Creatividad

Lapsus

Corrió para coger el bus. Según la aplicación de transportes, el vehículo estaría en la estación en tres minutos.
No hacía mucho que la instaló y lo hizo porque se la recomendó un colega. Argumentaba que le era de gran ayuda, gracias a ella podía planificar su tiempo, no tener apuros, movilizarse tranquilamente, era una maravilla. La única pega era que no preveía si había asientos desocupados o demasiada gente de pie, si tuviera un apartado así —añadía—, sería la app perfecta. Debido a todas esas ventajas, la descargó y comenzó a llevarla en el móvil, era imprescindible.
Es sencillo instalarla —le indicó—, solo es necesario facilitar el acceso a tu ubicación, según arguyen los programadores: Su trabajo es más efectivo con este permiso. Esto le causaba temor, le parecía que era una forma de controlar al usuario, pero al ser un programa recomendado, dejó de lado su reticencia.
Imaginó que solo bastaría con explorar el store. La buscó y obtuvo varios resultados, sin embargo, no había ni rastro de la recomendada. No se explicaba cómo era posible no encontrarla, si era «tan popular». Para salir de dudas volvería sobre sus pasos y lo intentaría con cuidado, no quería meter la pata y terminar siendo víctima de algún malware. Estos procesos maliciosos se instalaban de forma inocente y causaban problemas en el equipo telefónico.
Un día, revisando por casualidad la factura del teléfono, notó que aparecían cobros por consumo fuera de su cuota mensual. En la descripción detallaba que se había suscrito a servicios de chat, era extraño, pues a él le parecían risibles. Para salir de dudas contactó con el servicio de atención al cliente. Al marcar el número le contestó una operadora automática, le pidió que se identificara para continuar con la operación, posteriormente le dio la opción de ser atendido por uno de sus agentes.
Este, al ser informado de lo sucedido, le dio una respuesta rápida. —Esto se produce al suscribirse a un servicio de citas online —¿Cómo era posible? —se preguntó—. A veces uno lo hace sin querer, solo es necesario hacer clic y zas: inscrito en un servicio de pago. Nosotros no podemos hacer nada, nos aparece que la operación es correcta, ahora, si es voluntaria o no, es algo subjetivo, en este caso entraríamos en campos alejados de nuestro control, el de la toma de decisiones, como verá es poco lo que podemos hacer.
—¿Me devolverán lo pagado?
—Mire usted, he visto muchos casos como el suyo y no, no le devolverán el dinero. Puede parecerle mal, pero esto es como una ruleta rusa y, en esta oportunidad, le tocó a usted. Así en confianza le comento: la empresa nunca pierde, sería en vano reclamar, pues, como le dije, es difícil comprobar que la compra no fue voluntaria. Quizá la solución sea bloquear las compras a terceros, no obstante, ese trámite no se realiza desde atención al cliente.
Al ver que sería en vano cualquier objeción, dijo un par de cosas más y colgó. Tras hacerlo se quedó con una sensación rara, sentía que le habían tomado el pelo, en especial con eso de la ruleta rusa, porque no le solucionaba nada.
Solo un tonto contrataría un servicio así —se lamentó—, desde ese día fue más cuidadoso.
Tras esa charla infructuosa lo primero que hizo fue bloquear el servicio de compra a terceros, después llevó el equipo a una tienda de móviles y solicitó que lo dejaran como recién comprado. Al momento de dejarlo, uno de los encargados de esa tienda trató de venderle un equipo nuevo, pero desistió de la oferta, no tenía planificado renovar el suyo. Con ese proceso, el de resetearlo, consideró que era suficiente, lo había leído en internet, en una página especializada, aconsejaba hacerlo en casos similares al que sufrió.
No encontró la aplicación, por eso tuvo que llamar a su colega. Este recordó que la había descargado de la página de la empresa, para eso tendría que entrar en su web y buscarla. Descargó como debía ese programa y lo instaló, proporcionó todos los permisos necesarios, dio continuar a todo y la instalación concluyó.
Testeó el programa y le pareció que iba bien, aparecían horarios y recomendaciones, le sería útil, pero al nivel de las loas de su colega, no.
Estaba a un par de bloques de la estación, miró la aplicación y faltaban tres minutos para que el bus pasara, si no lo cogía, tendría que esperar cuarenta minutos para el siguiente. Se apuró para llegar a tiempo, corrió, porque si iba al ritmo habitual era imposible llegar en un lapso tan corto, y estuvo ahí, a tiempo, según la aplicación faltaba un minuto, se sintió más tranquilo, tomó asiento en la parada y esperó. Pasó el minuto y no apareció el bus, tal vez habría sufrido una avería, sino, no sabría a qué se debía la demora. Volvió a ver la aplicación y se dio cuenta de que había confundido la hora de salida con la hora de llegada, tendría que esperar.

Mitchel Ríos