Creatividad

Gestiones

¿Por qué te complicas tanto la vida? —dijiste—. Elegía el camino largo —verdad—, buscando demostrar que se podía salir airoso en situaciones de ese tipo, tú respondías con un: No sabes gestionar el tiempo. No lo entendías, tomar la vía difícil suele mostrarnos de lo que estamos hechos, también nos prepara para retos más intrincados; pruebas en donde se requiera carácter, suele ser sinuoso, lleno de trabas.
Nos cruzamos de nuevo por casualidad, no sé cuántos años habrían pasado —unos tres lustros o cuatro— desde la última vez, no llevaba la cuenta. La situación fue inesperada, tomé la calle equivocada y estabas deambulando por ahí. Al principio no me di cuenta de tu presencia, tú, como siempre, estabas más atenta. Te reconocí por tu modo de saludar, te acercaste e iniciamos una charla. Te referías a nuestro pasado como si hubiera sido ayer, tenías buenos recuerdos. Al escucharte se adueñó de mí una sensación extraña; no recordaba esos momentos cómo tú.
Te enfadaste, pensaba que te gustaría el resultado, ese fue el problema, pensar. Tu reacción me descolocó, me sacaste en cara el tiempo empleado. Es necesario que tomes un curso de planificación del tiempo —argüiste—. Argumentos, no te faltaban, soltabas varios, todos de peso, por eso no dije nada, simplemente escuché.
Debía echar mano de esa estrategia, en algún momento te cansarías; no era sencillo, terminabas y volvías a empezar. Eras incansable, no se me ocurrían ideas concretas.
Me fijaba en tus gestos y tu forma de hablar del pasado, las tardes en la plaza, éramos otros —como dijo Neruda: Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos—. Alguna vez pasaba por ese lugar y pensaba en ti, pero todo pasó, esas rememoraciones fueron colocándose en un segundo plano. Las imágenes dejaron de ser persistentes, me di cuenta que no podía seguir atado a esa época, tenía que mirar hacia adelante.
Seguías repitiendo eso de complicarse por gusto. Al inicio lo hacías cada vez que pasaba un minuto, luego te fuiste sosegando, más cuando parecía que todo volvía a la calma, empezabas de nuevo, ahora con más enfado. Era sorprendente, estaba ahí sin poder hacer nada, ¿alguna vez has sentido impotencia?, eso era lo que sentía, no poder decir nada, si lo hacía, mis palabras eran duramente criticadas, por no decir que las devolvías con furia.
Miraba tu cara, las sonrisas que soltabas, en ese instante hubiera querido recordar de la misma forma que tú; no era tan sencillo, me quedé callado, te dejé hablar todo lo que te apetecía, no eché a perder tu evocación, traté de mantener un semblante tranquilo, haciéndote creer que estaba interesado en tus palabras. No dejabas de hablar; tu discurso se hacía ininteligible, dejabas de ser clara, comenzabas a divagar y eso me alejaba de tu espacio.
Era tu forma de ser, malos momentos los tiene cualquiera, eso se entiende, lo reprochable era cómo se había llegado a esa situación. Por decisiones tontas se desencadenó esa retahíla de gritos y de reproches. Solo por querer hacer algo bien.
Pensaba en cualquier cosa para abstraerme; lamenté cruzarme contigo, no hay nada más aburrido que estar escuchando a alguien que no te motiva nada, debería existir un botón para desconectar.
Teníamos tantas cosas en común, pero en momentos como ese parecía que no había nada, éramos un par de desconocidos, no nos valorábamos. Hablar enfadado no sirve de nada, solo funciona para romper cosas, herirnos, dejarnos maltrechos, confusos, decepcionados y ver todo opaco, sin percibir una luz al final del camino.
Avancé, seguí mi camino, no me desvié, crecí, pasé página, esto fue lo importante, pasarla y buscar otras opciones, me sucedieron más cosas, conocí más gente.
No me diste opción, seguías hablando y no dejabas intervenir. Era una mala costumbre que siempre tuviste, no la cambiaste en este tiempo y esto me sirvió para pensar en ese pasado, ¿por qué no funcionó?, ¿por qué nos dejamos ir y no seguimos juntos?
No sabías administrar tus palabras.
No sé gestionar mi tiempo, si supiera hacerlo, no estaría en pie escuchando a alguien que no me aportaba nada, solo me hacía recordar una parte de mi vida que tuvo su momento y dejó de ser. Esto, también, era una forma de complicarme la vida.
Terminaste de hablar, tenías cosas por hacer, te despediste y quedamos en volver a charlar, asentí con la cabeza, pero no pasaría.

Mitchel Ríos