Creatividad

Flyers

Leyó, por casualidad, en un papel tirado en la calle, un aviso. Dedujo que era de coña: Se busca a sumiso financiero, luego se añadía un número de teléfono, por el código era de la ciudad de…. Para cerciorarse de que no fuera una inocentada, observó el calendario y no, no era 28 de diciembre, era otra fecha, no tan célebre.
Era habitual encontrarse papeles tirados por la calle (en especial cuando no pasaba el camión de la basura), se los podía encontrar en los coches, en la acera, por todas partes. Sin embargo, un recorte como este, con ese tipo de contenido, nunca se le pasó por delante. Los que más abundaban eran los de las casas de citas. En un pedazo de cartulina, del tamaño de una tarjeta de presentación, colocaban las fotos de mujeres mostrando sus cuerpos en ropa interior. Sin lugar a duda este tipo de publicidad era sexista y cosificante, esta terminología la aprendió leyendo manifiestos que buscaban extirpar las ideas patriarcales, muy asentadas en nuestra sociedad.
Tenía sentido el reclamo, no se podía pensar que un ser humano podía servir solo para satisfacer algunas necesidades, su razón de ser era más intrincada, como sostenía Sartre: el ser humano es un fin, no un medio. Pensar en ellas como un mueble más, era de una simpleza supina. Huelga decir que comulgaba con sus manifiestos, por lo menos, hasta el momento no había leído ninguno que fuera en contra de lo que pensaba, si en alguna ocasión lo hacía, lo expresaría en los foros respectivos.
Las propagandas, además de estar orladas por la foto de las féminas, también incluían su nacionalidad, de tal modo que venían con una banderita. A los que más gracia les hacían era a los críos, las juntaban e intercambiaban las repetidas, yo tengo la de este país, si quieres te la cambio por una de… —era un juego para ellos—, se convirtieron en pasatiempos.
En ese momento sería preciso que los padres les informaran sobre significado, la explotación que había detrás: no era un tema para tomárselo en broma o jugar con él, las muchachas que aparecían sonriendo estaban siendo obligadas a estar ahí, no lo hacían porque les gustara. Se veían inmersas en mafias que las amenazaban y las traían al país para ganar dinero, obviando lo que ellas anhelaban. Muchas venían engañadas (por no decir todas), les prometían un futuro mejor, ellas, esperanzadas, se dejaban embaucar. Cualquier cosa era mejor que seguir viviendo en su lugar de origen. Una vez aquí se daban de cara con la cruda realidad, nada de lo prometido era verdad, ahora tenían dueños y si protestaban eran maltratadas, haciéndoles ver que sus vidas no valían nada —te puedo tirar a un contenedor y nadie se preocupará por ti —les decían—, ante eso no podían decir nada, tenían que obedecer y agachar la cabeza.
El juego les resultaba risible a los padres, incluso algunos lo motivaban (inocentemente), hoy en el coche encontré estos —le decía el padre al hijo—, los niños se alegraban, venga, más tarjetas para la colección —decían entre risas.
Después de imaginar todo esto, se dijo que tratar de explicárselo a unos chavales sería difícil, tal vez no lo entenderían, más bien los confundirían o generarían recelo. Lo mejor, en todo caso, era que las autoridades hicieran algo para erradicar la trata, pero muchas veces se les iba de las manos, sino no podía explicarse como no dejaban de proliferar estos avisos.
Aparte de esos, también había flyers que ofrecían servicios de fontanería, carpintería, informática y cerrajería, este último lo usó un par de veces. Era amigo de dejarse las llaves en el sofá de casa, solo se daba cuenta al revisar la mochila, era consciente de que era desordenado por naturaleza, por eso, a pesar del enfado inicial, se justificaba y trataba de buscar soluciones.
La primera vez que le sucedió (se le hizo de noche), estaba apurado y eso lo retrasó. Como no sabía de nadie que pudiera abrirle la puerta, fue a preguntar a uno de sus conocidos, este le dio una tarjetita —la había encontrado tirada—, tal vez le serviría. Llamó y le contestaron con un tono seco, cuando explicó su problema este cambió, el trato fue más amable y le indicaron que uno de sus especialistas estaría en media hora en el lugar. El trabajo fue sencillo, solo fue cuestión de meter un pedazo de metal a la altura de la cerradura, tuvo que ayudar un poco para levantar la puerta, una vez que cedió, ese instrumento se acopló y la entrada quedó despejada. Pagó sin poner pegas el precio que le dijo, le podía la alegría de verse con el problema solucionado.
Al ingresar confirmó el lugar en donde había dejado el llavero, no había dudas tendría que ser más cuidadoso, o, en su defecto, tener un juego extra de llaves, para evitarse esos sinsabores. Pero esa iniciativa quedó en nada, no bien volvió a sus quehaceres, la olvidó. No fue hasta la segunda vez, al verse inmerso en un lío parecido, que la llevó a cabo, debido a que la puerta no se pudo abrir, como la primera vez, tuvieron que romper la cerradura. A pesar de los vanos intentos por salvarla tuvo que cambiarla. Esta al ser nueva venía con dos juegos de llaves, de ese modo, dejó uno en la mochila, no la volvería a sacar de ahí o, por lo menos, no a corto plazo, más, conociéndose era cuestión de tiempo volver a estar en un imprevisto así.
Tiró el papel, el mensaje era tonto de por sí, no valía la pena perder el tiempo. Nadie con dos dedos de frente se daría la molestia de guardarlo, sería iluso tomarse en serio unas palabras de ese estilo, pero si alguien llamaba —pensó— o quisiera ser sumiso en ese asunto… Pobre incauto —elucubró—, no le dio muchas vueltas al asunto, al final, hay gente para todo —se respondió.

Mitchel Ríos