Creatividad

La espera

—Cuando llegue a ochocientos volverá a cero.
—No estoy muy convencido, ¿y sí no es así?
—Tengo la completa seguridad.
Estábamos obligados a estar en la cola, no había otro modo. Veíamos a la gente deambular; en sus rostros observábamos aspavientos de lo más diversos, demostraban sentimientos disímiles, probablemente algunos no pudieron llegar a tiempo al tren y otros no consiguieron el billete para partir, esto último, debido a la poca celeridad en su expedición. La gente iba y venía, el eterno ciclo de partir y llegar se representaba en esta terminal.
—¿Hay cincuenta personas por delante de nosotros?
Habíamos cogido un ticket con nuestro turno, lamentablemente la máquina estaba hecha un desastre, se tenía que hilar fino para poder obtener uno.
Respondiste al mensaje, para eso se tuvieron que dar múltiples circunstancias, no sé, con seguridad, en qué etapa de tu vida estás, ahora que lo pienso, había una canción que me hiciste escuchar, desde esa vez quedé prendado de ella. Con el tiempo, siempre que sonaba pensaba en ti.
A pesar de ir por senderos distintos —nos perdimos la pista—, siempre tuve la esperanza de volver a encontrarte —por un momento dejó de escribir, los recuerdos, para variar, nublaban su mente. Pasaron varios años como para estar convencido de la veracidad de esas remembranzas, tal vez, solamente habían pasado en su cabeza, contrastar las evocaciones con el presente no es la mejor idea, siempre quedan hilos sueltos, elementos que no encajan, momentos que se ven mejor a la distancia y no de cerca—. Todo da vueltas, uno nunca sabe lo que nos deparará el futuro.
—¿En dónde dice eso?
—Aquí, mira.
—No es necesario que me acerques tanto el ticket.
—Como no crees lo que te digo, no me das más opciones.
—Te creo, pero si hubiéramos conservado el primer número que salió, en lugar de dárselo a esa señora.
—Estaba delante de nosotros.
—Eres tan buena, en serio, no se puede ir así por el mundo. Te vas al extremo, considero que eso da pie a abusar, si no, acuérdate de lo del banco, estábamos delante haciendo trámites, sin embargo, te sentías mal porque había gente esperando, incluso comenzaste a pedir disculpas, cuando en otras circunstancias no hubiera pasado lo mismo, después, como siempre, tuvimos posiciones distintas y, para variar, terminamos discutiendo.
—Eso es así porque eres tonto.
—Soy como tú eres, nada más, cuando nos toca esperar, pones cara de culo, ni más, ni menos, espero que, así como tu consideras que estás en tu derecho de hacer esperar al resto, consideres a los que están antes de ti ejerciendo su derecho para hacer lo mismo, pero no, eso no pasará, te enfadarás y yo tendré que aguantarte.
—Espera, ¿me parece o te estás enfadando?
—No me enfado, solo te recuerdo las actitudes que tienes.
—Tengo muchas y variadas.
—Ese es el problema.
Luego de pasar por la máquina, la gente seguía entrando y saliendo, parecía como si fuera el día en el que todos habían decidido reunirse.
—Por la espera te llevaré a tomar una copa de vino.
Se reabrieron puertas rememorando mis actitudes pueriles, hasta ahora superadas, ¿puede haber alguien que tenga ese poder?, fue una buena época, de eso no hay duda, pero en cierto modo todo es diferente, en esencia seguimos siendo los mismos, pero, por otro lado, tenemos responsabilidades, una vida hecha, otro círculo de gente que nos rodea, otras perspectivas de la existencia.
Los números pasaban —el aburrimiento hizo mella en él—, trató de iniciar una conversación; fue en vano. —tú acércate a comprar el billete, yo espero —le dijiste—. Metiste la mano en el bolsillo de la chaqueta y sujetaste el móvil —trasteaste con él—, no había nada novedoso, si hace cinco minutos no tenía nada interesante ¿qué te hacía creer que ahora lo tendría? —se inquirió—. Abrió una app, por acto reflejo, si alguien le preguntaba como se hacía, le resultaría difícil explicar, es lo que tiene hacer las acciones de forma mecánica, casi nunca recuerdas como se hacen.
—Una bebida, ¿crees que eso compensa la espera?
—Lo tomas o lo dejas.
—Tendré que pensarlo.
Esperaba que siguieras siendo la misma y me hicieras sentir del mismo modo que en el pasado —no tenía exigencias—, a estas alturas cualquier gesto tuyo me sentaba bien, era mejor de ese modo, no esperar nada —vivíamos otras situaciones—. Esa puerta abierta, seguirá así, no sé por cuanto tiempo, tal vez, hasta que me dé cuenta que el pasado nunca volverá, todo terminó, todo se olvidó, ya no eres la de mis recuerdos… cambiamos.
Después de unos cuantos minutos volviste con las manos vacías, no te convenció el precio del billete, te pregunté si nos regresaríamos a casa, tu respuesta fue diferente, iríamos a una agencia de viajes, buscaríamos opciones, no nos quedaríamos con las ganas de viajar, estaba planificado, por lo tanto, teníamos que llevarlo a cabo, ese era el propósito, algo que deseábamos, por eso no querías quedarte con las ganas, me pareció bien, estaba de acuerdo. Yo mismo iría para que todo se hiciera como querías.
Un amigo habló de una ciudad, cuando te pones con un tema parece que todo el mundo se refiriera a él, todos van en la misma dirección, te inyectan ideas por las venas, una sencilla confabulación de momentos, ideas y factores que podrían intervenir. Al oír el nombre de aquel lugar, pensé en ti, no dije nada, callé. Sería un buen lugar para visitar, quizás nos encontraríamos… era una simple idea, pero probablemente no se daría —¿quién sabe?—, era una cuestión de fe, confiar en un encuentro, ese que nos debíamos.
—¿Ahora vamos a por las cañas?
—Dije vino, ves como no me prestas atención.

Mitchel Ríos