefes, no mis dueños, no es difícil entenderlo, en fin… ¡Qué carajo!, ese de ahí parece mi profesor, ¿qué hace con ese camello? —me fijaré—, está comprando… ¡joder!, de lo que uno se entera, con la rectitud demostrada al dictar sus clases, sí, esos son los peores, aquellos que van dando consejos a todos, alguna vez tuve un problema con él, estaba con una compañera en el aula, él me pilló y me amonestó, lo veo y no lo creo, en fin, todos tenemos nuestros vicios, no lo juzgo.
En ese entorno se aprendían cosas de la vida, no era necesario asistir a más cursos, se podía ver de todo y las diversas interacciones de sus personajes hacían de este ecosistema un medio con normas y paradigmas propios.
El enfado era patente al pasar por el puesto de diarios cuando iba a la parada del bus.
—Desde hace buen rato te venían observando, mientras hablabas con tu amiga —le dijo la vendedora.
—¿Por qué no me avisó?
—No me meto en esas cosas, aquí cada quien se cuida solo.
—¿Para qué me lo cuentas entonces?
—Para que dejes de hacer el tonto, solo por eso —cuando escuchó estas palabras se dirigió a tomar su transporte, estaba cabreado, por eso desechó la idea de ir a estudiar, quería llegar a casa.
Así, como este rastro, era la ciudad, un lugar de contradicciones, en donde había distintos rostros, uno para el visitante y otro para los residentes.
El enfado aumentaba más cuando miraba la marca que la pulsera del reloj había dejado en su muñeca.

Mitchel Ríos