Creatividad

Llegar a tiempo

A menudo los trenes no eran todo lo puntuales que uno deseaba, la hora que aparecía en los billetes era referencial, era usual que se retrasaran y, sí reclamabas, te soltaban la muletilla: estás en…, no en…, nunca entendió esa frase, ¿acaso la puntualidad era patrimonio de un país u otro? —pensaba—, tras varios intentos de encontrar una respuesta inquiriendo a alguno de los responsables, llegó a la conclusión de que todo esto lo hacían simplemente para justificar su incompetencia; un modus operandi generalizado dentro del transporte de masas.
Desde hacía un par de meses, o menos, habían estrenado el servicio de alta velocidad a… desde…, prometían que el viaje, dependiendo de las estaciones en la que se detuviera, podría tener una duración de entre dos horas y cuarto a tres horas, lo cual era excelente, ya que el trayecto normal en coche demoraba, como mínimo, cinco o seis horas, sin duda este servicio era beneficioso para el ciudadano al que no le gustaba viajar en avión; pues le permitiría dedicar el resto de tiempo a cualquier otro menester más provechoso que ir sentado al volante de un vehículo.
Fue un boom, causó alboroto, llevaban muchos años detrás de su ejecución.
La demanda superó a las plazas ofertadas, de tal modo que, todo aquel que quisiera hacerse con un billete, pasaba a engrosar una lista de espera. Un mensaje te indicaba la cantidad de gente que estaba en ella, te asignaban un número y te recalcaban que en cuanto atendieran a los que estaban delante podrías hacer tu compra.
El primer tren que hizo su entrada a la estación fue recibido por una delegación del ayuntamiento, sentían como suyo el logro, recalcando que gracias a ellos se había llevado a cabo el proyecto, aunque simplemente lo inauguraron, pues los anteriores responsables hicieron el trabajo gordo, estás cosas tenía la política colocaba medallas a quien no lo merecía. Las autoridades entregaron unos pines conmemorativos a cada uno de los pasajeros, el presupuesto inicial para su compra era exiguo, por eso el encargado de llevar la contabilidad se dio la molestia de inflarlo, de tal modo que los precios fueran dignos del nivel de sus autoridades.
Los pasajeros recibieron gustosos el presente, se sentían partícipes de un momento histórico, único e irrepetible, podrían contar a sus allegados la sensación de haber sido los primeros en llegar en tren de alta velocidad, se escribirían libros y, si el estudio era documentado, citarían sus nombres, serían famosos. Asimismo, se podrían reunir en un futuro próximo para rememorar aquella travesía, formarían un club, podrían llamarse «Los primeros en llegar», si no estaba cogido, o, en su defecto, «Fuimos los primeros»; la cuestión era hacer que en la memoria colectiva perviviera el recuerdo de aquella gesta, un hecho anodino, tal vez, para algunos, pero sumamente importante para la comunidad, porqué abrió un camino a seguir por otros.
Viendo que sería intrincado hacerse con una plaza, decidió esperar, en algún momento le tocaría su turno y podría viajar, sería extraño estar tan pronto, pero esa era una mejora que ansiaron durante mucho tiempo.
Al final pudo conseguir un asiento, disfrutaría de la experiencia. A pesar de caer en sábado intentaría ser puntual.
Los viernes solía escaparse e ir de juerga, a distraerse y dejar de lado el agobio de la semana —se decía—, apenas terminaba su jornada regresaba a casa, se duchaba y salía a dar una vuelta, a lo que surgiera.
De este modo desconectaba y se evadía, para recuperar fuerzas, con eso en mente salió y recorrió varias calles, tenía presente que al día siguiente tenía que viajar en tren.
No planificaba nada, todo iba surgiendo, así sin más, cuando se planeaba algo nunca salía como se esperaba, mejor era improvisar.
Inició la noche con una copa en un bar cercano, un simple Spritz, bebida que descubrió en uno de sus viajes por el Véneto. Bromeó con los camareros y después, tras dejar vacía su copa, se fue a otro local. De camino, se encontró con varios colegas, como el grupo que se formó pasaba de cuatro personas, se decantaron por ir al sitio de costumbre, en el que les solían reservar una mesa (por ser clientes asiduos).
La noche fue avanzando y la diversión se fue acentuando, de tal modo que comenzó a olvidar lo que haría al día siguiente, la compañía hizo que el tiempo pasara rápido, la copas iban y venían, parecía que no se habían visto en mucho tiempo, solo se dieron cuenta de la hora al ser informados por el dueño del bar que cerrarían pronto. En tal tesitura el grupo se dividió y cada uno se fue por su lado, él en diez minutos estuvo en su casa, es una de las comodidades de vivir en el centro —se dijo.
Al llegar, observó la hora en el reloj, era tarde y tendría pocas horas para dormir, para no perder el tren activó la alarma, así se despertaría sin problemas.
Para poder llegar tuvo que coger un taxi, mientras se dirigía al lugar sintió como la mala noche hacía sus estragos, cuando el coche paró, se bajó y esperó llegar a tiempo.
Al entrar en la estación estaban llamando a los pasajeros de su tren. Con el malestar encima, pasó los controles, esperaba dormir todo el trayecto, a pesar de estar ilusionado Con movilizarse en ese tren de alta velocidad. La mala noche siguió pasándole factura, le dolía la cabeza, el cuerpo lo tenía descompuesto, solo esperaba que le tocara un asiento cómodo, sin nadie al lado, pero si no era posible, por lo menos un compañero de viaje agradable, mientras tanto, buscó el vagón al que debía subir, tendría que dirigirse al número trece y aún estaba por el cinco.