Creatividad

La compra habitual

Estaba apoyado en el mostrador, como siempre, pretendía buscarle conversación a la encargada de vigilar las bolsas en el súper. Una vez recibidas, les ponía una pegatina y entregaba un papel con un número al dueño, así se podía saber la taquilla en donde la guardaba. El aire acondicionado estaba a tope, se notaba el contraste al entrar, el golpe en la cara tras cruzar la puerta era notorio. Me acerqué a la mesa, este día había una chica diferente, la de la semana pasada era otra, aparentemente las cambiaban a menudo.
—¿Tengo que dejar mi bolsa o puedo entrar con ella?
—Puedes entrar con ella, pero te recomendaría que la dejes, yo te la cuido.
El sitio estaba abarrotado, supuse que, al ser día de semana, estaría despejado, mi presunción estaba equivocada. La fila para pagar se comenzaba a hacer más larga, en ese momento, una voz avisó a la gente que la caja seis comenzaría a estar operativa, podían ir pasando de acuerdo al orden. Decidí cambiar, pasados algunos minutos, me arrepentí, la otra iba más rápido, no podía regresar, la mía avanzaba lentamente.
En una sucursal del banco estaba esperando mi turno, necesitaba consultar unos movimientos en mi cuenta, se podía hacer por medio de la banca online, pero necesitaba certificarlo con el banco, tener una hoja firmada y sellada.
¿Cuál es la cantidad más alta que has ingresado?, quizás unos quinientos euros, déjame confirmarlo —se puso a observar el monitor del ordenador, parecía concentrado, quería que me diese pronto la información, para salir de ahí, no era un lugar en el que me gustara estar—. No veo ningún movimiento de esa cantidad, bueno, dije quinientos por decir algo, si es así yo te puedo decir que tu cuenta esta en rojo ¿cómo lo ves? —miró a su compañero y soltó una sonrisa—, en eso, tal vez, se equivoca, estoy seguro que hay saldo en mi cuenta, muy bien —seguía sonriendo—. Quiero que me imprima los movimientos, vale, pero eso te va a costar un euro, ¿tengo que pagar en efectivo?, no, hacemos el cargo directamente en la cuenta —frunció el ceño—.
Se acercó a pagar una señora, llevaba en las manos un puerro y zanahorias, el encargado cogió los productos, los pasó por el lector de barras y le dijo la cantidad a pagar, la septuagenaria cogió su monedero, estaba lleno de calderilla, sacó unas monedas y tranquilamente —con una paciencia única— se puso a contarlas, parecía que pasaban siglos, la fila de al lado avanzaba sin detenerse, seguía en el aire mi mala decisión.
Esperaba salir pronto de allí, el ambiente fresco se había cargado, llegar a casa, darme una ducha —estaba transpirado—, era insoportable caminar así, sería mi tercer baño ese día, pero era la única manera de encontrarme a gusto. Salir a la calle con ese calor sería insufrible. Comenzaba a imaginarlo.
La muchacha que cuidaba las cosas estaba conversando con un chico.
—A mí me gusta el Vodka.
—¿Es blanco?, ¿Verdad?
—Creo que sí —Acabas de decir que te gusta esa bebida y no sabes cuál es su color, no soy un cotilla, pero si pensabas ligar así, mal te iría—.
Tuve que esperar unos cinco minutos más. Después de pagar, me acerqué de nuevo al mostrador:
—Perdón, tengo que dejar estas cosas en mi bolsa, la que me guardaste al entrar —pesaba, lo sé, me la alcanzó con algo de esfuerzo—, no podía pasar el mostrador en el que ella se encontraba, sino le hubiera ayudado, no pude. Puse la compra y me encaminé a la otra área del súper.
Fui al otro lado, quería coger unas cervezas, unas que se asemejaban al Nestea, pero por lo menos calmaban la sed. Cuando estaba regresando a la caja, noté de reojo que alguien más se acercaba, quise ganarle, es más, le gané, llegué antes a la fila, había dos personas delante de mí, pidió permiso y pasó. Consideré que no la dejarían; a pesar de mi cálculo le permitieron pasar, por lo visto este no era mi día. Llegó mi turno para pagar, le di a la cajera una moneda de dos euros.
Me acerqué por última vez al mostrador, el tipo seguía ahí con la chica, pedí mi bolsa para poner el paquete de seis cervezas en el fondo de todo, no quería apretar y echar a perder la barra de pan, el queso gouda, tampoco quería que se dañara el brécol que había pillado de oferta, los tomates, ni el pavo al ajillo, los filetes de cerdo, las patatas, el pan de centeno, por eso comencé a reorganizarla.
No sé por qué le tengo manía a este sitio, atienden bien y sirven buenos desayunos, pensé que tenía que ver con que no te traían el café a la mesa, tú debías ir a la barra y cogerlo, tal vez, pero aún no me queda muy claro, de aquí a dos bloques hay uno en donde te sirven el croissant a la plancha, además te ponen mantequilla y mermelada, estoy segura que aquí también, claro, si se lo pides.
—A veces me mando unas buenas con él.
Hablaba convencido, seguro de sí mismo —como un necio—, me hacía gracia; no dije nada. Trataba de mostrarse abierto hablando de sus borracheras; para mí, causaba el efecto contrario —decirle a una tía me gusta el alcohol y se me da bien, quizá sería mejor hablar de un tema menos banal—.
—¿Tú vas al gym?
Terminé de arreglar mis cosas, di las gracias, cogí la bolsa, me la puse en el hombro y la dejé en ese trance, no parecía estar a gusto, tenía cara de circunstancias —en este mundo hay mucho pesado, quizá por educación no decía nada—. salí, me topé con un tipo que pedía limosna, lo esquivé, vi al semáforo cambiando a verde, para poder cruzar, apuré el paso.

Mitchel Ríos