Creatividad

Fin de año

Estaba cambiando de emisora en la radio —la música sonaba monótona y necesitaba espabilar—, era preciso mantenerme despierto para poder estudiar. No era usual que durmiera mucho, pero, la modorra perjudicaba mi concentración.
Es cierto cuando sostienen la importancia de dormir una cantidad de horas adecuadas, en mis circunstancias estaba robándole algunas al sueño; me ponía a realizar diversas actividades, me sentía en cierto modo desmejorado, eso se denotaba en mi mala cara, en mi andar pausado, somnoliento, esto, en conjunto, me hacía ir despistado, me enteraba de poca cosa, el ambiente era extraño; me estaba convirtiendo en el rarito.
Estábamos recostados encima de la hierba, conversábamos, nos reíamos, de repente una cosa llevo a otra y terminamos más cerca de lo que esperamos —fue algo impensado— se dio, simplemente se dio como todas las cosas, lamentablemente como suele suceder en estas circunstancias, el móvil comenzó a sonar, interrumpió, por no decir mató el momento, como fue algo que surgió de improviso toda la inquietud se quedó en las ansias del inicio, por lo tanto, no dijimos nada, simplemente nos miramos y nos fuimos cada uno por su lado.
Para mi buena suerte pasé por el aula donde tenía clases, como no tenía nada que hacer, entré en el aula, era temporada de exámenes finales y exposiciones. Algunos colegas apelaban a la piedad de los oyentes, indicaban que se centrarían en el tema, por lo tanto, cualquier cuestión tenía que centrarse únicamente en lo expuesto —nada de hacerles preguntas trampa o de tratar de tomarles examen—. Era común hacer quedar mal a los compañeros, dentro de la universidad existen ciertos especímenes enfocados en sobresalir a costa de pisar a los demás —andar así implicaba tropezar e irse de cara con la realidad—, de estos había varios, conocí a uno que consideraba a todo el mundo como farsantes, su papel en la vida era desenmascararlos, por eso con un boli y una hoja anotaba los puntos flacos de lo que decían; así como las cosas importantes que obviaban, ya sea por nervios o en su defecto por no estar preparados adecuadamente —a estos últimos era a los que más deseaba pillar, sentía que engañaban al resto—. La sabiduría estaba representada en su ser.
A mí me hizo la jugada una vez. Aún no lo conocía, era mi primer año en la escuela; trataba con pocos y era mi primera ponencia. Me tocó estar delante de todos, una vez que terminé empezaron las preguntas; no bien noté que la pregunta no era de acuerdo a lo expuesto, le expuse que si sabía tanto podía ponerse de pie y comenzar a dar la clase, no tenía problemas en cederle el lugar, algunos chicos criticaron mi reacción, pero por otro lado me pareció que estaba bien, porque de ese modo no me volvió a joder jamás.
Mientras hacían su exposición, intervine para dar una apreciación, recuerdo que era sobre la divina comedia, hablaba de las imágenes que uno se dibujaba en la mente con respecto a los tormentos que describía, mientras tanto el profesor escuchaba atentamente, cuando llegué a la parte de los círculos preguntó:
—¿En cuál de los círculos te sentirías a gusto?
No supe responder, no me esperaba la pregunta, me quedé callado, al ver que no respondía, el maestro añadió:
—Seguro estarías en el cuarto círculo —lo dijo soltando una sonrisa.
—Sí, seguro estaría en ese círculo —el de los pródigos y avaros.
Aunque yo pensaba que estaría en el cielo, no en el infierno, pero claro, lo más llamativo de La Divina Comedia era el infierno, por lo tanto, cualquier referencia dantesca se refería al infierno, a ese lugar en donde las almas desgraciadas llegaban luego de recorrer el río Estigia, en la barca de Aqueronte, para pasar por la puerta en donde decía: «Dejad aquí toda esperanza» —siempre pensé que esa leyenda debería ser colocada en la puerta de la facultad y de todas las facultades del mundo—, y toparse con el can Cerbero, cada vez que leía el libro mi mente divagaba.
Nuevamente volví a la clase, los compañeros que exponían esperaban que terminara de hablar, callé.
Como era usual después de cada clase me acercaba al profesor, me gustaba preguntarle algunas cosas —eso me servía para afianzar algunos conocimientos— lo que realmente apreciaba de este tipo era su disposición a quedarse después de clases a dar más explicaciones sobre lo que dictaba, después de terminar de hablar.
—Por cierto, menudo examen diste, sacaste uno sobre diez, lo único correcto en tu examen fue el nombre.
—Sí, por lo menos pensé sacar tres.
—Con esa nota no apruebas el curso, no sé… tendrías que dar un examen de recuperación.
—Claro —pensé que lo había aprobado, pero esos son los misterios de la vida.
—Como tú hay varios en la misma situación —eso daba diversas posibilidades, sin pensarlo dos veces, le pregunté si podía ser el día de mañana.
—¿Está seguro que mañana?, ¿Podrás estudiar en una noche todos los apuntes?
—No le quepa la menor duda.
—¿Estarán de acuerdo tus compañeros?
—Les informaré y seguro estarán —sabía que habría consenso, además, todos querían sacarse de encima la mayoría de cursos.
Busqué a varios, bueno, no es que fueran muchos, hubo consenso. Fui a buscar al catedrático, como habíamos dicho, sería al día siguiente el examen.
Me fui a casa pronto, tenía que estudiar y era importante hacerlo, porque de ese modo salvaría el año —no tenía planificado regresar en verano por ese curso—, tenía ganas de ir a la playa, las otras vacaciones no pude ir, sin tener la certeza del futuro ya había planificado lo que haría, por lo tanto, este examen no empañaría mi aventura.
Empecé con muchas ganas, pero el sueño se comenzó a hacer patente, era complicado, la radio no lograba mantenerme despierto, la música era monótona, cambié de estilo musical, pero no conseguí nada, simplemente el entorno se volvió soporífero, sin embargo, sabía que quedarme dormido significaba echar a la basura el tiempo invertido en planificar las vacaciones.

Mitchel Ríos