Creatividad

Ich liebe dich

Iban en el bus. Hasta ese momento solo coincidieron en la biblioteca y en un par de cátedras dentro de la universidad. Su relación no pasaba de un hola, cualquier otra palabra utilizada era superficial, no se podía decir que entre ellos existieran conversaciones profundas.
Durante una época iba a clases para hacer acto de presencia, no me fijaba en los compañeros, iba a lo mío, sin cruzar palabras con nadie. Estaba matriculado en cursos en los que era necesario asistir una cantidad determinada de veces, con eso podía tener beneficios, esta postura terminó al conocerla, se ubicaba de forma paralela a mi posición durante el dictado de las asignaturas, al inicio no hubo constancia en el trato, pasó un año hasta relacionarnos y llegar a charlar amistosamente, fue un proceso lento y paulatino, fuimos pasando por etapas, nos fuimos conociendo mejor. Una de las cosas que tiene el ir conociendo a alguien es la destrucción de las barreras, los intercambios de pareceres se van haciendo más íntimos.
Comenzamos a hacer migas en una clase de literatura local. No recuerdo entorno a qué giró nuestra primera conversación, tuvo que ser interesante, por eso seguimos en contacto.
Era una alumna de intercambio, llevaba varios meses en la ciudad, estaba interesada en conocer el lugar y trabajar haciendo obras sociales, le gustaba el ambiente del centro de estudios. No me entraba en la cabeza que alguien con dos dedos de frente estuviera interesado en asistir a esta escuela, no se caracterizaba por ser un referente académico.
Nos hicimos amigos, habitualmente la veía contenta, pensé que era feliz, sin embargo, tenía problemas como todo el mundo, esto confirmaba que la felicidad no existe —la total, no—. La cara de alegría que mostraba era su estrategia de sobrevivencia.
A ti te han enviado a esta facultad como castigo —le decía—. Al inicio no hablaba bien el idioma, con el paso del tiempo llegó a un buen nivel, se hacía entender perfectamente, —la habilidad que demostraba me sorprendía—, mejoró nuestra comunicación. Nuestros encuentros se hicieron cotidianos, me daba consejos para mejorar en los estudios… yo le hablaba de la vida.
Nunca fui bueno para los idiomas, me gustaba ir a la escuela de lenguas extranjeras para estar fuera de casa, su estudio no me parecía necesario, en mi mundo ermitaño con saber dos palabras me bastaba. Sin embargo, durante una época, como un proyecto personal, se me dio por aprender frases en otras lenguas —es sorprendente lo que logra el aburrimiento—.
Cuando no podíamos estudiar en la biblioteca porque estaba ocupada por hordas chillantes nos dirigíamos a su piso, repasábamos los apuntes, redactábamos y retornábamos a la cátedra, me comenzó a ir mejor, esto estaba bien, por lo tanto, valía la pena seguir preparándonos juntos.
Una vez nos dirigimos a su apartamento y nos encontramos con una de sus amigas, ese día le había dejado las llaves para que estuviera con su chico, al parecer eran amigas desde hacía mucho tiempo, las bromas con doble sentido lo demostraban, no me enteraba de nada, por eso me quedé callado. Al término de su cháchara nos quedamos solos. Mientras yo me encargaba de ordenar los apuntes del día, ella se metió a la ducha.
Cuando no coincidíamos yo me iba por mi lado a estudiar, me gustaba los lugares apartados, en especial cuando tenía exámenes. En esa ocasión estaba revisando los textos de una materia que me fastidiaba, no era difícil, pero se me atragantaba, en ese instante, no sé cómo, noté a alguien en pie delante de mí, al principio no me di cuenta de quién era, luego la reconocí, se encontraba mal, su rostro tenía marcas de lágrimas, se acercó, nos abrazamos, así estuvimos un buen tiempo —no sé cuánto—, parecía como si todo se hubiera detenido, nos olvidamos del universo por un momento, su pareja salía con alguien más.
Su pareja era el encargado de un bar, las veces en las que la acompañé —mientras aguardaba—, para hacer menos tediosa la espera, me ponía a beber una copa o simplemente me quedaba en la puerta fumando, no solía demorar demasiado, solo pasaba a saludar. Más de una vez, al estar en la calle, nos dirigíamos a un restaurante italiano que estaba cerca, después de cenar, a veces pasta, otras veces pizza, acostumbraba a embarcarla en un taxi y yo a irme caminando.
Esa vez, cuando nos vimos en el bus, me senté a su lado, comenzamos a charlar, el viaje se hizo corto. Como estaba interesado en aprender frases en otros idiomas se me ocurrió preguntarle cómo se decía te quiero en el suyo, ella cordialmente lo dijo, sin embargo, no entendí, por eso le pedí que lo escribiera, lo anotó en un papel: Ich liebe dich, traté de leerlo, pero no fue posible —soltó una carcajada—. Durante el trayecto se dedicó a enseñarme la pronunciación, fue difícil. Una vez aprendida la memoricé para usarla cuando fuera necesaria.
Solo estuvo un año más en la escuela, luego regresó a su país, le sorprendimos con una fiesta de despedida, se desarrolló de forma tranquila y nos divertimos, todos sus amigos asistieron. A los pocos días efectuó su viaje de regreso. Quedamos para seguir en contacto, unos cuantos meses nos comunicábamos a menudo, sin embargo, a la distancia cualquier tipo de relación no funciona.
Al siguiente año llegó otra alumna de intercambio, por coincidencia del mismo país que mi amiga, nuestro primer cruce de palabras se dio en una librería, estábamos ahí para recoger unas copias que nos solicitó el profesor. La saludé, después de hablar unos minutos me confirmó el país de donde provenía, en esa circunstancia la interrumpí y le dije:
—Sé pronunciar una frase en tu idioma.
—¿Cuál…?
—Ich liebe dich.

Mitchel Ríos