Creatividad

Indiferencia

Se comenzó a escuchar una voz, su mensaje, al inicio ininteligible, se fue haciendo más claro.
Los vagones estaban saturados de viajeros, era hora punta por la mañana, moverse en esa marea de gente era difícil, era necesario pedir permiso para poder situarse, poder encontrar un lugar en donde encontrarse a gusto, esperando la siguiente parada para bajar.
Todos escuchaban las palabras, sin embargo, algunos se hacían los desentendidos, hacían el paripé, ponían cara de que no se enteraban.
La gente, a determinadas horas, era más propensa a no usar los modos usuales de cortesía, lo cual generaba un ambiente tenso, en donde todos miraban a todas partes, desconfiando de quien tenían al lado.
Quien formulaba el discurso era una mujer de mediana edad, de estatura pequeña y de cabello ondulado, canoso.
La mayoría de veces todos iban en silencio, atentos a la voz de los altavoces que indicaba el nombre de las estaciones, no interactuaban entre ellos, era una masa uniforme de gente que se dirigía a algún sitio sin mediar palabra.
Hablaba con seguridad, elevaba el tono y trataba de mirar a todos a los ojos, aunque algunos esquivaban su mirada, se centraban en sus libros, móviles o, simplemente, se miraban los zapatos.
Cuando iba con su grupo de amigos, intentaba hablar sin elevar demasiado la voz, procurando no incordiar a los demás, aunque cuando la charla se volvía interesante, su intención inicial era olvidada sin que se dieran cuenta.
Esperaban que en algún momento se callara, si antes no se cansaba de hablar y les dejara continuar con su viaje, tal como había iniciado.
Sin embargo, eran pocas las veces en las que iba en esa línea con compañía, usualmente su viaje era en solitario, iba en silencio tratando de distraerse con cualquier cosa.
Esperaban que solo tendrían que aguantar dos o tres estaciones, tras ello, la atmósfera volvería a su monotonía de todos los días, a esa en la que cada quien iba a lo suyo, sin prestar atención a sus acompañantes eventuales.
En ocasiones se imaginaba recorriendo a pie las vías, ¿sería cómodo recorrerlos en la oscuridad? —se preguntaba—, ¿habría algún inconveniente por hacerlo?, si lo hacía mientras los trenes brindaban el servicio, lo más probable era que no fuera posible, notó que había poco espacio para moverse entre las paredes y los trenes.
Se cansaría en cualquier momento, si antes la apatía no la amedrentaba y hacía que se bajara.
Imaginaba que sería posible recorrer la ciudad sin necesidad de salir a la superficie, siguiendo un determinado camino llegaría a donde quisiera, habría miles de túneles, de los cuales el solo conocía unos pocos.
A pesar de esa posibilidad siguió hablando convencida de que, por lo menos, alguno se interesaba por lo que estaba diciendo.
No sería una mala idea intentar conocer cada estación, cada ruta que recorrían los trenes, aunque para eso se requiriera invertir mucho tiempo.
Iba y venía por los vagones, con las mismas palabras en los labios, con el mismo mensaje, con los mismos modos.
Mientras pensaba en ello fue interrumpido por un sonido, por unas palabras que lo llenaban todo.
Al parecer se había aprendido bien su discurso, quizás no era la primera que lo expresaba, por su forma de hablar estaba acostumbrada a formular las mismas oraciones, las mismas expresiones.
Trató de fijarse de donde provenía y notó que hablaba alguien a sus espaldas, tuvo que hacerse a un lado para dejar que pasara.
Su discurso no era del todo espontaneo, era aprendido, se repetía línea por línea, tal vez, era el párrafo de un libro, aquel que quisiera saber de qué obra se trataba tenía que prestar atención, pero era poco probable que alguien lo supiera, no daba la impresión de que hubiera alguien interesado.
No se imaginaba que alguien dedicara su tiempo a tal actividad, ¿le reconfortaría?, ¿se sentiría bien?, él no haría algo así.
Podría seguir con su camino, formulando las mismas expresiones, sin que nadie le preguntara, sin que nadie mostrara que valoraba su activismo.
Más aún a esa hora, cuando era difícil moverse, cuando el vagón iba repleto.
La gente bajaba y subía, cuando se detenía el tren, dejaba de hablar, esperaba a que se acomodaran los pasajeros, volvía a pronunciar su discurso.
Sin voltearse intentó descifrar de que libro se trataba, por los pasajes parecía que era un texto conocido, tendría que oír más partes para poder reconocerlo.
Iba de un lado para otro, a pesar de lo incómodo que resultaba.
Buscó en su bagaje de lecturas para dar con algún pasaje que se pareciera, pero no fue posible, el texto le resultaba desconocido, a pesar de su primera impresión.
La incomodidad parecía no afectarle.
Al bajar en su estación indagaría sobre él.
Estaría acostumbrada, lo repetiría muchas veces durante el día.
Intentó memorizar alguna de las frases, hubiera sido más fácil que cogiera un boli y lo apuntara en una hoja, pero hacer eso demostraría que estaba interesado en la voz que se oía y él no quería dar esa impresión.
Hablaba y hablaba, caminaba, se adentraba entre la muchedumbre.
Quería demostrar desinterés, no quería pasar por el mal trago de que se detuviera y le hiciera algunas preguntas, se imaginaba que sería un momento desagradable.
Confiaba en su mensaje, en las palabras que vocalizaba.
Por eso de soslayo prestaba atención, se repetía cada palabra.
La desidia no la acobardaba, estaba segura de sí misma, así nadie la escuchara, ella cumplía con su labor (autoimpuesta), por algo decía: el que quiera oír que oiga —decía, mientras seguía su camino.
Y el que no quiera oír, también —se dijo para sí mismo.
El viaje continuó, el discurso también y como no, la indiferencia.